Las brujas

Roald Dahl, británico de ascendencia noruega, está considerado uno de los grandes nombres de la literatura infantil del siglo XX. No fue un autor excesivamente prolífico. Apenas diecisiete novelas (breves) en casi medio siglo de desempeño profesional, junto con diversa producción dirigida fundamentalmente a los adultos, que incluye dos novelas, un buen número de relatos e incluso guiones cinematográficos. Es, sin embargo, por esas diecisiete novelas infantiles por la que es principalmente reconocido.

Quizás el truco de su popularidad resida en su negativa a realizar concesiones innecesarias a su púbico. Así, sus historias presentan a menudo giros inesperados, crueles incluso, y no ahorran en detalles grotescos o aterradores. Así han sido siempre los cuentos, y no hay razón para ir cambiando a estas alturas la receta.

Ejemplo paradigmático de todo ello lo tenemos en su novela de 1983 “Las brujas” (“The witches”), publicada el mismo año en que se le concedía el Premio Mundial de Fantasía a la labor de toda una vida, por títulos como “Charlie y la fábrica de chocolate”, “El superzorro” o “James y el melocotón gigante” (y aún le quedaban por delante unos años y cinco novelas, entre las que se cuenta “Matilda”).

Con elementos autobiográficos, “Las brujas” constituye a grandes rasgos una recodificación modernizada de uno de los más poderosos arquetipos de los cuentos de hadas: el de la bruja, no con connotaciones religiosas (o satánicas), sino simplemente como encarnación de los peligros mortales que acechan a los niños. Si en el siglo XVIII y anteriores esa oscuridad amenazante se ocultaba en los bosques, en pleno siglo XX se hacía necesaria una reformulación, que trasladara la amenaza a un ambiente urbano.

Así pues, y a grandes rasgos, “Las brujas” toma los elementos estructurales de cuentos como el de Hansel y Gretel y los actualiza, adaptándolos también al modelo Dahl, que presenta a sus jóvenes protagonistas como héroes, enfrentados a la villanía adulta con el auxilio de un adulto amistoso (en este caso la abuela noruega, caracterizada en homenaje a la madre del autor). A la postre, por supuesto, Dahl se pone siempre de parte del niño, derrotando la maldad que se ejerce sobre él desde el mundo adulto.

Nos encontramos con la historia de un chaval que a los siete años queda huérfano y tiene que quedarse a vivir con su abuela, una gran narradora que la cuenta historias sobre brujas viviendo ocultas entre los seres humanos, con un odio terrible hacia los niños. Ese mismo verano, cuando están de vacaciones de la costa sur de Inglaterra, tienen la mala suerte de alojarse en el mismo hotel donde las brujas inglesas van a celebrar su reunión anual con la Gran Bruja, lo que se prueba una experiencia realmente transformativa para el chaval.

“Las brujas” es, ante todo, un libro ágil, concebido para ser leído prácticamente de un tirón. Aparte de su retorcido sentido del humor y su vocación por lo políticamente incorrecto, destacaría el modo en que Dahl gestiona la información, racionándola para no saturar jamás a sus jóvenes lectores, aunque asegurándose de que el dato preciso esté siempre fresco en su memoria para cuando es necesario. Crea, por así decirlo, una burbuja de atención, dentro de la cual no dejan de suceder cosas, en continua progresión hacia un final… inusual.

Recuerdo cuando leí este libro de niño y logró sorprenderme con un desarrollo atípico. Lo más habitual en estos casos es que los sucesos, por muy extravagantes que sean, constituyan apenas un paréntesis en la ordenada vida de sus protagonistas. Nada más lejos de las intenciones de esta novela. El encuentro con las brujas tiene consecuencias para el protagonista, consecuencias irreversibles, que sin embargo no logran hundirlo, sino que simplemente lo hacen adaptarse y continuar adelante con optimismo (ahí, de hecho, reside la principal diferencia con la adaptación cinematográfica de 1990, desautorizada precisamente por ese motivo por su autor).

Quizás ese espíritu rebelde y gamberro, que conecta más con los niños (a los que sugiere que lavarse más de un vez al mes es peligroso) que con los adultos, haya hecho de “Las brujas” uno de los libros más censurados en las escuelas públicas estadounidenses. Formalmente, eso sí, es por su presunta misoginia (aunque deja claro que, pese a parecerlo, las brujas no son mujeres, y la abuela es un personaje claramente positivo “pese” a ser femenino). Lo cierto es que Dahl comprendía que la asepsia (conceptual) es aburrida, que los niños, como cualquier otra persona, necesitan un estímulo que los atraíga, y que no hace mal una travesura cuando estás hablando de valentía y responsabilidad, de presentar modelos positivos (aun con sus defectillos, que los hacen más reales) y de estimular el respeto por las raíces culturales (en este caso el sustrato noruego que comparten tanto Dahl como el protagonista de su libro).

La novela suele presentarse ilustrada por el artista habitual de Roald Dahl, Quentin Blake, que sabe transmitir a través de sus trazos ligeramente paródicos todo el humor y el dinamismo de la historia.

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~ por Sergio en septiembre 8, 2017.

3 comentarios to “Las brujas”

  1. Si lo prohíben los yanquis, entonces mi hijo debe leerlo. Gracias !!!

    • En realidad, algunos yanquis. No hay una censura nacional, sino reclamaciones realizadas a diversas instituciones educativas a lo largo y ancho del país, por los motivos más peregrinos (se llegó a solicitar en una escuela de Michigan la retirada de un álbum de “¿Dónde está Wally?” porque en una escena playera aparecía una mujer en topless… de tamaño milimétrico, por supuesto). Aquí recopilan desde el 2000 el top ten anual de los libros infantiles más denunciados (no siempre con éxito) y las razones esgrimidas para ello: http://www.ala.org/advocacy/bbooks/frequentlychallengedbooks/top10

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