Marciano, vete a casa

Aunque el grueso de su producción estuvo dedicada al misterio, la fama (relativa) de Fredric Brown se debe principalmente a su producción de ciencia ficción, que abarca cinco novelas (breves) y alrededor de un centenar de relatos, la mayor parte de ellos ultrabreves, escritos entre 1941 y 1965. Si algo caracteriza su obra es el mestizaje, a menudo entre policiaco y ciencia ficción (o terror), y sobre todo con el humor, ya sea paródico (como en la novela “Universo de locos”) o satírico, que es el que predomina en la obra que nos ocupa, “Marciano, vete a casa” (“Martians, go home”, 1955).

La primera publicación de la historia fue en forma de novela corta en las páginas de Astounding, en septiembre de 1954. Al año siguiente aparecería ampliada (no demasiado) como libro independiente, configurando la que quizás sea su obra más famosa, que narra una de las invasiones interplanetarias más singulares de la historia, la que protagonizan en la Tierra mil millones de marcianos, intangibles aunque muy visibles y, decididamente, muy, muy audibles.

Todo arranca con la experiencia de Luke Deveraux, un escritor de ciencia ficción en plena crisis creativa que se ha autoexiliado a una apartada cabaña para tratar de recuperar la inspiración. En esas, unos golpecitos a la puerta anuncian la llegada inopinada de un marciano (o al menos eso sostiene él), que es literalmente un hombrecito verde, como en las obras de ficción más burdas. Nuestro protagonista pronto descubre que el visitante, lejos de mostrar interés por establecer una comunicación fructífera, tan sólo aspira a ser tan molesto, maleducado y metomentodo como le sea posible, hasta el punto de no molestarse siquiera en aprender su nombre.

Dudando de su estabilidad mental, Luke huye de la cabaña, con el marciano siempre a su vera, para descubrir que su caso lejos de ser único es de una normalidad desesperante, pues de la noche a la mañana la Tierra se ha visto invadida por millones de desagradables hombrecitos verdes, que llaman a todos los hombres “Mack” (o algo equivalente en el lenguaje natal del sufrido acosado) y a todas las mujeres “Jane”, dedicando todas sus energías a menospreciar, incordiar y hurgar en los secretos más vergonzantes para divulgarlos con maliciosa despreocupación. Evidentemente, el caos no tarda en extenderse. Ya no es sólo que la intimidad (incluso para las funciones más íntimas) se haya vuelto cosa del pasado, sino que los secretos han dejado de serlo… y buena parte de nuestra sociedad se fundamenta en la ocultación selectiva de determinada información a los demás.

La presencia de los marcianos afecta de forma brutal a la economía, reduciendo a mínimos absolutos la demanda, acabando con el sentido de ser de profesiones enteras (desde el mundo del espectáculo a las fuerzas armadas) y, en general, interfiriendo en cualquier acto comunicativo que no constituya la verdad más absoluta. Fredric Brown se deleita en este acto de demolición, pintándolo a brochazos, sin preocuparse realmente por ahondar, mientras los sufridos terrícolas buscan la forma de librarse de los invulnerables visitantes… o cuando menos aprender a convivir con la irritante presencia continua de esa panda de cabroncetes espaciales (con especial atención hacia las costumbres sexuales, que constituyen una de las dianas predilectas del autor, con ánimo posiblemente tanto provocador como satírico).

Como no podía ser de otro modo, entre las actividades alteradas o incluso eliminadas por la invasión se cuenta todo lo relacionado con la ciencia ficción, y ahí la sátira de Fredric Brown se dirige específicamente hacia sus compañeros de profesión, pues más o menos por aquellas fechas el mercado de las revistas pulp se estaba desmoronando, y muchos de los autores clásicos (como por ejemplo Isaac Asimov, que posiblemente reflejó este mismo proceso en “El fin de la eternidad“) estaban buscando pastos más verdes (como la divulgación o el cine). Era la Edad de Plata, y aunque dio origen a algunos de los mejores escritores que ha dado el género (como Theodore Sturgeon, Alfred Bester, Walter M. Miller Jr., Kurt Vonnegut o Philip K. Dick), pocos alcanzaron un éxito continuado (y los que sí, en general, fue cuando abandonaron el género). Sea como fuere, lo cierto es que el tiempo de los hombrecitos verdes y de esa ciencia ficción más ligera e ingenua que los había alumbrado, había quedado atrás para siempre, y “Marciano, vete a casa” constituye una despedida tan buena como cualquier otra.

La ironía de Fredric Brown se extiende, por supuesto, a la conclusión, pero eso es algo que me reservaré, pues constituye parte del encanto de la novela descubrirla por uno mismo. Lo que sí quisiera analizar, aunque sea brevemente, es el título. Desde nuestra perspectiva, lo primero que nos viene a la mente es el eslogan “Yankee, go home”, que se popularizó durante la revolución cubana y de ahí se extendió por toda latinoamerica. El caso es que la redacción de la novela es demasiado temprana para ello. Así que me inclino más bien por la similar expresión “Ami, go home”, que empezó a hacerse popular en los países del este de Europa, que ya empezaban a caer bajo la órbita soviética, a partir de 1950, a raíz de la canción homónima de Ernst Busch en contra de la presencia del ejército americano en Alemania oriental. En cualquier caso, su sentido antiimperialista aún no estaba fijado, y quizás por esa razón  la novela de Fredric Brown no da la impresión de ahondar mucho en una interpretación que apenas unos años después sería inevitable.

Otras opiniones:

~ por Sergio en febrero 28, 2018.

2 comentarios to “Marciano, vete a casa”

  1. Muy buena reseña. Leí esta novela hace años y tengo un vago, pero muy buen recuerdo.

    • Gracias. Sólo lamento un poquito que la he leído en una edición antigua (de Martínez Roca). Al parecer, las traducciones más modernas reproducen mejor el lenguaje provocativo de Fredric Brown.

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