The infinity box

El pasado día 8 de marzo falleció a los 89 años Kate Wilhelm, escritora cuya carrera (dentro de la ciencia ficción) se desarrolló principalmente en los años sesenta y sententa, coincidiendo con el auge de la ciencia ficción feminista de segunda ola, y que a finales de los años ochenta pasó a concentrarse sobre todo en su otra vertiente, la de escritora de obras de misterio y suspense. Su impacto en la comunidad estadounidense, sin embargo, es mucho más profundo, gracias a su prolongada labor como instructora en talleres como el de Clarion (del que fue tanto inspiración, junto con su marido Damon Knight, como una de sus primeros colaboradores).

Su mayor éxito comercial y crítico fue quizás la novela “Donde solían cantar los dulces pájaros” (1976), ganadora de los premios Hugo y Locus, galardones que repetiría veintinueve años después en la categoría de mejor libro relacionado por “Storyteller: writing lessons and more from 27 years of the Clarion Writers’ Workshop“. Su auténtico impacto, sin embargo, se haría notar en los premios Nebula (votados por los compañeros de profesión), que le reportaron dos galardones a mejor relato, otro a mejor relato largo (novelette) y un buen montón de nominaciones, sobre todo en las categorías breves.

En la categoría de novela corta, por ejemplo, con seis obras finalistas, es la quinta autora más reconocida (por detrás de Nacy Kress y Robert Silverberg con ocho y Lucius Shepard y Michael Bishop con siete), aunque a la postre nunca obtuvo el galardón (en los premios populares, los Hugo, su presencia es mucho más discreta, con una única novela corta nominada).

“The infinity box” (1971) fue una de sus dos novelas cortas finalistas al Nebula en 1972 (junto con “The plastic abyss”), aunque al final fue Katherine MacLean quien obtuvo la victoria por “The missing man” (su único premio importante). Había sido publicada originalmente en el noveno volumen de Orbit, una serie de antologías de ciencia ficción original editada por Damon Knight entre 1966 y 1976, y en 1975 dio título a una antología propia que incluía un total de nueve historias (cuatro de ellas finalistas del Nebula).

El caso es que “The infinity box” no es exactamente ciencia ficción. Se podría considerar más bien fantasía, con cierta deriva pesadillesca que la acerca al terror, muy en la línea del tipo de historias narradas en productos televisivos como Más Allá del Límite o En los Límites de la Realidad. Eso sí, con un enfoque claramente feminista, que la acerca más al tipo de ficción que por esas fechas estaban desarrollando autoras como Joanna Russ o la propia Ursula K. Le Guin.

El narrador de la historia es Eddie, un ingeniero, casado y con dos hijos, que tras más de una década de duro trabajo por fin está viendo cómo la pequeña empresa tecnológica que tiene montada con su socio Lenny empieza a generar beneficios. Justo entonces la casa de al lado, vacía desde que sus vecinos se mudaron a Inglaterra, recibe la visita de una mujer dinimuta, Christine, por la que se ve instantáneamente atraído (aunque trata de racionalizar esa impresión de mil formas). La joven acaba de enviudar, tras una complicada relación con un afamado psicofisiólogo mucho mayor que ella.

A la narración le cuesta un poco arrancar, y el componente fantástico está por completo ausente hasta que después de un primer acto un tanto anodino la obsesión de Eddie por Christine asume una forma nueva, pues descubre que es capaz de penetrar en su mente, conocer sus pensamientos y percepciones e incluso obligarla a realizar acciones contra su voluntad (un tipo de abuso al que posiblemente su difunto marido ya la había sometido). Tras el fortuito descubrimiento, lejos de echarse atrás antes las consideraciones éticas de su intromisión, Eddie entra una espiral descendente de abuso de autoridad, desviando la culpa hacia la propia víctima, por la que empieza a desarrollar un sentimiento de odio.

A todo esto, la susodicha cada vez se encuentra más desesperada, ante la reaparición de unos síntomas que creía haber dejado atrás, mientras que Eddie se comporta a todos los efectos como un hombres obsesionado, embarcado en un adulterio psíquico que tiene también mucho de violación. Sutil, lo que se dice sutil, no lo es mucho la alegoría.

Por desgracia, Kate Wilhelm desperdició la oportunidad de profundizar en los mecanismos psicológicos o culturales que propician la situación. Hay denuncia, sí, pero muy poco análisis, lo que a la postre resta algo de fuerza a la propuesta, ya que Eddie se presenta como una mera caricatura, en la que ni siquiera la narración en primera persona oculta el hecho de que la autora lo odia (es evidente el desagrado antes incluso de que nada se tuerza). La historia hubiera funcionado mucho mejor con un narrador no fiable, que nos engañara al principio con sus autojustificaciones, de modo que la revelación de su auténtica naturaleza nos hiciera experimentar la culpa que él mismo no siente en ningún momento. Posiblemente no era todavía la época para un experimento de ese tipo.

Tampoco terminan de cuajar las tímidas aproximaciones al análisis de la percepción frente a la realidad, con una alteración perceptual en Christine que queda completamente indefinida y desligada de la trama principal, ofreciendo tan sólo soporte a unas descripciones un tanto confusas, que podrían o no estar relacionadas con su memoria eidética y el defecto que la hace susceptible a la dominación por parte de determinados hombres (Lenny, por el contrario, se presenta como un personaje masculino positivo, que ofrece soporte y comprensión, aunque queda un tanto subdesarrollado). No sé si el título de la novela corta estaría relacionado con todo esto. Si es así, es algo que se perdió durante el proceso de escritura.

En general, se trata de debilidades hasta cierto punto propias del feminismo de segunda ola, preocupado sobre todo por denunciar y visibilizar la situación de subordinación y la violencia ejercida contra la mujer. Eso es básicamente a lo que aspira la alegoría de “The infinity box”, y en ese sentido cumple plenamente su objetivo. Una lástima que no se fijara metas más ambiciosas, porque había mimbres para ello.

Kate Wilhelm (8 de junio de 1928 – 8 de marzo de 2018)

IN MEMORIAM

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 16, 2018.

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