El Ojo de la Mente

El primer contacto del mundo con el universo de Star Wars fue a través de la literatura. Seis meses antes del estreno de la primera película llegó a las librerías su novelización, firmada por George Lucas… aunque escrita en realidad por Alan Dean Foster, conocido principalmente hasta la fecha por sus novelizaciones de episodios de Star Trek: The Animated Series (así como de “Dark star”).

Tampoco fue la primera opción. Los dos o tres primeros candidatos rechazaron el ofrecimiento (5.000 dólares y olvidarse de que la habían escrito ellos), y así es como Foster consolidó su camino hacia el título de Gran Maestro… para la Asociación Internacional de Escritores de Novelizaciones (IAMTW) en 2008. Un año después, la novela (titulada originalmente “Star Wars: from the adventures of Luke Skywalker”), espoleada por el éxito de la película, había vendido más de medio millón de ejemplares, pero ese éxito no se trasladó a su verdadero autor… salvo por el encargo de escribir una segunda novela que pudiera servir como base para el guión de una secuela. Ese libro fue “El Ojo de la Mente” (“Splinter of the Mind’s Eye”, 1978), el primer ladrillo de lo que con posterioridad sería conocido como el Universo Expandido de Star Wars.

Como encargo, había una serie de condiciones. Para empezar, la confianza en el éxito de la película no era, aunque hoy en día nos parezca inconcebible, especialmente firme. Esa es la razón por la que la historia debía poder trasladarse al cine como un proyecto de bajo presupuesto, y por ello casi toda la acción transcurre en la superficie de un planeta pantanoso (Mimban, el ancesor directo de Dagobah), llegando Lucas incluso a vetar un combate entre cazas al principio de la novela por considerar que sería infilmable. Además, debían de poder reutilizarse tantos elementos de atrezo de la primera película como fuera posible y, sobre todo, los personajes podían ser Luke, Leia, Vader, C-3PO y R2-D2, pero no Han Solo (porque Harrison Ford todavía no había firmado para participar en la secuela).

A la postre, “La guerra de las galaxias” se convirtió en la película más taquillera de todos los tiempos (duplicando con holgura la recaudación de “Tiburón”), y los planes para continuar la saga tomaron un rumbo diferente (que pasó por la contratación de Leigh Brackett, quien desgraciadamente tan sólo pudo presentar un primer borrador antes de fallecer de cáncer en 1978; a partir de ahí entró en escena Lawrence Kasdan). Sin embargo, una sorprendente cantidad de detalles, e incluso alguna escena, de “El ojo de la mente” acabaron llegando por extraños vericuetos (y no menos curiosas transformaciones) hasta el guión final de “El imperio contraataca” (e incluso el de “El retorno del jedi”).

Eso sí, la congruencia argumental es… limitada. Por ejemplo, existe una importante tensión sexual entre Luke y Leia (aprobada por el propio Lucas), que se utiliza a menudo como prueba de que su parentesco, lejos de estar fijado desde el principio como sostiene el autor, es algo que se orquestó sobre la marcha. Lo cierto es que ninguno de los personajes sale demasiado bien parado. Alan Dean Foster es un escritor que al menos en este libro exhibe unas habilidades muy limitadas, y lo que esboza no dejan de ser caricaturas, sin atisbo alguno de profundidad (justo lo opuesto de lo que tendría que ser una buena novelización, cuya única ventaja respecto al medio audiovisual es que, liberada de constricciones temporales, puede explorar el subtexto).

Por resumir brevemente la trama, de camino a una reunión para reclutar fuerzas para la resistencia, Luke y Leia se estrellan en un atrasado planeta donde al parecer el Imperio tiene en marcha una operación minera clandestina. Allí conocen a Halla, una anciana con cierto dominio marginal de la Fuerza (la antecesora directa de Yoda), que los recluta para ir en busca del Ojo de la Mente. Esta joya es un cristal kaiburr, una reliquia mística que en los primeros compases del universo Star Wars iba a servir para concentrar el poder de la fuerza, hasta que Lucas optó por un enfoque más místico y acabaron transformándose en los cristales kyber, utilizados en la construcción de sables de luz.

Antes de poder partir, sin embargo, tienen un par de encontronazos con las autoridades imperiales locales que se solucionan por las malas, y acompañados por nuevos aliados gigantes y peludos (que no son wookies, pero como si lo fueran) se adentran en la espesura a bordo de un vehículo idóneo para el terreno.

Alan Dean Foster sigue encadenando encuentros más o menos bien hilvanados pero altamente episódicos: un gusano gigantesco, que parece ser el tío-abuelo del monstruo del campo de asteroides; pasadizos indígenas subterráneos, más monstruos subacuáticos, tribus alienígenas con un sorprendente parecido con las amerindias (tanto en su cultura como en su relación con los colonos invasores), y así hasta el enfrentamiento con Vader… que no aparece en la novela hasta casi el final y que apenas está presente durante una veintena de páginas (y quizás ni eso).

