La maldición de Chalion

Hacía el año 2001, Lois McMaster Bujold era quizás la autora de ciencia ficción con más prestigio, con tres premios Hugo de novela (y uno más de novela corta) en la década precedente por su trabajo en la saga de Miles Vorkosigan. Tenía, sin embargo, una espinita clavada, porque en 1993 había intentado darse un respiro y cambiar de aires hacia la fantasía, pero “El anillo del espíritu” tuvo una recepción muy tibia que la llevó a regresar al redil y seguir produciendo entregas de la saga Vorkosigan por casi un década (cambiando el enfoque, eso sí, y produciendo quizás los mejores títulos de la serie, culminando en la magnífica “Una campaña civil“.

Coincidiendo quizás con un sentimiento de agotamiento creativo en lo que respectaba a la ciencia ficción (la siguiente novela, y última por casi una década en el género, fue “Inmunidad diplomática” un año después), decidió darse una segunda oportunidad con la fantasía… y en esta ocasión acertó de pleno con su serie de Chalion (o del Mundo de los Cinco Dioses), inspirada en la baja edad media española (y más concretamente en la juventud de la futura Isabel I de Castilla, rebautizada como Iselle, y la turbulenta sucesión de Enrique IV el Impotente, u Orico según la reformulación de Bujold), que se inició con “La maldición de Chalion” (“The curse of Chalion”, 2001).

Con esos mimbres quizás hubiera podido escribir una fantasía histórica, aunque el enfoque de la autora es distinto. Para empezar, renuncia a buena parte de la complejidad real de los acontecimientos, que toma como inspiración, no como guía estricta. Así, imagina un mundo alternativo al nuestro, en el que el mapa de la Península Ibrana es un reflejo invertido norte-sur de la Ibérica, con Chalion ocupando el lugar de la corona de Castilla, Ibra el de la corona de Aragón, Brajar el de la corona de Portugal, las infieles provincias roknari al norte y al sur, tras una imponente cordillera, el reino de Darthaca.

Esta traslación le confiere a Bujold no sólo libertad para modelar a los personajes y alterar la historia a su antojo, sino sobre todo la posibilidad de idearle un trasfondo teológico propio, inspirado lejanamente en la religiosidad cristiana pero sobre un sistema de cinco dioses: el Padre, la Madre, el Hijo, la Hija y el Bastardo (no reconocido como dios por los roknari). Cada una de estas divinidades, conformando una familia, posee su ámbito de influencia y su liturgia asociada, aunque desde un plano colaborativo, no competitivo. Destaca ahí la figura del Bastardo, algo así como un tribunal de última instancia divino para todos aquellos aspectos que quedan fuera de la influencia del resto de dioses.

Una vez planteado el mundo, el protagonismo recae en la figura del castelar Lupe de Cazaril, recientemente liberado tras pasarse varios años prisionero en las galeras roknari. Destrozado física y espiritualmente, tan sólo busca un pequeño lugar al servicio de la provincara, la viuda del gobernante de Baocia y madre de la royeza (reina) viuda Ista, progenitora a su vez de los róseos (príncipes) Teidez e Iselle (hermanastros del actual roya, Orico).

Con lo que se encuentra sin embargo, es con la ímprova tarea de ejercer de secretario y tutor de la joven Iselle, un trabajo que se vuelve mucho más exigente y peligroso cuando los róseos son llamados a la corte de Cardegoss, donde se alza el imponente castillo del Zangre (el alcázar de Segovia)… y epicentro de una maldición que flota sobre la casa real de Chalion, condenando a sus miembros a un destino aciago si nadie es capaz de actuar en su contra. Ahí entran en escena los dioses y sus designios azarosos e inescrutables, y nadie es más consciente de la interferencia que los santos, o vehículos por medio de los cuales, muy a su pesar, se canaliza la voluntad divina hacia el mundo material.

