Cyteen

En 1989 C. J. Cherryh obtuvo su segundo Hugo (de novela) y su primer (y único) Locus por “Cyteen” (1988), su vigésimo tercera novela ambientada en el universo de la Unión-Alianza (y una de las pocas narradas desde el punto de vista de la Unión… o cuando menos de parte de la Unión).

Se trata de una novela de más de mil páginas, que por razones editoriales ha sido a menudo publicada en tres partes, subtituladas “La traición”, “El renacer” y “La vindicación” (y así es la única edición existente en español, aunque la autora lo desaconseja vívamente).

Ambientada en el siglo XXIV, tras el período de las guerras de la compañía, que determinó la independencia de la Unión (una confederación de colonias) y la Alianza de mercaderes de la Tierra, se centra en la política interna de la primera, con especial atención a su capital en el planeta semihabitable de Cyteen, sede también de la región administrativa independiente de Reseune (básicamente, una gigantesca compañía biotecnológica que además controla tradicionalmente uno de los nueve puestos del Consejo de gobierno de la Unión).

La trama arranca (más o menos, en realidad le cuesta un par de cientos de páginas llegar allí) con el misterioso asesinato de Ari Emory, la consejera de ciencias y directora todopoderosa de Reseune. El terremoto político resultante es manejado por la Familia (el consejo de dirección de Reseune), resituando las piezas y dando inicio a un ambicioso proyecto: la clonación, no sólo física, sino también psicológica, de Ari (con la excusa de recuperar para la Unión su mente privilegiada, que le ha valido la consideración de Especial).

En medio de todo ello queda atrapado Justin Warrick, hijo (y clon) adolescente de otro Especial al que todo el asunto le pilla con el pie cambiado. Él y su medio hermano azi Grant quedan como rehenes en manos de Reseune, mientras la compañía se dispone a sobrellevar del mejor modo posible el período de lo que podría considerarse regencia, hasta que Ari Emory 2 esté en disposición de retomar las riendas de la compañía.

A priori, no suena mal. En la práctica, sin embargo…

Lo voy a decir ya, “Cyteen” me ha parecido uno de los peores premios Hugo jamás concedidos (y a estas alturas ya los he leído casi todos), superando incluso en ineptitud a la anterior galardonada de la autora (“La estación Downbelow“), y las razones para mi juicio son múltiples. Vamos primero con las más objetivas (dentro de la subjetividad de una opinión).

Estructuralmente “Cyteen” es un desastre que nunca termina de encontrar su foco. No es una novela, sino un capítulo dentro del más amplío tapiz del universo Unión-Alianza, y eso hace que esté continuamente haciendo referencia a hechos desarrollados en otros libros (como el desastroso experimento/operación militar narrado en “Forty thousand in Gehenna”). No estaría mal (y de hecho es lo esperable en una serie), si todas esas referencia no tuvieran un peso significativo considerable en “Cyteen”, o si se llegara a alguna conclusión, la que fuera, con alguno de los temas narrados.

Peor incluso, ni siquiera las propias tramas específicas de “Cyteen” llegan a ningún lado. Simplemente, van pasando los años (veinte en total), con escenas sueltas a las que por alguna razón la autora presta atención, sin que se perciba otra intención firme que el comprobar cómo Ari 2 va encajando poco a poco en el molde de Ari 1 y, supuestamente, vence a todos los demás con su inteligencia excepcional (de la que pocas pruebas se nos ofrecen). Baste un apunte para ejemplificar todo esto. El motor principal de la historia, el asesinato de Emory, no se resuelve en el millar largo de páginas del libro, sino que queda aplazado para su secuela directa, “Regenesis”… que publicó veinte años después.

Ítem más, los personajes son insufriblemente anodinos, lo cual es especialmente preocupante para con los dos en los que se centra la narración: Justin (un niñato traumatizado que no cambia un ápice en toda la novela) y Ari 2 (a la que, para darle algo de profundidad, supongo, la autora hace pensar desde los diez años a medias con el cerebro y a medias con los genitales). Claro que peor lo tiene la oposición… a ningún posible oponente (quitando de un incongruente giro final) se le concede la más mínima atención, e incluso Jordan, el padre de Justin, supuestamente un especial como Emory, se contenta con aceptar mansamente el resultado del encontronazo inicial durante dos décadas.