En general, el estilo de Alan Dean Foster es burdo y su imaginación limitada. He leído docenas de bolsilibros con aventuras más interesantes y mejor estructuradas, e incluso su conexión con el universo Star Wars, que es su gran baza, se ve menoscabada ya no por las incongruencias antes comentadas, sino por su incapacidad para presentar a Luke más que como un niñato llorica o a Leia más que como una pija malcriada (de C-3PO y R2D2, mejor ni hablamos, salvo para comentar que en la primera traducción española, vigente por casi cuarenta años, se les sigue llamando See Threepio y Artoo Detoo).

El único interés real que en mi opinión presenta la novela radica en su valor como documento histórico. Es star wars antes de que transformara en Star Wars, la mayor (con permiso del Universo Marvel) y más influyente franquicia del séptimo arte. Es un camino potencial abandonado, aunque su sombra ejerció una curiosa influencia en la conformación de la galaxia muy, muy lejana que conocemos.

Con este precedente, el Universo Expandido no terminó de arrancar del todo, en especial en su vertiente literaria (en cómic, mal que bien, Marvel publicó al menos una longeva serie de 107 ejemplares entre 1977 y 1986), hasta 1991. Ese año se produjeron dos desarrollos imporantes. Por un lado, Timothy Zahn empezó a publicar la trilogía Thrawn, como secuela a las películas, introduciendo personajes que se han hecho tremendamente populares dentro del fándom de Star Wars (como el Gran Almirante Thrawn, Mara Jade o los hijos mellizos de Leia y Han, que posiblemente constituyen la inspiración para Rey y Kylo Ren). Por otro, Dark Horse se hizo con los derechos de los cómics, estrenándose con una de las miniseries más celebradas, la de Dark Empire (de Tom Veitch y Cam Kennedy).

Todo ello, unido al lanzamiento del juego de Lucasarts “X-wing” en 1993 y los subsiguientes títulos que profundizaron en ese Universo Expandido (como las series “Rogue squadron”, “Rebel assault” o “Jedi knight”), revitalizaron el interés en la franquicia y pavimentaron el camino de cara al estreno en 1999 de “La amenaza fantasma”… que irónicamente propició la declaración oficial y retroactiva de todo el Universo Expandido como no canónico. Hoy en día se estima que hay unos 1.500 títulos (entre novelas y cómics) pertenecientes a este escenario alternativo (que tampoco es internamente coherente), rebautizado como Star Wars Legends, que suma más de sesenta millones de ejemplares vendidos.

Desde el 2014, todo el nuevo contenido franquiciado se está intentado gestionar como un todo canónico congruente, lo cual incluye tanto los nuevos cómics (de regreso, cómo no, a Marvel, ahora que tanto ellos como Lucasfilm son propiedad de Disney), como la serie de televisión “Star Wars: Rebels” (que va reintroduciendo en el canon elementos escogidos del antiguo Universo Expandido), como las más recientes novelizaciones (siendo la de “El despertar de la fuerza” obra de nuevo de Alan Dean Foster).

El (nuevo) Universo Expandido parece estar más vivo que nunca, y ahora que parece que las películas están dispuestas a entrar también en ese juego, el futuro parece repleto de posibilidades. Y pensar que todo esto comenzó en 1978 con una novelilla tan mediocre como es “El Ojo de la Mente”…

Otras (y generalmente más positivas) opiniones:

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~ por Sergio en diciembre 29, 2017.

5 comentarios to “El Ojo de la Mente”

  1. Realmente mala. Estaba en casa porque la compró mi hermano mayor y aún siendo fan de la primera trilogía nunca conseguí leer más de 10 páginas.

    • Menos mal. Empezaba a pensar que era yo, que me estaba perdiendo algo.

      • Insufrible. Tras ver Star Wars de muy, muy niño ya que me llevó mi padre, un friki de los 70, que me utilizaba para ir al cine que el quería ver. Quedé impactado y quise saber más. Pero ese libro era inabordable para un niño. Luego tras el estreno de El imperio contraataca le di otra oportunidad y nada. Y ya decidí que no lo intentaría más.

  2. Ese libro había que leerlo siendo un niño, en su momento y antes de que saliera El Imperio… Una vez que quedó fuera del canon supongo que se hizo infumable, pero en las circunstancias en las que se editó, funcionaba como un libro entretenido y de aventuras. Yo lo leí en el 79 o el 80, tendría doce o trece años y no me arrepentí. Ahora no lo releería ni loco.

    • Sigue manteniendo una pizca de interés, pero esencialmente para comprobar de dónde vinieron algunas de las ideas que acabaron conformando la trilogía que hoy conocemos. De todas formas, su legibilidad no depende tanto de ser o no canónico como de la incapacidad que demuestra Alan Dean Foster para dar entidad a sus personajes y a la historia separados (por múltiples e inevitables incoherencias) de su referente audiovisual. La novelización de “La guerra de las galaxias”, sin embargo, mantiene el tipo razonablemente bien (todo lo que no aporta, ya lo provee tu imaginación al rememorar la película).

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