Who Fears Death

Hay obras de arte que sin ser perfectas devienen en importantes; por el momento en que se gestan, por los caminos que abren, por los estereotipos a los que desafían… De hecho, es casi imposible que esas obras sean perfectas, pues su propia naturaleza pionera se enfrentan tanto a lo inexplorado como a cierta tendencia a la sobrecompensación. Hoy por hoy estamos disfrutando de muchas de ellas, sobre todo en dos frentes: el feminismo y la identidad racial, y en ambos intenta dejar su huella la novela “Who Fears Death” (2010), la primera para adultos de la autora nigeriano-estadounidense Nnedi Okorafor, que se alzó con el Premio Mundial de Fantasía de 2011.

La historia, narrada por la propia Onyesonwu (Quién Teme a la Muerte en idioma igbo), asume la forma de un mito fundacional (o, mejor dicho, refundacional), cumpliendo casi al pie de la letra los pasos del Camino del Héroe. Su singularidad radica en la decisión de la autora de ambientar una novela fantástica en el continente africano, fundamentándola en la cultura y el folclore nigerianos, aunque desplazando la acción al Sudán de un impreciso futuro postapocalíptico, en el que la etnia de piel clara Nuru tiene esclavizados a los Okeke de piel oscura, y no contentos que eso están dispuestos a llevar a cabo un genocidio, arrasando incluso las comunidades okeke que han huido hacia el este.

En medio de este conflicto nace Onyesonwu, fruto de un violación de guerra, siendo su padre un poderoso hechicero nuru que ha dirigido una incursión contra un poblado okeke. Para mayor escarnio, la descendencia de tales apareamientos (sean consentidos o no) no es nuru ni okeke, sino Ewu (“hijos de la violencia”), despreciados y estigmatizados por ambas etnias (y con un fenotipo muy característico).

La primera parte de la novela, insuperable, narra, en un estilo sencillo pero sin ahorrarnos un ápice de crudeza, la infancia de Onyesonwu, desde la violación de Najeeba, su madre, pasando por su infancia, primero en el desierto y luego en su aldea okeke de adopción. Especialmente impactante es el ritual de ablación de clítoris al que se somete, voluntariamente, la niña en su undécimo año de vida, no tanto por la brutalidad intrínseca del acto, sino sobre todo por la metódica disección que Okarofor hace de la presión social, el bagaje cultural y el machismo originario que la propicia. Esta mutilación estimula los poderes latentes de Onyesonwu, y la ponen en el camino de la venganza contra su padre biológico, aunque antes tendrá que vencer las reticencias machistas (y los prejuicios raciales) del hechicero de la aldea. 

Por desgracia, Okorafor no consigue mantener esta fuerza impresionante y esta originalidad a lo largo del resto de la novela, que empieza a deslizarse hacia el sendero tópico del Elegido (Elegida en este caso), pasando por las típicas etapas del aprendizaje y sin olvidarnos del viaje más o menos iniciático y el enfrentamiento final (un tanto descafeinado) con el señor oscuro de turno. Otros críticos (americanos) ya han comentado problemas estructurales, a los que añadiría otros de enfoque (el feminismo combativo de Onyesonwu la hace tan, tan autosuficiente que no le permite mostrar debilidades… y eso no es bueno para un personaje; o el deus ex machina de una profecía que aparece de súbito y va alterándose a instancias de las necesidades narrativas) o incluso de ambientación.

A este respecto, la introducción de elementos de ciencia ficción resulta poco convincente. El marco postapocalíptico no sólo no está desarrollado, sino que parece más bien una excusa para ambientar la novela en África sin hacer referencia explícita a ningún conflicto actual  (aunque la inspiración directa es el conflicto de Darfur entre los árabes baggara y los musulmanes de raza negra del oeste de Sudán, siendo de hecho un artículo sobre la violación utilizada como arma de guerra y de genocidio en dicho conflicto el germen del que surgió toda la historia). Esta vaguedad referencial permite una mayor aplicabilidad (igualmente podría reflejar otros conflictos étnicos, como la propia guerra civil nigeriana, que propicio el exilio forzoso de los padres de Nnedi Okorafor en Estados Unidos; o incluso aludir al tráfico de esclavos y la diáspora africana), pero las inconsistencias internas aproximarían más el enfoque a la fantasía. A medio camino entre la proyección especulativa y la aplicabilidad metafórica, “Who Fears Death” se queda un poco en tierra de nadie.

En cualquier caso, todas estas puntualizaciones son en realidad buscarle tres pies al gato. Un lamento por lo que, con un poco más de experiencia, podría haber sido. Como apuntaba al principio de esta reseña, “Who Fears Death” es una novela importante. Por mediación de Okorafor, salta la brecha entre África y la tradición literaria occidental, abriendo nuevos horizontes a la fantasía… Aunque ella misma sigue los pasos de Amos Tutuola, autor nigeriano que en los años cincuenta puso en contacto el folclore de su país, específicamente el folclore yoruba, con el corpús literario inglés, gracias a novelas cortas como “El bebedor de vino de palma” (1952) o “Mi vida en la maleza de los fantasmas” (1954), siendo al menos la primera de ellas explícitamente mencionada en “Who Fears Death” (aunque me temo que hoy por hoy mi desconocimiento de la obra de Tutuola me impide profundizar en el análisis de esta influencia).

A la postre, “Who Fears Death” aboga por liberarnos de las dinámicas sociales (sexuales y raciales) fosilizadas por condicionantes históricos, literalmente reescribiéndolas como modelos más justos de convivencia, y si no termina de acertar en el tono, o deja a veces que el fondo se imponga sobre la forma, hay que aceptarlo como los lógicos traspiés de una pionera vadeando aguas inexploradas y encontrando en el proceso su propia voz (además, siempre quedarán esos primeros capítulos poderosísimos).

Además de alzarse con el World Fantasy Award, “Who Fears Death” fue también finalista al Nebula (que conquistó Connie Willis con “El apagón”/”Cese de alerta”). Con un quinto puesto, también puede considerarse finalista del premio Locus de fantasía, que ganó China Miéville con “Kraken“. En todos estos galardones, una de sus principales competidores fue sin duda N.K. Jemisin con su novela debut, “Los cien mil reinos“, que abordaba algunas cuestiones similares, aunque ambientando la acción directamente en un mundo secundario.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en marzo 30, 2018.

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