Leviathan wakes (El despertar del leviatán)

La aproximación a la escritura de una serie empezando por el worldbuilding suele ser más habitual en la fantasía, donde ha dado origen a series como la Dragonlance o Malaz. No es tan habitual en ciencia ficción, donde la trama suele preceder al escenario, aunque también se dan casos, relacionados a menudo con el mundo del rol (por ejemplo, el universo UC-Crow de Felicidad Martínez, que ha dado lugar a la novela de space opera “Horizonte lunar”).

Lo cual nos lleva a Ty Franck, quien durante años (trabajando, por ejemplo, como secretario de George R. R. Martin) estuvo desarrollando un escenario de futuro… ¿medio? Es decir, en torno al año 2350, cuando la invención del motor Epstein ha permitido la colonización de buena parte del Sistema Solar, con dos grandes poderes hegemónicos, la Tierra y Marte, y diversas colonias esparcidas por las lunas de los gigantes gaseosos y, sobre todo, el cinturón de asteroides. Este trabajo debía servir de base para un MMORPG, aunque el proyecto acabó derivando hacia un juego de tablero… hasta que el segundo autor, Daniel Abraham (colaborador habitual de Martin), entró en escena.

Abraham convenció a Franck de que todo aquel trabajo era ideal como documentación para una serie de novelas y, adoptando el seudónimo conjunto de James S. A. Corey, ambos se lanzaron a la tarea de contarnos la historia de la Expansión, el momento preciso en que la humanidad supera las fronteras del Sistema Solar e inicia su salto a las estrellas. El primer libro, “El despertar del leviatán” (“Leviathan wakes”) apareció en 2011, con gran éxito de crítica y público, y desde entonces vienen publicando una entrega anual (el actual contrato finaliza en 2019 con la novena entrega, aunque dado que van firmando por trilogías, no es descabellado pensar que pudieran seguir), con cuatro novelas cortas y un par de relatos sirviendo de enlace entre los distintos arcos (juntos han escrito, además, una novela de Star Wars).

“El despertar del Leviatán” tiene lugar durante un período de gran tensión política. Los habitantes del cinturón de asteroides (los belters), como cualquier colonia tarde o temprano, están hartos del dominio que sobre ellos ejercen los planetas interiores. Tres generaciones ya en condiciones de microgravedad (los principales asteroides poseen una pseudogravedad centrífuga, gracias a décadas de progresiva aceleración angular, pero aun así el tirón es una fracción de la gravedad terrestre o incluso marciana) los han modificado físicamente, con huesos más largos y finos, e incluso su lenguaje ha empezado a divergir. También psicológicamente están marcados por la necesidad de importar (generalmente desde los anillos de Saturno) el agua y el aire, con el vacío del espacio rodeándolos por completo, a semanas de distancia de quienes trazan la política.

Las cosas no pintan mucho mejor entre Marte y la Tierra. La segunda posee una flota mucho mayor, pero la ventaja tecnológica la tienen los marcianos, por lo que ambas potencias se encuentran enzarzadas en una suerte de guerra fría. Para complicar las cosas, el movimiento indepentista belter ha dado origen a una organización ilegal, la OPA (Asociación de Planetas Exteriores), inspirada a grandes rasgos en el IRA, sin grandes recursos aunque una importante implantación entre la población autóctona (y, de todas formas, las rocas son baratas, y las ciudades al fondo de pozos de gravedad planetarios se encuentran indefensas frente a un ataque de ese tipo… aunque, incluso sin contar la lógico y contundente respuesta militar, los mundos exteriores no pueden realmente medrar sin los recursos y la diversidad de los planetas interiores).

En medio de este panorama se nos presentan las dos grandes líneas argumentales de la novela. Por un lado tenemos a Joe Miller, un policía veterano de Ceres al que se le encarga la misión de buscar a una joven díscola y devolverla junto con su acaudalada familia en la Tierra. Por otra, tenemos a un pequeño remanente de la tripulación del Canterbury (un transporte de hielo), únicos supervivientes de la destrucción de su nave al responder a una llamada de socorro por parte del misterioso carguero Scopuli.

Los capítulos, narrados desde el punto de vista de Miller y de Jim Holden, segundo oficial del Canterbury y nuevo capitán del reducido grupo de supervivientes, se van alternando, escritos respectivamente por Daniel Abraham y Ty Franck, narrando cómo la situación en el Sistema Solar empieza a deteriorarse a pasos agigantados en cuanto se conoce el aciago destino del Canterbury (es decir, en cuanto Holden proclama a los cuatro vientos los indicios que apuntan a una implicación de Marte en el incidente), y a partir de ahí los acontecimientos no dejan de evolucionar a peor, con Miller cada vez más involucrado en una investigación incómoda para muchos y Holden y los suyos rebotando de un lado para otro en medio de una trama que cada vez acerca más a la humanidad a una desastrosa guerra interplanetaria.

