Médula

Robert Reed es un escritor de ciencia ficción tremendamente prolífico, con más de doscientos relatos y novelas cortas y once novelas publicadas en los EE.UU., aunque apenas ha sido editado en español. De hecho, la única de sus novelas aparecida en nuestro idioma es “Médula” (“Marrow”, 2000), la primera de su serie de la Gran Nave, compuesta por un par de docenas de obras de diversa extensión.

Esa Gran Nave, el escenario único (y suficiente) de la acción, es un antiquísimo (miles de millones de años) artefacto autopropulsado del tamaño de Júpiter, abordado en el lejano pasado por humanos que lo reclamaron como propio por derecho de salvamento. Con el transcurrir de los milenios, la Gran Nave se ha convertido en un vehículo intragaláctico, gestionado como un servicio de transporte masivo por los capitanes, el grupo de abordaje original, bajo el mando de la maestra capitana original, porque en el universo de “Médula” todos cuantos lo desean (y multitud de animales y plantas sin posibilidad de decisión) son inmortales (y capaces de resistir daños catastróficos, siempre y cuando el cerebro, alojado en una concha cerámica ultrarresistente, no sea destruido.

Todo en “Médula” es desmesurado: una nave tan vasta que ni siquiera quienes la han gobernado por milenios conocen todos su secretos, miles de especies alienígenas compartiendo hábitats ajustados a sus necesidades para conformar una población de miles de millones de seres sintientes, planes de navegación que cuentan los siglos como si fueran jornadas fugaces… Todo ello bajo el misterio de los ignotos constructores y sus no menos ignotos propósitos originales para con el titánico vehículo. No es de extrañar que los personajes, en medio de tal inmensidad, queden un poco desdibujados.

Aunque el protagonismo se encuentra bastante repartido, el grueso de la trama se apoya en un grupo de unos quinientos capitanes, embarcados en un ambicioso proyecto de exploración. En el interior de uno de los depósitos de combustible, bajo miles de kilómetros de hidrógeno, se esconde un mundo de hierro de un tamaño aproximadamente terrestre, protegido por contrafuertes (una especie de campos de fuerza) y un caparazón de hiperfibra (la materia prima fundamental de la Gran Nave; se infiere que es algún tipo de grafeno).

Cuando un accidente transforma la expedición en un naufragio, los capitanes se encuentran varados en Médula (que así ha sido bautizado el planeta), un mundo hinóspito y sujeto a continuas catástrofes (pero aún así bullente de vida), obligados a reconstruir su civilización tecnológica prácticamente desde cero si aspiran a regresar alguna vez a sus responsabilidades. Un proyecto de cinco mil años… que abordan con la determinación que tan sólo una existencia inmortal puede proporcionar.

“Médula” constituye una creación fascinante, que brilla sobre todo cuando hace alarde de imaginación y explora los recovecos de la Gran Nave, a la búsqueda de extrañas culturas como la de los rémoras (habitantes de la corteza exterior, que pasan toda su existencia, literalmente del útero a la tumba, dentro de trajes que los convierten en poco menos que naves autónomas). Los saltos temporales de décadas, o incluso siglos, no son infrecuentes, y logran transmitir esa sensación de inmortalidad, con unos personajes que ven desarrollarse sus planes a una escala histórica (aunque esa misma característica también los hace distantes).

Eso sí, llega un momento, cuando el autor busca aumentar las apuestas, en que la trama descarrila un tanto, como si no hubiera sabido salvar una discontinuidad. La novela se percibe de hecho como dos libros independientes. El primero fascinante y congruente, y el segundo bastante más inconexo. Se podría decir que a Robert Reed se le escapa un poco de las manos su creación, y ni siquiera una gran vuelta de tuerca final (sobre la naturaleza de la Gran Nave) termina de ser capaz de integrar los elementos dispersos y cerrar apropiadamente la historia.

Mi impresión es que fuerza una narración más tradicional en un marco en el que no encaja, algo que también podría decirse de la especulación, porque (y esto es algo que se le echa en cara a menudo) la Gran Nave no se sostiene como ejemplo de astroingeniería. “Médula” no pertenece realmente a la tradición hard (o siquiera de space opera hard). Brilla más cuando utiliza un lenguaje simbólico, casi poético (en la línea de la Instrumentalidad de Cordwainer Smith, aunque sin llegar a su nivel), que cuando busca proporcionar algún tipo de explicación científica (o seudocientífica).

Pero bueno, son pegas menores. Ese desarrollo final no demasiado afortunado queda compensado de sobra a base de puro sentido de maravilla, y aunque tal vez hubiera funcionado mejor como un fix-up de relatos que exploraran los distintos recovecos de la Gran Nave, tan sólo la historia (desgraciadamente truncada) de la fundación y desarrollo de la civilización de los capitanes en Médula ya justifica sobradamente la lectura de la novela.

En “Médula” no hay que buscar personajes carismáticos, tramas perfectamente imbricadas o siquiera revelaciones extraordinarias (todo eso intenta proporcionarlo, pero falla en mayor o menor grado). Su fuerte está en el propio escenario, en esa Gran Nave que consigue transmitir la sensación de inmensidad y diversidad inagotable que otras megaestructuras (algunas de ellas mucho más grandes) no son capaces de evocar, y en la singular escala temporal de la narración, que nos hace viajar por siglos y milenios de trabajo, asistiendo a la fundación y desarrollo de toda una civilización. Ofrece, en suma, algo difícil de encontrar en ciencia ficción, y que es un desarrollo novedoso. Sólo eso ya basta, en mi opinión, para perdonarle una ejecución que no sabe mantenerse del todo a la altura.

Robert Reed ha publicado otros tres libros como secuelas directas de “Médula”: “The well of stars” (2004), “The Greatship” (un fix-up de 2013) y “The memory of stars” (2014), todas ellas inéditas en castellano. En 1997, la novela corta “Médula” (que fue la semilla de la novela, aunque su trama difiere considerablemente de ésta) obtuvo una gran recepción, siendo finalista de los premios Hugo y Locus (5ª posición), aunque es un reconocimiento crítico que la serie no ha vuelto a cosechar (salvo por una nominación al Nebula para la novela corta “Katabasis”, de 2012).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en diciembre 4, 2017.

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