De igual modo, el entorno de futurista tiene más o menos lo que la típica novela de intrigas palaciegas, aderezada con el omnipresente mito fundacional estadounidense (con la Unión haciendo el papel de las Trece Colonias). Tan sólo dos tecnologías (significativas en al trama) tienen un mínimo de interés especulativo: el uso de cintas de instrucción (y manipulación psicológica) y el desarrollo de clones. De todas formas, la implementación deja mucho que desear, e incluso el gran tema de la replicación psico-clónica de Emory no hace sino imitar lo que ya propuso Ira Levin en 1976 con “Los niños del Brasil” (estirando la premisa para llenar tres o cuatro veces el número de páginas). Ya lo comenté cuando reseñé “La estación Downbelow”, pero me veo en la necesidad de reincidir en el tema: la ciencia ficción de Cherryh es carca. No ahora, ya lo era en 1988. Su concepción de la space opera es similar a la de la Edad de Oro, treinta y tantos años antes: un lavado de cara cosmético (e hipertrofiado) con respecto a los temas y estilo del Asimov de la etapa del Imperio… con una importante diferencia en el plano ético.

Lo cual me lleva a las razones más subjetivas de mi rechazo a “Cyteen”.

El mundo de “Cyteen” es una pesadilla totalitaria. Una distopía brutal que en ningún momento se manifiesta explícitamente (y mi sospecha es que se debe a que la autora no lo percibe así). Para empezar, la economía de la Unión se sustenta en un sistema esclavista. Un porcentaje elevado de la población (en torno a la mitad) son azis (clones) manipulados mentalmente y sin derechos civiles. La autora intenta presentarnos la situación bajo la mejor luz posible, pero a poco que se reflexione se percibe la salvajada de un sistema que deshumaniza a hombres y mujeres y los convierte en objetos de los que aprovecharse (con su plena aquiescencia… ¿cómo van a protestar, si están literalmente programados para servir?) o incluso eliminar sin remordimientos (por su propio bien). Cherryh puede alabar hasta el infinito el proceso mental azi como más eficaz que el humano normal (CIUD), pero en esencia la ausencia de dudas y contradicciones nace de lo que sólo puede definirse como una mutilación del libre albedrío.

Más grave todavía es la dirección en la que apunta (aunque al final, por supuesto, no llega a nada) el plan maestro de Emory. Por lo que he podido entresacar, consiste en crear sociedades azi preprogramadas. En serio, si por alguien deberíamos decantarnos es por los malvados terroristas abolicionistas, que pretenden derrocar un sistema podrido hasta la médula, que bajo la apariencia de un régimen democrático esconde una dictadura oligárquica. Por supuesto, si hay protagonista del que no sabemos absolutamente nada es el líder de los abolicionistas. Su papel es el del malo de la función, el que quiere destruir el statu quo a cualquier coste (y, al parecer, en las obras de Cherryh el sistema siempre es sacrosanto).

Ari Emory vendría a ser una Hari Seldon 2.0… con la salvedad de que Asimov se dio cuenta de la trampa ética en la que se había metido con su serie de la Fundación, y así cuando la retomó en los ochenta su máxima preocupación fue desmontar la tiranía elitista de las Fundaciones (sobre todo de la secreta Segunda Fundación) y devolver el libre albedrío a los hombres.

Se suele alabar “Cyteen” mencionando su análisis del uso de la clonación a gran escala, pero cualquier examen de dicho asunto sin ahondar en su faceta ética no sólo está incompleto, sino que queda automáticamente invalidado. Y no, no me vale el que la postura contraria se aborde (quizás) en otros libros de la saga. Una novela tiene que presentar en sí misma todos los argumentos necesarios para su valoración, y “Cyteen”, pese a sus 1200 páginas, no cierra absolutamente nada, ni en el nivel de la trama ni mucho menos en el referencial. Incomprensible para mí su fama.

En cuanto al resto de finalista del Hugo de aquel año, es cierto que tal vez no componen el grupo más impresionante de la historia, pero aun así hay alternativas. Entre los finalistas de aquel año se cuentan “El profeta rojo” (segundo libro de la saga de Alvin Maker), de Orson Scott Card; “En caída libre“, de Lois McMaster Bujold (uno de los libros más flojos del universo del Nexo de Agujeros de Gusano); “Mona Lisa acelerada”, de William Gibson (tercera y menos interesante entrega de la trilogía del Sprawl); e “Islas en la red”, de Bruce Sterling (uno de los grandes títulos del movimiento cyberpunk, que hubiera podido alzarse sin problemas con el triunfo).

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto

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~ por Sergio en junio 21, 2017.

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