“El despertar del leviatán” es sin duda space opera, pero de un tipo particular. Me atrevería a decir que contenido. Su apuesta no es por la espectacularidad, ni mucho menos por la especulación de altos vuelos, sino por el realismo, algo que alcanza en el plano político… a costa de un futuro a trescientos años vista cuyas mayores innovaciones, impulso Epstein aparte, no parecen aguardarnos a mucho más que unas pocas décadas en el futuro.

Esto le confiere un sabor bastante retro a la acción. Desde mediados de los noventa la space opera ha venido flirteando con nociones como el transhumanismo y el singularitarismo, apostando por la especulación más desatada. En los últimos años, sin embargo, nos encontramos cada vez más con historias de la vieja escuela, enraizadas más en nuestro pasado que proyectando un futuro pausible. El escenario de “El despertar del Leviatán”, de hecho, evoca revoluciones independentistas coloniales (sobre todo la Revolución Americana), sin añadir elementos realmente novedosos al cóctel (vamos, ningún elemento que no contemplara ya Heinlein en “La Luna es una cruel amante” hace medio siglo).

Pese a ello, está todo tan bien hilvanado que se lee con interés. La alternancia entre personajes, además, funciona, y pronto se pone de manifiesto la contraposición entre el cinismo de vuelta de todo de Miller y el idealismo de Holden (que incluso bautiza a una nave de ataque capturada Rocinante). Incluso llega un momento en que estas visiones opuestas tienen la oportunidad de coexistir, permitiendo a los autores de profundizar muy someramente en la disyuntiva entre pragmatismo y deber ético; por ejemplo, por lo que se refiere a la difusión de la información, que en opinión de Miller puede ser peligrosa, mientras que Holden se mueve bajo la premisa de que los secretos acaban siendo perniciosos (a corto plazo, la visión cínica es siempre la más acertada, aunque a largo plazo quizás la transparencia sea la mejor vía). Como punto negativo, esa confluencia hace que la alternancia entre capítulos y puntos de vista se vuelva un poco forzada y artificiosa.

Tenemos pues un futuro inverosímil, aunque con una coherencia interna tal que nos permite suspender con facilidad la incredulidad y aceptarlo en sus propios términos. Entonces empezamos a dirigirnos hacia la resolución y nos enfrentamos a dos problemas. Por un lado la incapacidad de los autores para subir las apuestas cuando el elemento oculto de la trama se pone de manifiesto. Su estilo es muy seco, funcional, y no consigue transmitir con suficiente intensidad ni el horror ni el asombro que debería provocar el… digamos que el leviatán del título. Así, unos capítulos finales que deberían ser trepidantes se convierten, quizás por encontrarnos limitados por los puntos de vista de Miller y Holden, en una extensión sin más de la acción precedente. Yo, al menos, no percibo el incremento en intensidad que merecería el clímax.

Por otro, a poco que pienses en ello te das cuenta de que la trama no tiene ni pies ni cabeza. No revelo nada diciendo que detrás de todo hay una cuarta facción en discordia. Lo que ocurre es que sus acciones no tienen sentido. La destrucción del Canterbury con que arranca la historia es gratuita por completo, y no digamos ya su siguiente golpe. No hay coherencia entre medios, recursos y objetivos. Eso por no hablar de la soberana estupidez de su gran experimento. La caracterización de los villanos es tan superficial que quedan reflejados como poco más que un arquetipo caricaturesco.

Son fallos bastante graves, pero no catastróficos, porque de nuevo el buen hacer de los autores nos ofrece la oportunidad de asirnos a las fortalezas de la narración y soslayar sus patentes flaquezas. Todo dependerá de la buena disposición que ponga el lector en ello… y de lo mucho que añore los tiempos en que la space opera no tenía que romper esquemas a cada página. “El despertar del Leviatán” es una historia de personajes y de política interplanetaria. Si no miras más allá, puede ser una experiencia satisfactoria (aunque, en cierto modo, ejemplifica el conformismo en que se ha asentado durante estos últimos años la ciencia ficción, incapaz de dar respuesta a las inquietudes del momento y contentándose, por tanto, con ofrecer algo de sano escapismo).

Todo ello fue suficiente para conquistar para los autores una nominación al premio Hugo de 2012 (que ganó “Entre extraños“, de Jo Walton, con menciones también para títulos como “Embassytown” de China Miéville, “Danza de dragones” de George R. R. Martin y “Deadline” de Mira Grant), siendo igualmente finalista (quinta posición) del premio Locus (que ganó Miéville).

Más importante quizás desde una perspectiva comercial, en 2014 SyFy anunció la producción de una serie de televisión basada en las novelas. La primera temporada de The Expanse, consistente en 1o episodios y abarcando aproximadamente tres cuartos de “El despertar del Leviatán”, se estrenó con notable éxito en 2015. Tras la emisión de la segunda temporada, sin embargo, los resultados de audiencia estuvieron a punto de suponer su cancelación, aunque a última hora consiguió la renovación por una tercera temporada (lo que tal vez les permita completar el arco compuesto por “El despertar del leviatán”, “Caliban’s war” y “Abaddon’s gate”). El décimo episodio de la primera temporada conquistó en 2017 un premio Hugo a mejor representación dramática en formato corto.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en septiembre 9, 2017.

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