From whose bourne

Tras pasar la primera mitad de su vida en Canadá y Detroit (donde trabajó como profesor y periodista), el escocés Robert Barr se mudó a Londres en 1881, y allí empezó a desarrollar una carrera literaria, a menudo bajo el seudónimo de Luke Sharp, enfocada principalmente hacia el género criminal, a la estela de las historias de Sherlock Holmes (siendo, además, el primer autor que lo parodió, con el relato “The adventures of Sherlaw Kombs”, de 1892).

En 1896 publicó la novela corta “From whose bourne”, de nuevo una parodia ya no sólo del género de detectives, sino también de las igualmente populares historias de fantasmas, logrando con la combinación dar “vida” a uno de los más singulares detectives de lo oculto de la historia, el señor Benson, conjurado a descubrir a su propio asesino, antes de que la justicia le cuelgue el muerto a su joven, inocente y encantadora viuda. El planteamiento ya resulta por sí solo atractivo, pero es que además Robert Barr sabe dotar a la narración de un humor encantador, que choca frontalmente con la habitual seriedad con que se abordaban las narraciones de crímenes, no digamos ya las de aparecidos.

Tras sentirse mal durante la cena de navidad con unos amigos, el señor Benson se acuesta y lo próximo que descubre es que se está viendo a sí mismo desde fuera del cuerpo, lo cual resulta doblemente desconcertante porque la luz no está encendida. Lo peor de todo es que su mujer, cuidadosa para no molestarlo, no descubre la trágica noticia hasta la mañana siguiente, con el lógico revuelo al que el fantasma asiste imperceptible e impotente. Por fortuna, el señor Ferris, otro espíritu incorpóreo llega (con un poco de retraso) para guiar los primeros pasos de Benson en su nueva (y mucho más satisfactoria) vida.

Pese a que el primer consejo de Ferris es desentenderse y dejar atrás por completo la etapa física de su existencia, el señor Benson no puede resistirse a un último vistazo a su mujer, y así descubre para su enorme consternación que: a) ha sido envenenado con una dosis letal de morfina, y b) que su esposa es la principal y única sospechosa, y que se enfrenta a un juicio en el que ni siquiera sus propios abogados confían en su inocencia.

Las herramientas para interferir en el mundo físico desde el espiritual son limitadas, pero considerando las ventajas (traslación instantánea a cualquier parte del mundo y capacidad para espiar sin temor de ser detectados a cualquiera), entiende que es su deber limpiar el buen nombre de su amor (aunque Ferris se empeñe en hacerle notar la futilidad de tal gesto). A tal fin, y guiado por otros espíritus, toma dos resoluciones: influir en un astuto periodista de investigación de Detroit, Stratton, para que meta las narices en el caso (aunque el crimen haya sido cometido en Nueva Jersey), y consultar al mejor detective de todos los tiempos, que se encuentra convenientemente muerto y disfrutando de su segunda vida en el París metafísico.

Este prodigio de la deducción, Monsieur Lecoq (en referencia a la creación literaria de Émile Gaboriau, basada en la vida real del primer director de la Sûreté, Eugène François Vidocq, inspiración directa de Sherlock Holmes), considera el caso apenas digno de sus dotes detectivescas, pero conviene en dedicar su mente y sus recursos a la resolución del caso (que también está investigando en paralelo, con sus propios medios, el periodista).

No voy a entrar en más detalles. Las investigaciones avanzan, cada una a su propio ritmo, basadas en los interrogatorios a testigos (la del periodista) y en la vigilancia de los sospechosos (la del detective fantasma), conduciendo a través del típico camino serpenteante que se da en estos casos a los correspondientes sospechosos… y ahí es donde el humor irónico de Robert Barr golpea sin misericordia.

Durante toda la historia nos encontramos con una tragedia desprovista de drama, que deviene por tanto en una comedia ligera, basada en lo chocante de la existencia post-mortem (o la verdadera vida) a la que tiene que acostumbrarse el señor Benson (con el señor Ferris empeñado en relativizar todo la existencia física como un mero trámite inconsecuente). Hacia el final, sin embargo, empiezan a hacerse patentes los dardos que está cargando el autor contra algunas de las características menos verosímiles del género detectivesco, en particular, aunque no se menciona explícitamente, contra la famosa máxima de Sherlock Holmes según la cual, una vez eliminado todo lo imposible, lo que queda debe ser la verdad.

Robert Barr, con la resolución de su misterio (que hay quienes podrían encontrar un poco tramposa… y razón tampoco les faltaría, pues requiere de alguna que otra coincidencia improbable), viene a recalcar el hecho evidente de que un crimen real jamás se presenta tan claro como para poder eliminar, así como si tal cosa, todas las posibilidades salvo una. “From whose bourne” (una cita de Shakespeare, por cierto, la parte media de la metáfora que relaciona la muerte con “Aquel país desconocido de cuyos dominios ningún viajero regresa”) viene a poner de manifiesto la dificultad inherente a disponer de toda la información pertinente en un caso concreto, mostrando para quien quisiera verla la gran trampa de los relatos de detectives al estilo de los de Sherlock Holmes (quien siempre, siempre, dispone de las piezas necesarias para armar su razonamiento lógico).

Se nota, además, que Robert Barr siente (lógicamente) mayor afinidad por la investigación periodística… lo cual no es óbice para que se ría también de Statton, plantando en su camino pruebas circunstanciales y destruyendo sus conclusiones con la proverbial resolución improbable (pero posible). A decir, verdad, diría que el autor se ríe hasta de nosotros, los lectores, pero lo hace con estilo y con tan poca malicia que como el propio Arthur Conan Doyle, no podemos guardarle rencor.

“From whose bourne” constituye una narración tremendamente simpática y agradable de leer, que toma dos de los géneros más serios de su época y les da la vuelta con una sonrisa cómplice para enseñarnos sus costuras, y que puede descargarse gratuitamente a través del Proyecto Gutenberg.

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~ por Sergio en febrero 2, 2018.

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