Vencer al dragón

En ocasiones, es posible ser demasiado adelantado a tu tiempo, o tal vez simplemente llegar en el momento más inoportuno posible. Tal vez ese sea el caso de una de las mejores novelas de fantasía de los ochenta, “Vencer al dragón” (“Dragonsbane”), de Barbara Hambly, publicada en 1985… apenas unos meses después de que Margaret Weis y Tracy Hickman marcaran (por desgracia) el camino que iba a seguir el género durante toda una década con “El retorno de los dragones“, el primer título de la franquicia de la Dragonlance.

Porque “Vencer al dragón” no tiene absolutamente nada que ver con toda esa fantasía juvenilizada que llegaría a denominarse despectivamente “dragonada”. Sí, hay un dragón, Morkeleb el Negro, pero la protagonista, Jenny Waynest, es mucho más que un simple alter ego para explorar conflictos adolescentes. Es, de hecho, una mujer madura, enfrentada a un dilema ciertamente adulto, dividida por el tirón de dos intereses irreconciliables, que debe llegar a un compromiso vital. Ah, sí, también hay un dragón del que encargarse, en compañía de su pareja, John Aversin.

La novela es, de hecho, algo que iba haciendo mucha falta: ese título capaz de tomar los elementos de la fantasía tolkiniana y, más allá de una simple réplica simplificada (a lo Terry Brooks en los libros de Shannara), hacer evolucionar el género en consonancia con las preocupaciones y sensibilidades de la época. Lo hace, además, poco a poco, dejando que nos vayamos aclimatando a un enfoque no tan blanco y negro, sino con sus matices de gris, presentándonos lo que a grandes rasgos es una reintrepretación de la aventura de “El hobbit“.

Eso sí, ya desde el principio nos encontramos con diferencias. La primera y principal que el protagonismo es femenino, correspondiendo a Jen Waynest, una maga que habita en las Tierras del Norte, territorio fronterizo de un otrora poderoso imperio que se ha visto año a año cada vez más aislado y dejado a su suerte, en un proceso equivalente a la desintegración del Imperio Romano durante el paso de la Edad Antigua a la Edad Media (Barbara Hambly posee un máster en historia medieval).

El caso es que allí llega por sorpresa un joven emisario del rey, buscando la ayuda de Lord Aversin, el único vencedor de dragones que aún vive (pues en su juventud, con ayuda de Jenny, mató a una bestia que estaba llevando la ruina a su pueblo). Los dragones de Hambly son bastante clásicos. No excesivamente grandes (de diez a quince metros de longitud), aunque con la panoplia al completo de su especie: dientes, garras, espinas cortantes, aliento de fuego y capacidades mágicas. El caso es que en las inmediaciones de la capital, Bel, se ha instalado un dragón, expulsando de sus grutas ancestrales a los gnomos y amenazando con arruinar el poco esplendor que le queda al antiguo imperio.

Acuciado por sus propias necesidades (defensa y conocimientos), John acaba accediendo a intentar replicar su hazaña, y hacia Bel que parten él, Jenny y Gareth, descubriendo al arribar (tras una serie de peripecias que no vale la pena detallar) que el panorama no es exactamente como lo había pintado el joven cortesano, sino que el rey parece hallarse además bajo el control de una joven y poderosa maga, que es quien realmente ostenta el poder como su amante (y que parece tener un interés especial en la eliminación del dragón).

Hasta aquí las semejanzas y diferencias con la épica tolkienista resultan evidentes. La principal entre las segundas es que, lejos del tono mitológico de las aventuras en la Tierra Media, el enfoque de Barbara Hambly es casi desmitificador. John, por ejemplo, no se ajusta al molde del aguerrido héroe de leyenda (aunque sí es valiente y capaz). En vez de ello, se trata de un líder al que sus múltiples obligaciones, tratando de mantener en pie una sociedad que se desmorona, apartan de su verdadera pasión que es el estudio; un bárbaro ilustrado, en la refinada y decadente corte de Bel. En cuanto a Jenny, dado que asumimos su punto de vista es el personaje más complejo, debatiéndose de continúo entre el ansia de poder propio de los magos y las “distracciones” que la apartan de la meditación necesaria para conseguirlo: su amor por John y por los dos hijos de ambos.

A medida que avanza la historia, de hecho, se acrecientan tanto esos paralelismos (con “El hobbit” específicamente, aunque resulta imposible no ver un eco de Grima Lengua de Serpiente en Zyerne, la maga tras el trono de Bel), como las diferencias (en una resolución del primer conflicto que nada tiene que ver con el destino de Smaug), y cuando todo parece abocado a una mera (aunque inteligente) reinterpretación del mismo esquema, nos encontramos con que todavía resta más de un tercio de novela y de que debe haber más… y vaya si lo hay.

Porque a partir de ahí Jenny Waynest se ve sometida a su mayor prueba, por un lado enfrentada a la ambición desmedida de la poderosa Zyerne, pero sobre todo confrontada con las realidad innegable de su propia ambición de poder (representada en la magia del dragón).

