Aelita

En 1923, tras tres años de exilio en París, Alexéi Nikolayévich Tolstói, quien pasaría a ser conocido como el camarada conde, hizo las paces con el gobierno revolucionario bolchevique y regresó a Rusia, donde desarrollaría el resto de su carrera bajo el patronazgo político del estado. La reconciliación vino sin duda propiciada por la publicación aquel año en la revista literaria Красная новь de uno de los grandes títulos de la ciencia ficción temprana, en el límite mismo de la concepción moderna del género, cuya influencia se hizo sentir no sólo en su propio país, sino que se extendió por toda Europa: “Aelita” (“Аэлита“).

Como muchas obras antes, incluso alguna rusa, “Aelita” trata sobre el primer viaje interplanetario entre la Tierra y Marte. El protagonista, el ingeniero Loss, ha construido en San Petersburgo un cohete, con el que pretende investigar el origen de unas misteriosas señales de radio. La realidad, sin embargo, es que anhela alejarse del mundo, abrumado por el dolor ante la pérdida reciente de su esposa. A él se le une el soldado (en licencia médica) Gúsev, en respuesta a un anuncio solicitando acompañantes en la aventura.

Juntos parte hacia las estrellas, y tras un viaje de pocas horas a velocidades cercanas a la de la luz, se posan en lo que parecen ser campos semiabandonados en el lejano planeta. Por un momento da la impresión de que la novela va a discurrir por los senderos del romanace planetario, incluyendo navíos voladores que hacen pensar inevitablemente en “Una princesa de Marte“, de Burroughs (publicada diez años antes, aunque su primera edición en francés no data sino de 1937). Las similitudes, sin embargo, acaban ahí, pues la historia pronto toma derroteros (dos para ser exactos) diferentes.

Por un lado tenemos la relación entre Loss y la reina Aelita, una relación profundamente romántica, en la que el ingeniero terrestre se ve arrastrado a una inacción paralizante, desgarrado entre la fascinación que en él produce la marciana y la añoranza insoportable hacia su patria que empieza a embargarle. Por otro, el soldado Gúsev, que también se ha visto involucrado en su propio affaire amoroso con una sirvienta de la monarca (olvidando convenientemente que en la Tierra le espera su joven esposa), pronto se ve impelido a liderar una revolución proletaria que lleva tiempo gestándose en contra de la casta gobernante del planeta, un grupo decadente e inmovilista, con Tuskub, el padre de Aelita, como verdadero poder al frente de todo.

En verdad, da la impresión de que “Aelita” es dos libros en uno. Curiosamente, la trama revolucionaria es la que se percibe como más artificiosa, como si Tolstói la hubiera incluido por compromiso, buscando quizás congraciarse con las autoridades moscovitas (pese a lo cual, no deja de percibirse cierto horror ante la violencia desatada, con Gúsev dibujado con trazos tanto heroicos como fanáticos). Donde el autor vuelca de verdad todas sus capacidades artísticas (que son considerables) es en la historia de amor; amor por la mujer fallecida, amor por la exótica Aelita y, no menos intenso, el amor por la lejana patria.

Analizando la biografía de Alexéi Tolstói se hace muy tentador establecer paralelismos entre sus vivencias y las del ingeniero Loss. Prácticamente toda su vida (e incluso antes, pues su nacimiento ya vino marcado por una infidelidad), fue una continua sucesión de romances tan apasionados como fugaces. Conocía a una mujer, se enamoraba, lo abandonaba todo por ella… y al cabo de unos años caía rendido ante una nueva conquista y repetía el proceso, sin mirar nunca atrás (sin siquiera preocuparse de posibles hijos producidos por la relación). A esto se le añade una vida a caballo entre San Petersburgo y París, con los traslados obedeciendo a motivaciones que sería muy largo detallar en esta entrada (influyen en ellas, por ejemplo, la vergüenza por sus orígenes, las fascinación que en los rusos de la época producía la moderna Ciudad de la Luz y un arraigado orgullo nacional). Lo forzoso del exilio parisino entre 1920 y 1923 debió de exacerbar todos estos sentimientos, que quedan reflejados en la novela, tiñéndola con un aura de melancolía, que afecta incluso al triunfalismo revolucionario.

