Volver a empezar

Pocas novelas habrá tan influyentes y al mismo tiempo tan desconocidas como “Volver a empezar” (“Replay”), de Ken Grimwood, publicada en 1987 y ganadora al año siguiente del Premio Mundial de Fantasía. No es que inventara exactamente el concepto del bucle temporal en el que se encuentra atrapado el protagonista (esa distinción corresponde al cuento “12:01”, publicado por Richard A. Lupoff en 1973), pero sí que fue la obra que lo popularizó, aunque al contrario que con “12:01” (una hora) o con la posterior “El día de la marmota” (un día; y sí, ya sé que algún lumbreras la tituló por estos lares “Atrapado en el tiempo”), la repetición es más extensa (hasta veinticinco años) y compleja.

En esencia, “Volver a empezar” es la historia de Jeff Winston a partir de su primera muerte, acaecida en 1988 de un ataque al corazón. Lo siguiente que percibe es que ha despertado en su antiguo cuarto universitario, y algo después comprueba asombrado que no sólo es el año 1963, sino que vuelve a tener dieciocho años, aunque conservando los recuerdos de toda una vida en la que se decantó por el periodismo radiofónico.

La nueva vida de Jeff empieza pronto a divergir de la antigua, pues utiliza su conocimiento anticipado del futuro para hacerse rico con una serie de improbables apuestas deportivas e inversiones financieras. A la postre, sin embargo, y pese a que pone todo su empeño en cuidarse, el fatídico año 1988 vuelve a sufrir un infarto… que lo devuelve a 1963, con todos los logros y fracasos de sus dos primeras vidas eliminados como si nunca hubieran acontecido.

Hasta aquí era relativamente fácil escribir esta reseña. Seguir detallando la sucesivas vidas de Jeffrey Winston serie, sin embargo, contraproducente, porque lo ideal es viajar con él de una a otra, de un estado de ánimo al siguiente, de una teoría a su sucesora… Baste con apuntar dos detalles: que las repeticiones no abarcan exactamente el mismo lapso, sino que éste parece ir acortándose en progresión geométrica, y que llega un momento en que descubre que no se encuentra solo, atrado en ese curioso fenómeno, sino que al menos otra mujer lo acompaña en sus sucesivos replays, lo únicos seres humanos conscientes de hallarse embarcados en un bucle causal, en el que únicamente sus acciones poseen la virtud de marcar una diferencia (sea ésta insignificante o profunda) en el cíclico fluir del tiempo.

Vale, indudablemente la sobreexplotación del concepto en los últimos veinticinco años ha hecho mucho por reducir el impacto de la novela, pero curiosamente, pese a ser de los primeros ejemplos de su categoría, resultar ser también de los más originales. La longitud de la repetición basta de hecho para separarla de la mayor parte de esas ficciones que por imperativos audiovisuales se circunscriben a unas pocas horas. Así, no importa tanto la anécdota de tal o cual acción repetida una y otra vez (aunque algo de ello hay, sobre todo al principio del ciclo), como el impacto global de media vida enfocada a propósitos divergentes y sustentada en valores igualmente cambientes.

El lapso menguante introduce además una variación interesante sobre el modelo que se popularizó con posterioridad. Implica que nada de lo que haga Jeff acabará teniendo importancia, ya que será cancelado con su inevitable muerte y su próxima vida tal vez empiece pasado el punto de cambio. No hay pues un objetivo de máxima idoneidad que cumplir. Cualquier progresión moral se circunscribe a lo único que permanece: los recuerdos de las sucesivas vidas. No hay bien, no hay mal que perdure. Tan sólo una vida fragmentada en busca de un sentido.

Así, de forma paradójica, el mensaje que emerge de entre la multiplicidad de vidas de Jeff (con su mujer, emparejado con su novia de la universidad, con una rica heredera, entregado al desenfreno, con hijos, con hijos adoptados, solitario, escritor, diletante, campesino…) es la noción de la fugacidad del tiempo, de la irreversibilidad de las elecciones. “Volver a empezar”se erige en un llamamiento a afrontar la vida con plena consciencia de que las oportunidades se presentan una vez y luego se pierden para siempre, que sólo no es dado recorrer uno de los infinitos caminos que se abren ante nosotros y que por tanto debemos procurar que esa potencialidad se concrete del mejor modo posible (y de igual modo a mirar siempre hacia el futuro, sin dejarnos lastrar por lo que pudo ser y no fue).

De acuerdo, Ken Grimwood hace un poco de trampa, dejando solucionado de buenas a primeras un condicionante para el desarrollo del potencial tan crucial como es el desahogo económico (aunque se preocupa de dejar claro que el dinero por sí solo no basta). Aun así, su renuncia a la búsqueda de un óptimo es ejemplar. Elimina de la ecuación cualquier posible beneficio aparte de la iluminación interior. Si algo saca Jeff de toda la experiencia es aceptación, y quizás el convencimiento de que nunca es tarde para cambiar de rumbo (de nuevo, dos conceptos aparentemente antitéticos, que al examinarlos de cerca se revelan como estrechamente ligados en la errónea concepción del pasado como un condicionante insoslayable del futuro).

Ken Grimwood murió precisamente de un ataque al corazón en 2003, a los cincuenta y nueve años, mientras se encontraban escribiendo una secuela de “Volver a empezar”… veinticinco años en el futuro de ese 1988 en el que mandó a sus personajes veinticinco años hacia el pasado.

Aparte del World Fantasy Award, “Volver a empezar” fue también finalista del Arthur C. Clarke, en una edición que ganó la magnífica “Las torres del olvido“, de George Turner.

Otras opiniones:

 

~ por Sergio en noviembre 24, 2017.

2 comentarios to “Volver a empezar”

  1. ¡Vaya! No lo conocía. Había escuchado de «12: 01» y obviamente de «El día de la marmota», pero no sobre este, habrá que leerlo. Como siempre, muchas gracias.

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