El jardín de infancia

Geoff Ryman es uno de los autores de ciencia ficción que más éxito ha cosechado explorando la homosexualidad en su obra (en el mercado no especializado, el orientado específicamente a dicha comunidad, presenta sus propias dinámicas e incluso premios, como el Lambda para obras fantásticas). Se une así a nombres como David Gerrold, y antes que ellos Thomas Disch y Samuel R. Delany (o Nicola Griffith entre las mujeres, aunque su mercado principal sí que es el LGBT) en obtener reconocimiento crítico y comercial en una faceta que no puede estar más alejada de la orientación claramente heterosexual (y masculina) de los orígenes de la ciencia ficción moderna en las revistas pulp (y queda así excluida buena parte de la ciencia ficción feminista de primera ola, que sí exploró a conciencia el tema, aunque su influencia en las obras posteriores es casi nula).

Todo ese reconocimiento llegó ya con una de sus primeras novelas cortas, “El país irredento” y fructificó en su segunda novela, “El jardín de infancia” (“The child garden”, 1989), que cosechó los premios Arthur C. Clarke y John W. Campbell Memorial (su primera parte ya se había alzado con el BSFA de ficción corta).

La narradora de la historia es Milena, una joven que habita en un Reino Unido del futuro, alterado por el cambio climático, por la implantación de un comunismo de origen asiático y, sobre todo, por los virus. En un intento por erradicar el cáncer, se extendió incontrolable una infección que alteró el ADN humano, venciendo a la enfermedad pero teniendo como resultado la reducción de la esperanza de vida a los treinta años. Para compensar esta reducción, se ha optado por la educación mediante nuevos virus, que transfieren al cerebro directamente los conocimientos, lo que provoca el fin de la infancia tal y como la conocemos.

Milena no sólo es parcialmente inmune a los virus, por lo que tiene que aprenderlo todo a la antigua usanza (lo que la hace parecer retrasada), sino que además, como no pudo ser leída y ajustada, es culpable de presentar una “mala gramática”, que es otra forma de decir que es lesbiana. Su vida cambia cuando conoce a Rolfa, una “osa polar” (una humana adaptada al frío de los polos, con una espesa pelemabrera blanca), que es una talentosa, aunque problemática, compositora, por la que se ve de inmediato atraída, obsesionándose con la producción de la que considera su obra magna, una adaptación operística de “La divina comedia”… y ese empeño sigue vivo incluso tras la lectura de Rolfa, que la cura de sus extrañezas y las distancia irremisiblemente.

La novela, pues, orbita en torno a dos grandes temas. Por un lado la integración (forzosa e imposible) en la sociedad, regida por el Consenso, una especie de mente colmena que surge de la integración de todas las lecturas (obligatorias a partir de cierta edad como método de homogeneización y orientación social); por otro el genio artístico, que la integración mata, por lo que el Consenso no sólo permite la extrañeza de Milena, sino que incluso la alienta, con el propósito de utilizar su creatividad para sus propios fines.

Tenemos pues una tensión entre la estabilidad, representada por la sociedad consensual, y el cambio, identificado por ejemplo con el cáncer, aunque también podríamos señalar a lo diferente, que una vez derrotado (es decir, erradicado) se prueba como imprescindible.

Los mimbres, como puede comprobarse, son interesantes. Por desgracia la ejecución no me parece para nada a la altura.

Mi mayor objeción es que mientras en ocasiones Ryman se pasa de obvio, haciendo uso tanto de la metáfora como de la exposición directa (para caracterizar, por ejemplo, la alienación de Milena por su orientación sexual), en otras ocasiones opta por el oscurantismo, dejando la interpretación de lo escrito en un terreno tremendamente vago. Eso sí, no deja en ningún instante de lanzar ideas contra el lector, alternando sin ton ni son entre lo explícito y lo implícito, hasta que la novela sucumbe por exceso de simbolismo y una absoluta falta de respeto o de comprensión en torno a la ciencia que justifica la etiqueta de “ciencia ficción”, lo que da situaciones que fuerzan la suspensión de la incredulidad (en pro, supongo, del simbolismo) hasta que ésta acaba haciéndose añicos (algo que me ocurre también, por ejemplo, con la saga de la Xenogénesis, de Octavia Butler).

Al final, me he encontrado arrastrándome por la páginas de la novela, esperando que llegue a algún sitio o que, cuando menos, termine de elaborar alguna idea. No podía tampoco dejar de pensar en dos obras de Thomas Disch que, por separado, abordan más o menos las mismas temáticas que “El jardín de infacia”. Por un lado “Campo de concentración“, con su exploración del ingenio, y por otro la extraordinaria “En alas de la canción”, como una reflexión (completamente metafórica) en torno a la homosexualidad (más que en sí misma, en conflicto con una sociedad represiva).

He leído interpretaciones que apuntan a la conexión de “El jardín de infancia” con la epidemia de SIDA, que en 1989 estaba en su apogeo, azotando con especial saña a la comunidad gay. Es una lectura que no está unánimemente aceptada, pero encuentro que explica y contextualiza mucho de lo que nos presenta la novela (con un virus imparable que acorta la vida y acaba con la infancia, y ante el que Milena presenta auténtica fobia)… al menos en su primera parte, luego las cosas se complican (o pierden focalización) y ya no estoy tan seguro de que sea una interpretación que pueda aplicarse automáticamente al conjunto de la obra.

Así pues, lo reconozco, con tanta idea deslavazada no he sido capaz de determinar de qué va exactamente “El jardín de infancia”, y dado que tampoco me ha resultado atractiva desde una perspectiva puramente literaria (parte de la culpa podría tenerla la traducción), se me hace difícil comprender tanto premio y tanto elogio generalizado. Le reconozco el mérito por lo que intenta, pero no puedo sino concluir en que Ryman se pierde por el camino y no llega a ningún sitio.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en septiembre 5, 2017.

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