Resulta curioso cómo en apenas quince años se pasó del utopismo triunfante de Alexander Bogdánov en “Estrella roja” al crudo realismo de Tolstói. Con anterioridad a la Revolución de Octubre, Marte representaba el objetivo, el ideal que se pretendía alcanzar. Una vez enfrentadas a la realidad, esas mismas ideas lo que encontraron en nuestro planeta vecino es un espejo donde ver reflejados no sólo sus logros, sino también sus defectos, en una crítica sutil e implícita hacia los medios (si bien no en modo alguno hacia los objetivos).

Hablando de espejos… Cabe resaltar que aparte de esta perspectiva referencial, “Aelita” hace gala de una nada desdeñable inclinación hacia la especulación. Así, tenemos por ejemplo un sistema global de videovigilancia y comunicación, que no parece un avance tan espectacular hasta que no consideramos el estado de desarrollo contemporáneo de la televisión (el primer experimento de transmisión de imágenes se dio en 1909 en París, aunque sólo fue  una matriz de 8×8 píxeles, sin movimiento; las primeras siluetas en movimiento tuvieron que esperar hasta 1925). Indudablemente, Tolstói estaba, al menos a un nivel aficionado, al tanto de los avances científicos del momento, lo que le permite considerar, por ejemplo, la dilatación temporal a velocidades ligeramente sublumínicas, o hipotetizar sobre un sistema de propulsión mediante cohetes (de acuerdo con el trabajo teórico de Konstantín Tsiolkovski), que sustituye a la típica esfera antigravitoria de otras aventuras marcianas.

Por supuesto, también dio crédito a diversas teorías pseudocientíficas… lo cual paradójicamente propicia algunos de los mejores pasajes de la novela. Así, para trazar el origen (terrestre) de los marcianos, se inspiró en las teorías teosóficas de Madame Blavatsky, que narraban el destino de sucesivas razas y civilizaciones prehistóricas, dominadoras de la Atlántida hasta el cataclismo y la migración espacial que llevó a los antepasados (de piel azulada) de los marcianos a su nuevo hogar (una historia repleta de guerras, invasiones extranjeras y disensiones internas, que bien podría reflejar de forma apenas velada la historia de la propia Rusia… por no hablar del cisma revolucionario entre mencheviques y bolechoviques; aunque mi somero conocimiento del tema no me permite profundizar en el particular).

La recepción de “Aelita” fue extremadamente positiva. No sólo contribuyó, quizás de forma decisiva, al perdón de Tolstói, sino que al año siguiente sirvió de inspiración para una de las primeras películas de ciencia ficción, el largometraje mudo homónimo de Yákov Protazánov (llamado también “Aelita: Reina de Marte”)… que en realidad sólo adapta la novela durante la última media hora, dedicando el resto a un retrato no demasiado favorecedor de los primeros años postrevolucionarios soviéticos (lo que quizás explique que, tras una recepción entusiasta, la película cayera en desgracia y fuera prácticamente ignorada hasta la caída de la Unión Soviética). La estética constructivista de las escenas marcianas, sin embargo, ejercieron una gran influencia en toda Europa, siendo especialmente significativo su impacto en el cine de Fritz Lang (tanto “Metrópolis” como, sobre todo, la menos conocida “La mujer en la Luna”).

En Rusia, la producción de Alexési Tolstói empezó poco a poco a declinar (se especula con que quizás se debiera a las constricciones políticas a su creatividad), aunque aún publicó otra influyente novela de ciencia ficción, “El hiperboloide del ingeniero Garin” (1926), donde especuló con un precursor del rayo láser.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en febrero 25, 2018.

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