Si todo lo precedente ya bastaba para convertir “Vencer al dragón” en una obra imprescindible dentro del canon de la fantasía, es este desarrollo ulterior lo que termina de llevarla a un plano superior, porque a través de su ficción Barbara Hambly aborda un tema candente en la sociedad estadounidense de su época (y aún no resuelto de forma satisfactoria, quizás porque no hay solución sencilla): la conciliación entre las aspiraciones laborales y las familiares.

Lo cierto es que estamos bastante acostumbrados a contemplar este dilema desde la perspectiva masculina (en “Cementerio de animales“, por ejemplo), pero por motivos culturales no es tan frecuente que se plantee desde el punto de vista de la mujer. Jenny, aun antes de los cambios que experimenta en la novela, ya se siente desgarrada entre la convicción de que no está atendiendo las necesidades de su compañero y sus hijos (a los que cría la mayor parte del tiempo una tía) y la sospecha de que esas escasas atenciones que logra escamotear a su meditación son detrimentales con respecto a lo que podría avanzar en su carrera libre de distracciones.

De forma absolutamente hipócrita, nuestra sociedad ha tendido a negarle a la mujer el derecho a debatirse en la disyuntiva entre amor y ambición, otorgándole tradicionalmente el papel de quien tiene que sacrificar sus sueños por el bien de la pareja. Barbara Hambly, con “Vencer al dragón”, rompe decididamente con cualquier tipo de asumción, y sitúa a Jenny en una posición en que debe tomar una decisión libre de cualquier tipo de condicionante externo, debiendo así hacer autoexamen profundo de sus deseos.

¿Cómo es posible que una obra con tantos niveles pasara desapercibida? Bueno, en realidad no lo hizo, y muchos de los principales autores de hoy en día la señalan como fuente de inspiración (no es de extrañar, así de adelantada estuvo a su época). Es sólo que quedó sepultada bajo la marea de la fantasía franquiciada ochentera, hasta el punto de que no fue sino en 1999 cuando se publicó una secuela, “Dragonshadow”, seguida de “Knight of the demon queen” en 2000 y “Dragonstar” en 2002 (aunque las críticas no suelen ser muy positivas, señalando a un cambio demasiado brusco en el enfoque y los personajes). Todo ello, junto con una novela corta de 2010 (“Princess”), conforma la serie de las Winterlands.

En 1986 “Vender al dragón” resultó tercera en la votación de los Locus de fantasía (que ganó Roger Zelazny con “Trumps of doom”, el inicio de las segundas Crónicas de Ambar) y repitió mención al año siguiente (aunque ya en vigesimoquinta posición). De igual modo, fue finalista del Mythopeic Award (que obtuvo la no menos extraordinaria “Puente de pájaros“, de Barry Hughart).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en noviembre 22, 2017.

8 comentarios to “Vencer al dragón”

  1. Muy interesante reseña.
    Yo soy de los que la Dragonada hizo abandonar toda esperanza en el género.

    • Sí, las dragonadas nos hicieron abandonar el género a muchos, pero volviendo años después a cribar el grano de la paja, descubres que incluso en los peores años de la fantasía franquiciada se publicaban títulos interesantes.

  2. A mí me mató la imposibilidad de encontrar nada que no fuera Dragonlance, vivía en una ciudad pequeña con 3 librerías y no traían otra cosa. Me prestaron alguno y desastre y por desesperación acabé comprando su trilogía de la Forja y una pena de tiempo y dinero.

    • Precisamente, fue el primer libro de La Espada de Joram (que es a la que supongo que te refieres) la que marcó para mí el límite. Cuando lo terminé, ya no volví a comprar, o siquiera a leer, un solo libro de Timun Mas (lo cual no quiere decir que en medio de toda la morralla no hubiera un puñado de títulos meritorios).

      • Siiiii, ese era, solo se salva en mi biblioteca porque la edición era bonita. Había un personaje, un bufón, que era medio interesante pero el resto un horror. Y mi problema es que nunca abandono un libro.

  3. Muchas gracias por la reseña. Yo soy uno de esos que vivió y disfrutó de la Dragonlance en la adolescencia y no vi pasar este título. Ahora, con 41 años encima prometo darle solución y volver aquí para comentarla. Un cordial saludo

    • Timun Mas dominaba de tal modo las estanterías que apenas dejaba sitio para nada más. Por fortuna, la literatura fantástica, por alguna razón, disfruta de una vida media mucho más extensa que casi cualquier otro género, y nos ofrece la oportunidad de volver sobre lo que nos perdimos. Aguardo con interés tus comentarios.

  4. Yo lei una version que creo que era llamada vencedor de dragones. La cogi varias veces en la biblioteca del hospital de valencia y aunque me gusto me dejo con ganas de mas.
    Recuerdo que el heroe mataba al dragon con arpones envenenados y lo remataba con un hacha, eso me gusto.
    En fin que tambien la recomendaria:)

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