Juego mortal

Tras varios años escribiendo relatos, en 2008 David Walton publicó su primera novela, “Juego mortal” (“Terminal mind”), que le supuso el premio Philip K. Dick (compartido) y lanzó una carrera que cuenta ya con cinco novelas.

En una Filadelfia de un futuro indeterminado, transformada en una ciudad estado a resultas de un conflicto nuclear que ha arrasado los viejos EE.UU., un par de amigos, procedentes de estratos sociales muy diferentes, liberan por error una especie de virus informático mientras hackean un satélite militar. Tras un fallo casi catastrófico en los sistemas de la presa que evita la inundación de los varios pobres de la ciudad (el Comb) por parte del río Delaware, el virus parece desvanecerse, pero pronto descubren que se trata en realidad de un “rebanador”, una inteligencia artificial creada por procedimientos poco éticos a partir del escaneo de un cerebro humano (que queda destruido en el proceso). Por si fuera poco, la violencia del conflicto latente entre pobres (combers) y ricos (rimmers) está a punto de escalar hasta extremos impredecibles por la introducción de una nueva tecnología de construcción que extenderá aún más el desempleo.

El autor hubiera podido tomar esos elementos y trabajar sobre ellos. En vez de ello, opta por seguir añadiendo más y más piezas, sacrificando cualquier atisbo de profundidad. Así, tenemos a una experta en contramedidas informáticas, con un pasado trágico, que no sólo está involucrada en la liberación del rebanador (que se encontraba bajo su custodia), sino que pronto pondrá de manifiesto enlaces mucho más profundos con la trama. También tenemos al padre de uno de los chicos, un político rimmer hundido hasta el cuello en las luchas de poder de los privilegiados de la ciudad, y al doctor Alastair Tremayne, un especialista en modding (transformación corporal; algo así como cirugía plástica avanzada) que confabula en la sombra, con su propia agenda secreta.

Un momento, que hay más. Tenemos también a la hija pija del político, una caricatura de ricachona echada a perder al más puro estilo Paris Hilton; y a una joven provinciana, recién llegada a la ciudad desde una comunidad ultrarreligiosa, que acaba encajando en un incómodo hueco entre rimmers y combers. Por último, para sorpresa de nadie, hay que contar con la inteligencia (pseudo)artificial del rebanador, tan poderosa intelectualmente como vulnerable desde una perspectiva emocional.

Todos esos elementos van encajando, en una trama trepidante que he visto acertadamente descrita como “el camino de menor resistencia”. Desde luego, “Juego mortal” no decepciona, en el sentido de que no deja sin tocar un solo lugar común de la literatura cyberpunk (salvo quizás, por eso de las nuevas sensibilidades, en lo que respecta a la total asusencia de drogas). La esperanza del autor es que ese dinamismo frenético oculte lo estereotipado de los personajes y la sucesión de coincidencias inverosímiles.

Vamos, que no hay mucho en donde excavar en busca de algo novedoso (o siquiera sustancioso). Hay conflictos éticos, sí, pero tan palmarios que no desafían un ápice nuestras preconcepciones. Más que “conflicto”, de hecho, lo que se nos ofrece es una patente vulneración de cualquier principio moral, que dibuja claramente la línea de separación entre el bien y el mal.

Lo curioso es que precisamente su carencia absoluta de sutileza podría constituir su mejor baza, porque “Juego mortal” nos ofrece con absoluta falta de vergüenza el más puro ejemplo de doctor loco que he leído jamás (y sí, he intentado hacer memoria buscando otros candidatos al trono, pero no, indisputado para Alastair Tremayne). Ojo, no es “loco” en el sentido de transtornado mental, sino por una sociopatía tan perfecta, una carencia sin mácula (es un decir) de cualquier atisbo de sentido moral, que resulta hasta fascinante. ¿Es ridículo? Sí, mucho; pero al mismo tiempo constituye una entrega tan desinhibida al arquetipo, tan carente de cualquier tipo de justificación para su empleo en la exploración de dilema ético alguno, tan pura en su prístina crapulencia, que resulta refrescante.

Eso sí, no acabo de entender lo de la concesión del Philip K. Dick (compartida con “Emissaries from the dead”, de Adam-Troy Castro). “Juego mortal” es una novela que no transita por un solo camino nuevo, un cyberpunk prototípico, publicado con casi quince años de retraso, en el que hasta la crítica social se antoja formulaica, casi de compromiso. Tal vez la explicación quepa encontrarla en que el Dick es una premio promovido por la Asociación de Ciencia Ficción de Filadelfia. A lo mejor la novela hace gala de referencias a la política local que a un lector foráneo se le escapan (dudoso, pero cosas más raras se han visto).

Para añadir falta de distinción al asunto, su edición en español pasó prácticamente desapercibida, empañada por una traducción pobre, un título alterado que no puede ser más genérico, una ilustración de cubiertas inadecuada y uno de los peores textos de contraportada que he leído nunca (escrito sin duda por alguien que no había leído la novela)… a lo que sumar hasta un error en la edición del Philip K. Dick que se le atribuye.

Como no hay mucho más que añadir, quisiera concluir con una reflexión. En los quince años de andadura de Solaris Ficción (la colección donde apareció), con ciento ochenta títulos publicados, sólo se incluyeron dos títulos de autor español, la magnífica “Las fuentes perdidas“, de José Antonio Cotrina, y al final, cuando ya estaba la editorial por echar el cierre, un premio Bubok, que es más autoedición que otra cosa (si añadimos los libros de la colección hermana de Solaris Terror, podemos sumar setenta y cuatro títulos más al contador foráneo). ¿De verdad en esos quince años no hubo novelas fantásticas españolas mejores que “Juego mortal”? (por poner un ejemplo). ¿Por qué resulta tan complicado publicar en las mismas condiciones? (sobre todo por lo que respecta a tirada y distribución). Cualquiera diría que ahorrarse la traducción (sí, ya, mejor no hablar mucho de las traducciones de La Factoría) bastaría para compensar cualquier supuesta carencia comercial, pero no, no hay manera. ¿Son nuestros editores a los que les repele el trabajo de editor y se contentan con el de reimpresor o son los lectores los que, efectivamente, padecen de prejuicios insalvables?

Otras opiniones:

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~ por Sergio en octubre 4, 2017.

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