Neverness

En 1988 David Zindell publicó “Neverness”, su primera novela, que posiblemente sea una de las obras de ciencia ficción más espectaculares, ambiciosas y infravaloradas de la historia del género.

Su pecado quizás sea entremezclar dos conceptos aparentemente antitéticos, como pueden ser space opera y exploración filosófica… destacando además en ambas facetas como pocos títulos lo logran en sólo una. La mayor parte de las críticas se centran sobre todo en su capacidad de worldbuilding, al presentarnos una sociedad futura (dentro de unos tres mil años) compleja, exótica y auténticamente diferente en lo que respecta a psicología y valores.

En el planeta helado de Nevada, la ciudad de Neverness constituye la base de la orden de los Pilotos, una organización semi monacal de matemáticos, capaces de desentrañar a bordo de sus naves-luz la topología profunda del universo, lo que les permite saltar entre las estrellas en una misión eterna de exploración. Aunque no sólo ellos habitan la ciudad, sino que existe todo un entramado de órdenes menores, cada una con su propia función, tales como los escatólogos, los scrytas, los horólogos, los céticos o los talladores. Eso sin contar a diversas especies alienígenas y a órdenes rivales como la de los guerreros poetas… ni por supuesto a los dioses.

Los dioses tal vez fueron humanos en su orígenes, pero al entregarse a la modificación genética han ido poco a poco divergiendo y alcanzando conocimientos y poderes cuando menos semidivinos, porque la auténtica divinidad corresponde a inmensas inteligencias artificiales, cuyo hardware abarca nebulosas enteras, o quizás a los ieldra, la raza ancestral que sembró la galaxia de vida y luego desapareció.

La novela arranca con un doble misterio (interrelacionado). Por un lado, las estrellas de una región del espacio conocida como el Vild están estallando como supernovas, sin que nadie pueda aventurar una hipótesis al respecto. Además, el Lord Piloto Soli regresa por sorpresa del viaje más lejano realizado hasta la fecha con el mandato de buscar las Eddas, la antigua sabiduría de los ieldra, que supuestamente contienen el secreto de la vida, que asegurará la supervivencia del ser humano.

Entre los Pilotos llamados al desafío se cuenta el novato Mallory Ringess, sobrino de Soli y un matemático arrogante, que en una pelea de taberna pronuncia el apresurado juramento de penetrar los secretos de la Entidad de Estado Sólido, una diosa nebular que a lo largo de los siglos se ha cobrado las vidas de algunos de los mejores pilotos de Neverness. Es el arranque de una aventura de exploración que apunta a las grandes preguntas en torno al ser humano: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué es la inteligencia? ¿Existe el libre albedrío? ¿Cuál es la relación entre el universo percibido y el universo real? ¿De dónde surgen las matemáticas?

“Neverness” desborda ambición, y lo curioso es que cumple con casi todo lo que se propone. Se la ha comparado a menudo con “Dune“, y hay motivos de sobra para esa comparación, pero en mi opinión David Zindell supera a Frank Herbert en casi todos los frentes, en especial por lo que se refiere a la profundidad filosófica (lo de Herbert se me ha antojado siempre más aparente que profundo). No es que la novela presente muchas respuestas, pero sí que realiza las preguntas adecuadas.

Donde resulta claramente inferior es en la descripción de su protagonista. Tanto Mallory Ringess como Paul Atreides se ajustan más o menos al molde del Elegido, pero en el caso del Ringess no es resultado directo de una planificación religiosa (la Misionaria Protectiva), sino que es especial porque sí… y llega un momento en que resulta un tanto cargante su acumulación de singularidades (aunque nunca cae en la trampa de hacerlo heroico o incluso simpático; es simplemente la excusa de la exploración filosófica, un medio, no un fin).

Las carencias como personaje del protagonista, sin embargo, queda sobradamente compensadas con el elenco de secundarios, desde su mejor amigo, el hedonista Bardo, hasta el antagonismo de Soli o del Maestro del Tiempo, la ambigüedad de su madre o la extraña filosofía vital del guerrero poeta en cuyo camino se cruza (por no hablar de toda la tribu alaloi, o neoneandertal, entre quienes habitan una temporada). 

A la postre, si eliminamos toda la especulación secundaria, lo que nos queda es uno de los arquetipos más antiguos y poderosos de la mitopoiesis humana: la búsqueda sagrada de la inmortalidad y la trascendencia (con la revelación final de la participación de una importante figura mitológica muy relacionada con esta cuestión), apuntando además a la necesidad del cambio y la renuncia a la humanidad para alcanzar el siguiente nivel de consciencia (cósmica). Casi nada…

Por supuesto, no todo acabó ahí. En la misma serie, Zindell publicó la trilogía A Requiem for the Homo Sapiens, consistente en los libros “The broken god”, “The Wild” y “War in heaven” (cuya acción es un poco posterior a la de “Neverness” y termina de atar algunos de los elementos que quedan sueltos en la novela). Su escasa bibliografía se completa con la serie de fantasía épica del Ciclo de Ea (que trata sobre la evolución de la consciencia), consistente en cinco novelas (empezando por “The lightsone”).

Por su enfoque filosófico, no es extraño que David Zindell esté más reconocido en el Reino Unido de lo que al parecer lo está en sus Estados Unidos natales. Filosofía y space opera es una combinación que evoca más a autores como Wells o Stapledon que a los maestros del pulp. En cuanto a premios, tan sólo apareció (y no en puestos significativos) en los listados de primeras obras relevantes (octavo puesto en el Locus de Primera Novela, que ganó Ian MacDonald por “Camino Desolación”, y mención en el Arthur C. Clarke, que fue para Geoff Ryman por “El jardín de infancia“).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en octubre 13, 2017.

Una respuesta to “Neverness”

  1. Muchas gracias. No lo conocia. Se ve muy interesante.

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