Las cámaras del horror de Jules de Grandin

Con mucha diferencia, el autor más popular de Weird Tales no fue Clark Ashton Smith, ni H. P. Lovecraft, ni siquiera Robert E. Howard. Esa distinción corresponde inequívocamente a Seabury Quinn, creador del segundo detective paranormal más prolífico de la edad de oro del arquetipo: el médico francés Jules de Grandin.

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Entre 1925 y 1951 Weird Tales publicó noventa y dos relatos y una novela “La novia del diablo” (1932) sobre este personaje, construido evidentemente sobre el molde de Sherlock Holmes (con algo del Hércules Poirot de Agatha Christie), aunque con sus propias características distintivas, siendo el principal factor diferenciador el tipo de casos que abordaba, que o bien tenían relación con algún fenómeno sobrenatural, o bien apuntaban hacia el lado más oscuro (y exótico) del ser humano. Las historias de Jules de Grandin no sólo se erigían invariablemente como modelo para la ilustración de portada, sino que más veces que no se erigían en el contenido favorito de los lectores, a juzgar por las encuestas llevadas a cabo por la propia revista.

¿Por qué entonces no es tan conocido? Bueno, el caso es que la popularidad contemporánea no siempre es indicador más fiable, y el paso del tiempo ha ido restando relevancia a unas historias diseñadas específicamente para resultar chocantes y provocar estremecimientos en un contexto social muy específico, pero sin hacer gala de ese trasfondo estético o filosófico de mayor calado que puede convertir una obra literaria en intemporal. Así, mientras Howard y Lovecraft se erigían, pese a la relativa brevedad de sus carreras en referentes ineludibles de la fantasía y el terror (con Ashton Smith relegado a un segundo plano), Seabury Quinn caía poco a poco en el olvido, hasta el punto que no fue sino en 2001 cuando se publicó la primera recopilación completa de todas las historias de Jules de Grandin (en tres volúmenes).

Antes había habido otras intentonas. La más seria fue la de Popular Library en 1976, que llegó a completar un tercio de los cuentos en seis volúmenes; un porcentaje similar a la propuesta de Barsoom, que lleva editados en dos volúmenes los 30 primeros cuentos (hasta 1929), a la espera de completar la serie. El caso es que aquel sexto volumen de Popular Library, “The horror chambers of Jules de Grandin” (1977), fue escogido en 2004 por Valdemar para ver de introducir el personaje al público español (un año antes, Pulp Ediciones ya había sacado “La novia del diablo”, que contaba con una única edición previa mexicana de los años setenta).

La antología está compuesta por seis relatos largos, publicados originalmente entre 1927 y 1934. En ellos, el diminuto médico francés se enfrenta tanto a casos de clientes afectados por alguna dolencia de origen sobrenatural (“Dioses del oriente y del occidente”, “Poltergeist”, “La broma de Walburg Tantavul”) como a rocambolescos complots criminales (“La casa de las máscaras de oro”, “Muerte furtiva”, “El caso de las almas”), armado fundamentalmente con una inquebrantable confianza en sí mismo (llegando al extremo de la arrogancia) y exhibiendo supuestos conocimientos médicos y esotéricos muy especializados, por medio de los cuales acaba desentrañando el misterio.

Como es la norma holmesiana, la responsabilidad narrativa recae en el inseparable compañero de Jules de Grandin, el doctor Trowbridge, cuya otra función es, básicamente, servir de vehículo para que el lector “exija” respuestas al protagonista una vez concluida la aventura. Además, pese a no ser un prodigio físico, el francés no rehúye en ningún momento la acción, e incluso se muestra razonablemente competente al respecto.

No resulta difícil comprender los motivos de su popularidad. De Grandin es un personaje grandilocuente, excesivo, rozando el límite mismo de la parodia (y no siempre por el lado bueno). Es un arquetipo que, por algún motivo, resulta atractivo. Quizás tenga que ver con que encarnan una fantasía, la del ser humano que nunca experimenta la duda, que siempre tiene solución para todo (a mí, personalmente, se me antonjan un poco insufribles). Si le añadimos a ello el exotismo y, por supuesto, el erotismo indisimulado de muchas de sus aventuras (en las que las bellas señoritas se encuentran en peligro constante de perder la ropa), tenemos una receta perfecta para el éxito.

El caso, es que también comprendo perfectamente el porqué de que esa popularidad no se haya mantenido intacta, y es que al contrario que con Doyle, sus deducciones no tienen ningún sentido. No es ya que fuerce los límites de la plausibilidad, o que recurra a ejercicios deductivos imposibles, es que la mayor parte de las “pruebas” en que basa sus “investigaciones” son tan ambiguas como irrelevantes. Cuando le hace falta, se saca de la manga una coincidencia increíble (como estar cenando justo al lado de los criminales) o recurre a unos conocimientos inventados (por ejemplo, una traducción sui géneris de poltergeist), lo junta todo incurriendo a cuanta falacia lógica sea necesaria para aparentar un proceso deductivo y lo remata con unos cuantos fuegos artificiales para que no pensemos demasiado en cómo hemos llegado hasta allí.

A la postre, las aventuras de Jules de Grandin (al menos a juzgar por esta pequeña muestra) son tan emocionantes como formulaicas y olvidables. No hay nada realmente original, sino tan sólo una habilidosa reutilización de elementos, que incluye una no desdeñable capacidad para amagar por un lado antes de salir por otro completamente distinto. Los relatos están concebidos para mantener al lector continuamente en tensión, y si para ello tiene que hacer “trampas”, pues las hace y a la marcha. Jules de Grandin no apela al intelecto para convencernos, ni siquiera elabora un escenario sobrenatural coherente, sino que se limita a abrumarnos con su carisma. A veces eso es suficiente.

Mención aparte de lo antedicho merece, eso sí, el último relato, “El juego de las almas”, que se aparta de forma bastante acusada de la fórmula magistral y consigue evocar además un auténtico sentimiento de sobrecogimiento ante lo sobrenatural (coincidentemente o no, también es un relato en el que Jules de Grandin asume un papel casi secundario, y donde por añadidura deja abierta la puerta a la incertidumbre).

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~ por Sergio en enero 13, 2018.

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