El príncipe de los infiernos

A finales de los años setenta el terror, impulsada por el éxito internacional de “El exorcista” (1971), estaba a punto de erigirse en uno de los géneros más comerciales, inaugurando la etapa del best seller de terror, que se extendería por más de una década. Los principales nombres del género empezaron a publicar sus primeras obras. Stephen King lanzó su carrera en 1974 con  “Carrie”, y pronto encadenó una serie de éxitos que lo llevarían a la posición preeminente que aun hoy ocupa; Dean Koontz se pasó toda la década lanzando títulos con una plétora de seudónimos (hasta consolidar su propio nombre en 1980 con “Susurros”); Peter Straub recondujo su incipiente carrera hacia el horror por medio de “Julia” (1975); y Robert R. McCammon se estrenó en la ficción en 1978 con “El príncipe de los infiernos” (“Baal”).

La novela arranca con una violación, la de la joven Mary Kate por parte de un tenebroso desconocido, que deja sobre su piel marcas de quemaduras. El niño que nace de tal unión resulta ser diabólico (lo que enlaza con otra de las obras fundacionales del best seller de terror, “La semilla del diablo”, de Ira Levin, 1967, y quizás con “La profecía”, película de 1976, año en que McCammon escribió la novela), y pronto “se libra” de sus padres, acabando en un orfanato donde, tras un salto temporal, vemos cómo ha ido progresando hacia el mal, adoptando el nombre de Baal.

Lo cierto es que toda esta sección de la novela resulta bastante ramplona. La “maldad” de Baal es un quiero y no puedo, propio de un autor joven y novato que está intentando ser impactante pero se queda en un nivel superficial de pura bravata exhibicionista (y el sexo que no falte, que hay que demostrar rupturismo). De igual modo, el escenario y la acción poco tienen que añadir a los precedentes ya mencionados. McCammon demuestra oficio, pero poco más.

De mayor interés es la segunda sección de la novela, que lleva al auténtico protagonista (o algo así, ya entraré en detalles), el doctor Virga (un profesor de teología) a Kuwait, en busca de un joven colega que ha desaparecido mientras documentaba el ascenso de un presunto mesías. Este líder religioso es, por supuesto, Baal, ya adulto, que está congregando a un ejército de desahuciados y extremistas de todo pelaje, atraídos por una ideología de renuncia a toda restricción (inspirada lejanamente en la Thelema de Aleister Crowley).

La perspectiva de McCammon sigue siendo un tanto inocentona, pero su descripción (bastante racista) de la histeria religiosa/política, ofrece estampas relativamente novedosas, que elevan el interés de la novela. Se nos presenta, además, a un personaje misterioso, Michael (cuya auténtica naturaleza se hace evidente en dos párrafos, aunque el autor intente disimularlo hasta el final de la novela). También hay un intento por relacionar los acontecimientos con el conflicto árabe-israelí (que por aquel entonces aún estaba empantanado en las consecuencias políticas de la Guerra de los Seis Días), así como una burda exploración mito-teológica de la figura del Baal histórico, que arrastra hasta el tercer acto.

Este acto, quizá en imitación (¿inconsciente?) de “Frankenstein”, nos lleva a los territorios helados de Groenlandia, donde incongruentemente se ha refugiado Baal, perseguido por Michael y Virga. En sus primeros compases, esta sección mantiene la dinámica ascendente iniciada en la anterior. Por desgracia, a medida que se ve obligada a ir atando los cabos y dirigirse hacia la conclusión, se va haciendo evidente que el autor se ha metido en un callejón sin salida, dejándole con muy poco margen de maniobra.

También en teología entra en terrenos pantanosos, apuntando a una concepción dualista del conflicto entre bien y mal, aunque quedándose de nuevo en la superficie (posiblemente sin ser consciente del sustrato filosófico maníqueo/gnóstico en que se sustentaron las herejías dualistas históricas). Simple y llanamente, a McCammon no puede importarle menos el sustrato. Lo suyo es pura fachada. Horror superficial, que se ajusta a los parámetros narrativos del thriller, sin mucho interés por ahondar en ningún tipo de conflicto subyacente.

Lo peor del clímax, sin embargo, es lo forzado y, a la postre, arbitrario que resulta. Los acontecimientos no nos van conduciendo inexorablemente hacia la conclusión, sino que se hace evidente la arbitrariedad con la que el autor va introduciendo los sucesivos giros, convirtiendo por ejemplo a Virga en un espectador a efectos prácticos irrelevante en el drama, un invitado de piedra cuya única función parece ser la de servir de testigo en nuestro beneficio, lo cual provoca cierta desconexión emocional con los acontecimientos.

McCammon muestra maneras, pero cuando escribió “El príncipe de los infiernos” estaba aún muy verde, como él mismo reconoció cuando, por un tiempo, decidió retirar del mercado sus primeras novelas (incluyendo, por supuesto, ésta). Cuando autorizó de nuevo su publicación en 1988, decidió añadir un pequeño epílogo justificativo que, básicamente, me ahorra cualquier esfuerzo de análisis. Esto es lo que escribió McCammon:

“Baal” trata del poder, y está escrita cuando yo no tenía ninguno.

Se nota. La maldad de Baal (el personaje) no es una maldad de proporciones bíblicas. Es la maldad de un joven resentido con el mundo, que busca una válvula de escape para toda esa frustración. McCammon buscaba romper límites, expandir su universo, viajar al Golfo Pérsivo y luego a las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, aunque supiera poco o nada de tales lugares; imaginar a un protagonista prestigioso y al borde de la jubilación, a un aventurero en parte esquimal, a un antiguo dios devenido en anticristo de saldo, a…

Tampoco lo hace mal del todo, es sólo que la falta de experiencia lastra un poco la novela. El mayor pecado de “El príncipe de los infiernos” es que sus resultados no están a la altura de su ambición, pero es algo de esperar en una opera prima. El propio Robert McCammon no consideró su estilo maduro hasta su cuarta publicación, “Los senderos del terror”, de 1983.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en noviembre 13, 2017.

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