El ojo de la garza

El pasado día 22 falleció a los 88 años Ursula K. Le Guin, una de las voces más importantes, influyentes y respetadas de la literatura fantástica. Su vida y obra no cesaron de romper preconcepciones, empezando por las preconcepciones de género. Le Guin no fue la primera gran autora de ciencia ficción, aunque hasta su irrupción en el género a principios de los sesenta la mayor parte había firmado su obra bajo seudónimo masculino, con nombres ambiguos (en muchos casos reales) o recurriendo tan sólo a las iniciales.

También desafió la percepción de género menor que se tenía (y tiene) del fantástico. Con unos cimientos que incluyen la antropología, la filosofía (taoísta y anarquista) o el psicoanálisis, sus cuentos y novelas trascendieron las tradicionales limitaciones que se le atribuyen, cosechando reconocimientos no sólo dentro del mundillo fantástico (con cinco Locus, cuatro Nebulas, dos Hugos y un Premio Mundial de Fantasía… considerando únicamente los premios a novelas), sino en los círculos literarios generalistas, hasta el punto de haber sido considerada una firme candidata durante muchos años al premio Nobel.

Sus dos grandes series, que comprenden buena parte de sus libros más célebres, son por un lado el ciclo Hainish de ciencia ficción (siete novelas y otros dicisiete textos de diversa extensión, publicados entre 1966 y 2000), dentro del cual destacan las multipremiadas “La mano izquierda de la oscuridad“, “Los desposeídos” y “El nombre del mundo es Bosque“; y por el otro la serie de fantasía de Terramar, que despegó en 1968 con “Un mago de Terramar” y comprende seis libros y un puñado de relatos. Su última novela, publicada en 2008, había sido “Lavinia”, que le supuso su vigésimo premio Locus (de un total, récord en categorías de autor, de veintiuno).

“El ojo de la garza” (“The eye of the heron”, 1978) suele ser considerada una de sus obras menores. Fue publicada originalmente en la antología “Millennial women”, caracterizada porque todas las historias estaban escritas y protagonizadas por mujeres, algo infrecuente hasta la fecha incluso en la propia obra de Le Guin. De hecho, la traslación del protagonismo a mitad escritura entre Lev, el joven e idealista líder del Pueblo de la Paz, y Luz, la hija del poderoso consejero Falco, resulta tan patente que convierte la breve novela en casi dos historias no del todo bien imbricadas. Al parecer, por aquel tiempo Le Guin había empezado a interesarse en teoría y crítica feminista (de esa época es, por ejemplo, el concepto de “mirada masculina”, desarrollado en el campo de la crítica feminista de cine por Laura Mulvey), y ello le hizo trasladar conscientemente en su ficción la perspectiva narrativa mayoritariamente a mujeres.

La acción de la novela se ubica en el planeta Victoría, al que unos doscientos años atrás llegaron dos naves de la Tierra, transportando al exilio permanente a unos pocos miles de delincuentes (en su mayor parte brasileños). Un siglo después llegó una tercer nave, llevando en su interior dos mil integrantes del Pueblo de la Paz, un movimiento pacifista pancultural visto con desconfianza por los gobiernos terrestres, embarcados en una guerra continua de la que pocos detalles se desvelan. En Victoria, los primeros colonos han fundado una ciudad, donde rige una suerte de aristocracia fuertemente patriarcal. La nueva oleada de refugiados ha sido desplaza al entorno rural de la ciudad, el Arrabal, donde viven sometidos políticamente a la ciudad, sin representación alguna en los órganos de poder, cual si fueran vasallos medievales.

El conflicto de partida se origina en el proyecto de una parte de los habitantes del Arrabal de fundar una segunda colonia en un valle lejano, con el propósito de aliviar la carga demográfica del asentamiento. Este desafío al statuo quo, sin embargo, es visto con malos ojos por los jefes de la ciudad, que se niegan a sentarse siquiera a discutir la cuestión con los líderes campesinos. Chocan entonces las diferentes estrategias de confrontación. Del lado de la ciudad, la imposición violenta (definida como “masculina”) de su postura; el Pueblo de la Paz, por su parte, tiene como base ideológica la resistencia pasiva y la desobediencia civil (se mencionan como figuras fundacionales a Gandhi y a Martin Luther King, e igualmente se presupone la influencia del anarquismo cristiano de León Tolstói en el movimiento, aunque esto es algo que nunca llega a explicitarse, quizás por entrar en conflicto con el ateísmo de la autora).

En medio de todo ello tenemos a Luz Marina Falco, una joven que contempla con disgusto las limitades opciones que le confiere el tradicional reparto de roles sexuales en su cultura, pero que no se anima a actuar realmente hasta que su sentido de la justicia (y quizás cierta fascinación por Lev), junto con la influencia amablemente subversiva de una arrabalera, le hacen romper con todo y huir, un poco a ciegas al principio, hacia otra vida.

En “El ojo de la garza” confluyen varias de las ideas recurrentes en la ficción de Ursula K. Le Guin. Tenemos, por ejemplo, su preocupación por el papel de la mujer en la sociedad, así como por el conflicto surgido de la interacción entre sociedades (algo que ya estaba presente, por ejemplo, en “Planeta de exilio”, de 1966, una novela primeriza de Le Guin que guarda ciertas semejanzas temáticas con “El ojo de la garza”). También tenemos, por supuesto, su apoyo al anarcopacifismo y su confrontación con una sociedad capitalista, ya explorado en “Los desposeídos”. De esa misma novela se toma el concepto de las barreras, tanto físicas como psicológicas, que encierran a los seres humanos en patrones estáticos, auténticas trampas ideológicas que sólo pueden romperse con un esfuerzo consciente, una intención clara por aventurarse más allá de lo conocido hacia lo que metafóricamente se identifica en la historia como la Inmensidad (el territorio inexplorado de Victoria).

Desgraciadamente, “El ojo de la garza” no termina de decidirse sobre dónde centrar su atención, y esa carencia de enfoque afecta también al ritmo y estructura de la narración, dejando escenas que hubieran podido ser cruciales en un desconcertante segundo plano (incluso negándose a describirlas más que referencialmente, a posteriori). Existe, por ejemplo, una crítica apenas esbozada al anarcopacifismo, por la ineficacia de sus planteamientos para romper las barreras y permitir escapar de las conductas fosilizadas por la tradición, algo que resulta especialmente notable por lo que se refiere a los roles femeninos posibles en la sociedad urbana de Victoria. Quizás sea precisamente por eso, por la discrepancia irreconciliable entre las dos líneas argumentativas de la novela, que el conjunto no termina de percibirse como una obra filosóficamente .

Si tuviera que quedarme con una sola idea de la novela, sería con su exhortación a romper con los círculos de pensamiento, su incitación a explorar nuevas posibilidades más allá de las combinaciones conocidas. Al fin y al cabo, eso mismo fue lo que Ursula K. Le Guin hizo toda su vida: desafiar las preconcepciones, atreverse a imaginar posibilidades allá donde otros no eran capaces de escapar de los insuficientes e inapropiados caminos trillados.

Ursula K. Le Guin

(21 de octubre de 1929 – 22 de enero de 2018)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en enero 31, 2018.

Una respuesta to “El ojo de la garza”

  1. De lo poco que he leído de Le Guin me ha gustado todo, así que solo puede darle gracias por su obra.
    D.E.P.

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