El soldado

El viernes pasado falleció a los 84 años Jerry Pournelle, famoso sobre todo por sus múltiples colaboraciones con Larry Niven, que les reportaron hasta cuatro nominaciones a los premios Hugo (“La mota en el ojo de Dios”, “Inferno”, “El martillo de Lucifer” y “Ruido de pasos”).

Tras una carrera profesional ecléctica, y después de haber publicado bajo seudónimo un par de obras menores, se dio a conocer en 1973 con “A spaceship for the king”, conquistando ese mismo año la primera edición del premio John W. Campbell al mejor nuevo escritor, además de ocupar por un año el cargo de presidente de la SFWA. Una irrupción tan sonada, sin embargo, condujo a una carrera literaria sólida, pero casi siempre en un segundo plano (a la sombra, a menudo, de su frecuente colaborador Niven, con quien firmó hasta dieciséis novelas).

En general, su obra, tanto publicada en solitario como con diversos colaboradores (añadiría a Steven Barnes, S. M. Stirling y Roland J. Green como los principales nombres aparte de Niven), así como su labor como antólogo, se orientó hacia la ciencia ficción militarista, a la estela de Gordon R. Dickson (el ciclo Dorsai) y Robert A. Heinlein (“Tropas del espacio“), aunque su interés se limitaba a la especulación política y a la descripción táctica, con una muy limitada especulación tecnológica o social.

La mayor parte de sus novelas se organizan como un gran ciclo de Historia Futura, con diversos subciclos, que se inicia con el CoDominio (una inestable alianza política entre los EE.UU. y la Unión Soviética) y va evolucionando hasta el Segundo Imperio del Hombre en el siglo XXX, poniendo en todo ello de manifiesto unas inclinaciones políticas ultraconservadoras, con exaltación de la disciplina militar (y cierto desdén por las estructuras democráticas, sobre todo en tiempos de conflicto… que para su historia futura cubren prácticamente todo el tercer milenio).

“El soldado” (“West of honor”) es una de sus primeras novelas ambientadas en el CoDominio. Apareció en 1976, justo tras el éxito de “La paja en el ojo de Dios” (que constituye el inicio de uno de los subciclos de la Historia Futura), e inauguró otro de los subciclos principales, el del escuadrón de Falkenberg (un regimiento que al principio está integrado en cuerpo de marines del CoDominio y que tras su disolución comienzan a actuar como mercernarios). Con el paso del tiempo, se integró junto con “El mercenario” en el volumen “Falkenberg’s legion”, y finalmente en una edición omnibus con la serie de los espartanos (coescrita por S. M. Stirling) como “The prince” (2002), completando y cerrando el ciclo.

El protagonismo en esta primera novela, no recae sin embargo en el comandante Falkenberg (que aquí aún es capitán), sino en uno de sus subordinados, el teniente novato Hal Slater, recién salido de la academia. El regimiento 501 de Falkenberg es enviado al planeta Arrarat a petición de su gobernador, con el fin de poner remedio a la caótica situación en que lo ha sumido la errática política migratoria terrestre.

Originalmente, Arrarat fue colonizado por fundamentalistas religiosos que deseaban desarrollar lejos de la Tierra una sencilla vida de granjeros. El problema es que el CoDominio empezó a exiliar al planeta contingentes de delincuentes, que no tardaron en organizarse como bandas para extorsionar a quienes trabajaban la poco productiva tierra el planeta. A la llegada de Falkenberg y sus hombres, el gobierno real del CoDominio se extiende apenas a lo que encierran los muros de la pequeña ciudad doble de Harmony y Garrison.

Así pues, nos encontramos con apenas un millar de soldados, de los cuales un tercio (incluyendo los tres tenientes) son cadetes muy, muy verdes y otro tercio desechos expulsados de otras compañías o delincuentes enrolados a la fuerza, enfrentados a un número indeterminado de oponentes cuyo armamento y preparación son desconocidos. Lo peor, sin embargo, es encontrarse bajo el mando político del gobernador, cuyos interés no siempre coinciden con la solución militarmente más eficaz. Para el teniente Slater, arrojado a su primera experiencia de mando, es cuestión de nadar o ahogarse, obedeciendo las órdenes no siempre comprensibles (en primera instancia) del capitán Falkenberg.

No diré nada más de la campaña, cuyo desarrollo ocupa el resto de la breve novela. De todas formas, cualquiera que haya leído un libro ambientado en el ejército (cualquier ejército, de cualquier época) sabrá a qué atenerse, porque “El soldado” no se despega un milímetro de la fórmula magistral (en todo caso, la deja reducida a su esqueleto más básico). Uno de los motivos de ello es la absoluta renuncia de Pournelle a introducir elementos tecnológicos futuristas. Las tropas son trasladadas al planeta en astronave, pero una vez en él cuentan apenas con tres helicópteros y los infantes de marina, armados con fusiles y morteros. La poco creíble excusa es que ni los EE.UU. ni la Unión Soviética desean que las innovaciones tecnológicas rompan el statu quo, por lo que han establecido un veto a la investigación militar (receta segura, como ha demostrado la historia, para acabar perdiendo la supremacía).

Si algo externo a la campaña le preocupa, es el telón de fondo político, aunque su visión apunta más a largo plazo, contentándose en “El soldado” con bibujar unas pocas pinceladas y, sobre todo, con denostar a su bestia negra, la burocracia (todo es mucho más sencillo desde la perspectiva militar).

Poco más se puede decir de la novela. Cumple su función, aunque Hal Slater más que un novato que va endureciéndose y aprendiendo por las malas las lecciones de la vida (un arquetipo que Heinlein manejaba a la perfección), se me antoja más bien un niñato con la capacidad táctica y de liderazgo de un escarabajo pelotero. Menos mal que ahí están los suboficiales, para que se haga el trabajo (y él se lleve las medallas y a la chica). Lo peor es que estoy convencido de que no hay intención satírica de por medio. Digamos que la caracterización no es uno de los fuertes de “El soldado”.

¿Cuál es, pues? Bueno, lo que atrae a sus lectores es la acción pura y dura. Hay algo en el subgénero de las hazañas bélicas que resultaba muy atractivo para determinado tipo de lector, y Pournelle sabe equilibrar bien la estrategia con la acción, combinando elementos de diversos ejércitos (desde las legiones romanas al concepto anglosajón del oficial-caballero, pasando por la legión extranjera francesa) y sin dejar que le tiemble el pulso a la hora de la verdad (aunque tampoco se recrea en exceso). Me ha parecido percibir, eso sí, cierto afán de revanchismo con respecto a la derrota en Vietnam (o cuando menos a la gestión política del conflicto). La visión de Pournelle, veterano de la Guerra de Corea, difiere en gran medida de la de los participantes en la posterior (como reflejó Joe Haldeman en “La guerra interminable“).

Jerry Pournelle

(7 de agosto de 1933 – 8 de septiembre de 2017)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

 

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~ por Sergio en septiembre 13, 2017.

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