Lois McMaster Bujold se toma su tiempo para describir el escenario antes de cargar las tintas en la faceta fantástica, e incluso cuando por fin se vuelca en ella lo hace de forma sutil. Nada de grandes gestos, sino apenas milagros contenidos, ejecutados por aquellos que tienen la suerte (o la desgracia) de haber sido escogidos como herramientas divinas (con el agravante de que se ven obligados a realizar su tarea completamente a oscuras respecto al propósito final de sus acciones o incluso respecto a lo que supuestamente el dios o la diosa espera de ellos). Todo ello crea un mundo secundario ciertamente original, que hace que la lectura, una vez lograda la inmersión en Chalion, progrese con enorme fluidez (algo a lo que ayuda, además, la buena caracterización de los personajes, una virtud habitual en la obra de McMaster Bujold).

Quizás, eso sí, flojee un poco hacia el final, con una resolución que se percibe como simplista; ya no sólo desde una perspectiva histórica, en la que no hay ni punto de comparación con los líos que se montaron al respecto de la sucesión de Castilla, sino incluso ateniéndonos a los propios desarrollos ficticios de la obra. Da la impresión de que el escenario daba para más, quedando un poco desaprovechado tanto el modelo histórico como la especulación teológica (con elementos parecidos, por ejemplo, N. K. Jemisin se mostró mucho más ambiciosa poco después con “Los cien mil reinos“). Nada, sin embargo, que enturbie en exceso el disfrute de una obra de fantasía épica diferente, mercedora sin duda de los parabienes que recibió.

Antes de pasar a ese punto, sin embargo, me gustaría intentar especular un poco sobre los motivos de que la historia de Isabel la Católica atrajera la atención de la autora (que por entonces estaba dando un curso sobre historia medieval española en la Universidad de Minnesota). En un mundo de hombres, Isabel logró imponer su criterio ya no sólo en un tema tan ajeno a las mujeres nobles de la época como la elección de marido, sino incluso llegando al tanto monta, monta tanto de su acuerdo con Fernando de Aragón (algo, además, que se cumplió de forma efectiva, y no sólo en forma de papel mojado en un tratado).

De igual modo, en “La maldición de Chalión”, aun estando progatonizada por un hombre (y narrada desde su punto de vista), los personajes femeninos cobran una importancia crucial, ya sea la propia Iselle, la provincara viuda o Ista, llegando por supuesto a la propia Hija (cuya importancia divina en la historia se encuentra tan sólo por detrás de la del Bastardo… y en este último caso el propio título carece de muchas de las connotaciones negativas con las que se suele asociar, como hijo natural de la Madre, antes que del Padre). Es un feminismo más sutil que en muchas de las novelas del Nexo de Agujeros de Gusano, ogligada quizás por la ambientación medieval, pero aun así lo impregna todo.

En España el libro se publicó originalmente divido en dos volúmenes, bajo los títulos de “Los cuervos del Zangre” y “El legado de los cinco dioses” (lo cual no tenía ningún sentido dada su longitud y que probablemente ha jugado en su contra por lo que respecta al aprecio de los aficionados españoles para con esta saga), aunque con posterioridad se reunificó ya bajo el título de “La maldición de Chalion”. La trilogía (de historias autoconclusivas) se completó en 2003 con “Paladín de almas” (la historia posterio de Ista) y 2005 con “La búsqueda sagrada”. Recientemente, Lois McMaster Bujold ha publicado una serie de cuatro novelas cortas ambientadas en el mismo escenario general, componiendo la historia de Penric y Desdemona.

“La maldición de Chalion” conquistó el Mythopoeic Award de 2002, y fue finalista en los premios Hugo, Locus y World Fantasy (siendo derrotada en los dos primeros por “American gods“, de Neil Gaiman, y en los últimos por “El otro viento”, de Ursula K. Le Guin, aunque se resarciría en 2004, haciéndose con Hugo, Nebula y Locus por “Paladín de almas”).

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 27, 2017.

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