El Torreón del Cosmonauta

Ken MacLeod forma parte de la “escuela” de space opera británica (y más específicamente escocesa) que surgió a mediados de los noventa a las estela de Iain Banks. Destaca, además, por ser uno de los más comprometidos con las políticas de izquierdas (que es lo habitual en el caso de estos autores, con la llamativa excepción de Peter Hamilton), lo que inicialmente supuso un obstáculo para la edición de sus novelas en los EE.UU., aunque luego, y por un breve período, fue asiduo finalista en los grandes premios del género.

Sus siete primeras novelas conforman un par de series compuestas por obras semi independientes. Tras publicar la tetralogía de Fall Revolution (que le reportó ya sus primeras nominaciones), dio inicio en el año 2000 a la trilogía de los Motores Lumínicos con “El Torreón del Cosmonauta” (“Cosmonaut Keep”), que cosechó nominaciones a los premios Arthur C. Clarke y Hugo.

La acción de la novela está dividida en dos hilos que se van alternando. El primero acontece en un escenario de futuro más o menos cercano, en torno al año 2045, en una Europa que tras una Tercera Guerra Mundial ha quedado bajo el dominio de Rusia, conformando la Unión Comunista Europea. Llegados a ese punto, queda establecida una nueva guerra fría (aunque, curiosamente tras el conflicto bélico, aparentemente más distendida y razonable que la original). Allí, el analista de sistemas escocés Matt Cairn, perteneciente a una organización de viejos hackers anarquistas, se ve involucrado en los asuntos de una espía americana, justo cuando su gobierno hace público que llevan meses en contacto con una avanzada especie alienígena.

El segundo hilo se desarrolla en el planeta Mingulay, en un futuro inespecífico en el que la humanidad forma parte de la Segunda Esfera, una especie de comunidad en la que conviven en armonía diversas especies inteligentes, como los saurios, cuyos antepasados fueron transportados desde la Tierra millones de años atrás. Por lo que respecta a los hombres, en su mayor parte han sido traídos en grupos dispersos por los dioses (unos alienígenas omnipotentes, de los que poco más se sabe). La excepción la conforman los navegantes, que supuestamente llegaron a Mingulay por sus propios medios siglos atrás, poseedores además del don de la inmortalidad.

El primer escenario se organiza básicamente como una novela de espías, con tímidos elementos cyberpunk, alcanzando también el espacio, con la base europea Almirante Titov, que es donde se ha verificado el contacto alienígena. En cuanto al segundo, es más difícil de caracterizar, porque básicamente no ocurre nada relevante en una búsqueda contemplada tangencialmente del antiguo secreto de la navegación interestelar, así que su interés descansa sobre todo en la descripción de la extraña sociedad mixta (y sus múltiples anacronismos), con aderezos como la cultura mercader (que viaja entre mundos a bordo de naves lumínicas pilotadas por krakens).

La obsesión ideológica de MacLeod por huir de los héroes convierte a sus personajes, al menos en este libro, en seres bastante anodinos, a los que ni siquiera unos torpes triángulos amorosos son capaces de dar vida (entre otras razones, porque en ningún momento condesciende a mostrar una interacción a tres bandas… o una reacción emocional, ya que estamos). Lo peor, sin embargo, es la enorme morosidad con la que gestiona sus ideas.

No es que la novela carezca de desarrollos sugerentes (entre otros que resultan, todo hay que decirlo, bastante patéticos, como una reivindicación parcial de la ufología, que ni siquiera funciona a modo de sátira). El problema surge cuando descubres que MacLeod va desvelando sus cartas con cuentagotas, estirando las revelaciones hasta el infinito, con una absoluta alergia a profundizar en nada de lo que propone. Así, los capítulos (de una extensión desproporcionada), van pasando sin eventos significativos, poniendo a prueba la paciencia del lector, y a medida que va acercándose la conclusión empieza a cobrar forma una sospecha de lo más desagradable: va a cerrar sin dignarse, no ya a proporcionar respuestas a nada de lo que propone, sino siquiera a hacer confluir con un mínimo de sensación de resolución sus dos tramas.

No ahondaré demasido en esto. Voy a limitarme a comentar que de la trama de futuro cercano, el noventa por ciento de lo que se narra es irrelevante (es decir, inconsecuente) para complementar la trama de Mingulay, que a su vez deja casi todos sus hilos abiertos, para proporcionar el cierre, si eso, en las otras novelas de la serie (“Luz oscura” y “Ciudad Motor”). Es algo que hubiera podido funcionar si las historias fueran al menos entretenidas por sí mismas, pero no, nada de eso. El estilo de MacLeod es tan árido como los escenarios que propone.

Tal vez sea que estoy perdiéndome algo. He comprobado que presenta su Unión Comunista Europea como una sátira, pero si es así no soy capaz de encontrarle la gracia. Es más, se me antoja caduca, desfasada. No sé si serán los diecisiete años que nos acercan a la fecha estipulada, pero lo cierto es que los futuros de William Gibson, cuya concepción es bastante anterior y en los que supuestamente se inspira MacLeod, siguen siendo más futuristas.

 También me pierdo las bromas a costa de las diversas corrientes comunistas (con una fijación particular por el trotskismo) y la historia misma del socialismo revolucionario. Fallo mío, lo reconozco, aunque dudo mucho que un mayor conocimiento por mi parte hubiera bastado para corregir la sensación de estar leyendo una historia en la que no pasa realmente nada.

En definitiva, que “El Torreón del Cosmonauta” me ha supuesto una decepción mayúscula, y no acabo de comprender el porqué de sus nominaciones. En el caso específico de los Hugo (compitió en la edición de 2002), la novela ganadora no fue tampoco plato de mi gusto (“American gods“, de Neil Gaiman), pero entre el resto de opciones se contaban también “La estación de la calle Perdido” de China Miéville (imperfecta también, pero mucho más innovadora) o el magnífico retorno de Lois McMaster Bujold a la fantasía con “La maldición de Chalion” (el quinteto se completo con “Pasaje”, de Connie Willis”, y “Los cronolitos”, de Robert Charles Wilson).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en septiembre 7, 2017.

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