La resurrección de la gorgona

De entre todos los detectives de lo oculto, sin duda el más deudor de Sherlock Holmes es Harry Dickson, quien de hecho comenzó su andadura bajo el más reconocible nombre del detective consultor del 221b de Baker Street. Esto ocurrió en 1907, en Alemania, donde un avispado editor decidió empezar a publicar “Detektiv Sherlock Holmes und seine weltberühmten Abenteuer” (“El detective Sherlock Holmes y sus aventuras de fama mundial”), una serie de aventuras apócrifas, que buscaban explotar descaradamente el prestigio de la creación de Doyle (quien aún seguía escribiendo, muy a su pesar, relatos sobre su más célebre creación).

Demanda de por medio, la serie pronto cambió de título a “Aus dem Geheimakten des Weltdetektivs” (“De los archivos del mejor detective del mundo”), y aunque el protagonista seguía llamándose Sherlock Holmes, se decidió jubilar a Watson y proporcionarle un ayudante más joven llamado Harry Taxon. Aquello se mantuvo en marcha cuatro años, durante los que se publicaron 230 historias (entre novela corta y cuento largo), que a su vez se tradujeron, al menos parcialmente, a distintos idiomas europeos como el francés o el español (“Memorias íntimas de Sherlock Holmes”).

La siguiente “evolución” se dio en Holanda, en 1927, donde quizás por los cambios en las leyes de protección de la propiedad intelectual se vieron obligados a cambiar el nombre del protagonista a Harry Dickson, mientras que su joven ayudante pasaba a llamarse Tom Mills. Son 180 episodios, bajo el título “Harry Dickson, de Amerikaansche Sherlock Holmes” (“Harry Dickson, el Sherlock Holmes americano”). Pese al rebautizo, el personaje sigue siendo perfectamente identificable. Vive en Baker Street, con un ama de llaves (Mrs. Crown en vez de la señorita Hudson) y mantiene un fiel contacto policial en Scotland Yard (Goodfield en vez de Lestrade).

Esta serie fue la base de una nueva traducción al francés, en este caso para el mercado belga, que empezó a publicarse en 1929.  En 1931 las labores de adaptación fueron encargadas a Jean Raymond Marie de Kremer, más conodido por uno de sus múltilples seudónimos: Jean Ray. No voy a entrar en detalles sobre los (supuestos o no) azares de su agitada vida. Para informaros, os recomiendo consultar la exhaustiva semblanza publicada en La Memoria del Bolsilibro (donde tenéis, además, más ampliado todo el asunto de las sucesivas encarnaciones del detective). Lo que sí mencionaré es que  Jean Ray no tardó en cansarse de traducir cuentecillos de calidad más que dudosa y le propuso al editor reescribir él mismo las aventuras de Harry Dickson, respetando el título y la ilustración de portada (para que pudieran reutilizarse ambos). 

Esta labor de Jean Ray comenzó mediado 1932, en el número 65 de la serie, y a partir de ahí la mayor parte de (si no todas) las entregas, hasta completar 178 (en 1938), surgieron de la imaginación del autor belga, quien no sólo modernizó el escenario, sino que se dejó llevar por la sonoridad de los títulos e introdujo con asiduidad elementos fantásticos en las tramas, transformando a Harry Dickson no sólo en un detective de lo oculto, sino en el más prolífico de todos los detectives de lo oculto (al menos en su etapa clásica), con más de cien aventuras en su haber.

“La resurrección de la gorgona” (“La résurrection de la gorgone”) fue publicada en 1937, como número 163 de la colección belga de Harry Dickson. La aventura se inicia pagando el debido peaje a la portada (que mostraba a un pobre hombre siendo transformado por medios perfectamente naturales, si bien un tanto macabros, en la estatua de un centauro), pero a partir de ahí pronto empieza a elaborar su propia (y alambicada) trama, con la introducción de la misteriosa Euryale Ellis, jugando todo el rato con la insinuación de que ella (o su misteriosa hermana Georgina) podría ser la reencarnación de una de las míticas gorgonas de la mitología griega. Harry Dickson hace uso de su habilidad para el disfraz para contactar con la señorita Ellis, y poco a poco va introduciéndose en un peligroso juego, en el que podría estar en juego nada menos que la integridad (carnosa) de su propio pellejo.

En fin, por sacárnoslo pronto de encima, la trama de “La resurrección de la gorgona” no tiene el menor sentido. Jean Ray está más preocupado en crear el misterio que en resolverlo (con lo cual, verdaderamente, puede considerársele un adelantado a su tiempo). Las aventuras de Harry Dickson son, antes que relatos de misterio, celebraciones en torno a un personaje carismático, con ocasionales atisbos a lo sobrenatural (que finalmente queda, cuando menos, domesticado por el intelecto del gran detective).

En particular, nos encontramos con una solución que, sin revelar nada en concreto, implica toda una miriada de identidades falsas (contando sólo los pricipales, tenemos hasta cuatro personajes que recurren a ese recurso), oscilaciones entre la explicación sobrenatural y la natural (exóticamente adornada), elementos cuya función parece ir cambiando sin otro motivo que las exigencias del guión (como diversas drogas, un dispositivo de generación de miedo o el misterioso y convenientemente bautizado Sir Nathaniel Rock). Tal es el lío, de hecho, que hasta en la explicación final (donde Dickson se saca de la manga documentos nunca antes mencionados para tratar de atarlo todo en un caso coherente) quedan cabos sueltos que el mismo detective presenta como dudas insolubles; y es que nadie, ni siquiera el mejor detective del mundo, podría encontrar el modo de encajar las piezas del puzzle improvisado.

¿Quiere eso decir que la historia carece por completo de valor? ¡Ni mucho menos! Simplemente, hay que tener en cuenta que no es una novelita de detectives, sino un delirio pulp cuyo único propósito consiste en sorprender e impactar al lector. Dudo mucho que siquiera el propio autor supiera hacia dónde le estaba llevando su imaginación durante la escritura de la novela. Jean Ray se limita a jugar con nuestras preconcepciones, buscando principalmente pillarnos con la guardia baja para asestar su siguiente golpe de efecto. Es posible que no todas las fintas resulten efectivas, pero lo que no se le puede negar es la vivacidad y la capacidad para mantener, mal que bien, el equilibrio inestable de la pila de ocurrencias e improbabilidades hasta el final (y si entonces se estrella, al menos que lo haga con un glorioso estropicio).

~ por Sergio en enero 18, 2018.

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