Avispa

Aunque por edad pertenecía a la generación de la Edad de Oro, una incorporación relativamente tardía a la ciencia ficción emparenta más bien a este autor británico con los escritores de la Edad de Plata, y como ellos su período de mayor esplendor corresponde a los años cincuenta (adentrándose un poquito en los sesenta).

A esa época corresponde su novela más famosa, “Avispa” (“Wasp”, 1957), en la que se distancia de sus habituales temas forteanos (ciencia marginal), para presentar la historia de James Mowry, un agente provocador enviado a un planeta del imperio siriano con el que la Tierra está en guerra para provocar tanto caos como le sea posible a partir de las acciones más simples. Tales operativos reciben el nombre de avispas, y constituyen básicamente agentes secretos… sin una misión concreta que cumplir, pero sí con una serie de protocolos cuya aplicación llevará finalmente el caos a las estructuras de gobierno del planeta, dejándolo maduro para una invasión.

Como nativo de un planeta siriano (aunque de padres terrestres), Mowry está en una posición única para llevar el caos al enemigo, para lo cual tan sólo tiene que someterse a unas simples operaciones de cirugía estética que cambien su aspecto y lo aproximen al de los alienígenas (ya de por sí muy similares a nosostros), así como emplear los recursos de agitación social que pone a su disposición una tecnología superior a la siriana (cuya ventaja en la contienda se sustenta en el número).

En otras palabras, Mowry es un terrorista, y muy bueno, pese a lo cual no sólo es el protagonista de la historia, sino definitivamente el héroe. Se trata de un planteamiento que bebe a partes iguales de la Segunda Guerra Mundial (en la que sirvió el autor) y de la guerra fría contra el bloque soviético. Así, nos encontramos en Jaimec (el planeta siriano) con una sociedad apenas distinta de la terrestre, donde una policia secreta al estilo de la Gestapo o la KGB (la Kaitempi) se esfuerza por aplastar cualquier atisbo de inconformismo o disidencia.

Armado de inicio con unas simples pegatinas que anuncian la llegada del ficticio y revolucionario Dirac Angestun Gesept (Partido por la Libertad Siriano), Mowry comienza a zumbar en los oídos del enemigo, ejecutando acciones más y más atrevidas, escapando a menudo por los pelos de los controles policiales, subcontratando acciones subversivas entre el estamento criminal local (sin revelarles absolutamente nada sobre su verdadera identida o propósito) e incrementando, en general, el nivel de paranoia entre los gobernantes, al tiempo que reduciendo la moral del pueblo llano.

“Avispa” es una novela trepidante, que suple a base de ritmo la escasa sofisticación de su trama. Quien aborde su lectura que no espere complots elaborados, ni alambicadas operaciones de espionaje y contraespionaje. Es, pura y simplemente, un divertimento que apela al morbo de empatizar con alguien que presenta signos de clara sociopatía… hecho todo ello aceptable, e incluso encomiable, gracias al truco definitivo en lo que a deshumanización del enemigo se refiere: hacerlo literalmente no humano.

Personalmente, es algo que me molesta un poco. No tanto por la moralidad (o amoralidad) de todo ello, sino precisamente por emplear una artimaña tan burda para soslayar por completo el juicio moral. Eric Frank Russell se limita a utilizar el elemento fantástico para suavizar el impacto de la historia (sin apenas especulación tecnológica), porque por supuesto todo está permitdo en una guerra contra una especie diferente (sobre todo una que nos llama “spakums”, chinches… mientras nosotros los llamamos moscones; algo que dos años después Robert A. Heinlein escenificó literalmente, y quizás de forma más honesta, con “Tropas del espacio“). Casi hubiera preferido una actitud más osada, con siquiera un ápice de identificación por parte de Mowry con aquellos entre los que se oculta. Pero claro, los referentes culturales no estaban todavía ahí. No hay sitio para el autoanálisis, sólo para regodearnos con las maldades que se le puedan ocurrir al protagonista.

Curiosamente, algunos críticos han hecho notar que a día de hoy las simpatías del lector, o al menos su más clara identificación, podrían decantarse no tanto por el protagonista, sino por la sociedad que sufre sus atenciones, y en ese sentido la crítica contra la burocracia, así como la sátira inherente a la sobrerreacción de las autoridades frente a la molestia relativamente inofensiva de un único agente provocador están de plena actualidad.

“Avispa” escenifica lo fácilmente que la protección puede derivar en opresión, y el que la intención fuera mostrar esa dinámica de forma positiva, como instrumento de guerra psicológica, no quita que la lectura opuesta, como alerta frente al riesgo de pérdida injustificada de libertades ante la presión de una campaña terrorista, no pueda realizarse (eso sí, nada en el desarrollo de la trama la apoya, así que sería un ejercicio de pura recontextualización).

Al año siguiente, el autor ahondaría en el concepto de guerra psicológica a través de “The space willies” (“Next of kin”), una obra con mucho peor reputación (considerada a menudo como un chiste un tanto hipertrofiado), y aquel mismo año Harry Harrison inició una serie con ciertas similitudes a “Avispa” (sobre todo en lo referente al concepto de antihéroe), la de la Rata de Acero Inoxidable. Por último, catorce años después nos encontramos con una novela que sí se cuestiona (aunque muy someramente), quizás no tanto la moralidad como los motivos ulteriores de quienes ordenan las acciones de guerra psicológica, en “The cool war“, de Frederick Pohl.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en febrero 15, 2018.

2 comentarios to “Avispa”

  1. No comprendo la acusación de sociopatía . Si se cuestiona la guerra en si, tal vez se podría tener razón.
    Si no, la acusación me parece absurda: la guerra es la guerra, e incluso los daños que causa la avispa son menores que en un conflicto convencional.
    Vamos, que me parece muy traído por los pelos.

    • Mowry no está en una situación de combate, sino inflitrado en la sociedad enemiga… en el seno de la cual vivió diecisiete años durante su niñez y juventud, y pese a ello no muestra la menor vacilación en asesinar a sangre fría a objetivos aleatorios, preparar atentados quizás de baja intensidad pero indiscriminados e incluso valorar la conveniencia de matar a civiles por motivos circunstanciales. Todo ello, además, sin mostrar un ápice de remordimientos. Oh, sí, Mowry es un sociópata de libro (la mayor parte de los agentes secretos de la ficción lo son), sin un gramo de empatía en su cuerpo (en las guerras, siempre se intenta deshumanizar al enemigo precisamente para hacer más fácil a los soldados el matar a un semejante, algo que incluso en una situación de vida o muerte puede… y debe resultar traumático).

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