Trilogía del Vatídico

Robin Hobb (o Margaret Astrid Lindholm Ogden) es una de las autoras clave en la revolución de la fantasía de mediados-finales de los 90. Hasta entonces había publicado con éxito limitado (aunque buen reconocimiento crítico) fantasía juvenil y fantasía urbana contemporánea bajo el nombre de Megan Lindholm. En 1995, sin embargo, decidió abordar la fantasía épica de ambientación medievaloide, para la que empezó a usar el pseudónimo de Robin Hobb.

Aquel primer libro fue “Aprendiz de asesino” (“Assassin’s apprentice”), con el que dio inicio a la Trilogía del Vatídico (Farseer Trilogy) y, desde una perspectiva más amplia, a la serie del Reino de los Vetulus (que a día de hoy cuenta con diecisiete novelas, en cuatro trilogías, una tetralogía y una novela independiente). En 1996 publicó “Asesino real” (“Royal assassin”) y completó la historia en 1997 con “La misión del asesino” (“Assassin’s quest”). En España la primera edición partió cada libro en dos (de forma totalmente arbitraria), dando lugar a “La diplomacia del asesino”, “La fragilidad del asesino” y “La senda del asesino” (como títulos para las segundas mitades respectivas).

En su momento, la Trilogía del Vatídico supuso toda una revolución. Toca proporcionar un poco de contexto histórico. Desde 1984, año en que se publicó “El retorno de los dragones“, la fantasía épica estaba dominada por la influencia de los juegos de rol, una orientación claramente juvenil e iteraciones directas del camino del héroe (lo que las acercaba las más de las veces a la bildungsroman). Un modelo muy claro de enfrentamiento (entre el bien y el mal, a menudo disfrazados como orden y caos), conservadurismo (retorno de la magia, restauración de antiguos modos de vida, amenazas de antaño…) y dilemas personales juveniles.

No es que esa etapa no produjera también buenos títulos (“Añoranzas y pesares“, “El señor del tiempo“, “Las crónicas de Belgarath”…), aunque el omnipresente modelo de franquicia, unido a una juvenilización excesiva, produjo también una cantidad inusitadamente alta de basura (y, lo que es peor, basura comercialmente provechosa). Para 1995 el campo estaba maduro para una nueva revolución, y quizás Robin Hobb constituyó la punta de lanza con su Trilogía del Vatídico, una obra que muestra una peculiar mezcla entre características innovadoras y topicazos agotados (lo lógico en un título de transición).  Las primeras le proporcionaron notoriedad casi instantánea, mientras que los segundos hacen de su lectura hoy en día un empeño… contradictorio.

Pero vayamos primero con una pequeña introducción argumental. La acción nos lleva al reino de los Seis Ducados, una antigua coalición comercial gobernada por la estirpe de los Vatídico desde la ciudad-fortaleza de Torre de Alce. El actual gobernante es el rey Artimañas, con una sólida línea sucesoria de tres hijos, Hidalgo, Veraz y Regio, y con el bálsamo de la prosperidad aquietando las tradicionales diferencias entre los cuatro ducados marítimos y lo dos terrales. Es ahí donde entra Traspié, presentado por sorpresa a los seis años como hijo bastardo del príncipe Hidalgo.

Este evento, por algún motivo (se ve que el mundo de Hobb los bastardos son raros), provoca un terremoto sucesorio que fuerza la renuncia a los derechos dinásticos de Hidalgo y deja a Traspié solo en el castillo, bajo la tutela del jefe de caballerizos Burrich y, en secreto, del asesino real Chade, de quien se convierte en aprendiz por orden de Artimañas. La novela comienza a seguir así la plantilla típica de la bildungsroman, mientras Traspié va madurando (es un decir), dentro del ecosistema de Torre del Alce, bajo dos fuentes de tensión: por un lado la interna de la lucha de poder entre sus tíos Veraz y Regio, y por otro la externa, al empezar a sufrir los Seis Ducados la invasión de las Velas Rojas, unos ataques piratas de devastadores consecuencias (sobre todo morales) para las poblaciones costeras.

Tenemos varias novedades. Por un lado el carácter decididamente antiheroico del protagonista. Nada de un origen humilde con un brillante futuro. Su futuro es el de un asesino clandestino, y bastardo para más señas, siempre al servicio (y bajo la sombre) de los poderosos. Incluso su dominio de la magia familiar (la habilidad) es errático, mientras que presentar aptitudes para otro tipo de magia, la maña, que le permite conectar con las bestias, sólo le trae sinsabores. Más importante quizás, no hay viaje. Casi toda la acción se circunscribe al microcosmos de Torre del Alce, lo que la emparenta con títulos como “Titus Groan“, aunque la aleja decididamente del modelo predominante en su época.

También cabe mencionar que la voz narrativa de la autora ayuda no poco a que las páginas se devoren, y eso que Traspié puede que sea el protagonista más insufrible de la historia de la fantasía épica (un niñato llorón al que no se le da nada bien y que siempre encuentra una excusa para justificar sus fracasos… aunque lo peor aún está por llegar). Ello se compensa con interesantes personajes secundarios (el bufón, Burrich, Lady Paciencia, la reina Kettricken…) y gracias a un feminismo soterrado, que busca en todo momento subvertir los típicos roles de género en la fantasía épica (aunque lo hace con extremada sutileza).

Todo planteado, las cosas pintaban bien para “Asesino real”… aunque desgraciadamente con este segundo tomo Robin Hobb pierde el rumbo. Para empezar, según el dictado del Camino del Héroe, toca hacerlo fracasar, y no se le ocurre mejor forma que hacerlo (a él y a todos los de su bando) rematadamente estúpido. La novela se centra en las intrigas del príncipe Regio por hacerse con el poder, ante la pasividad de Veraz y Artimañas. Que sí, la amenaza de las Velas Rojas es importante, pero no prestar atención al aspirante tras un intento de asesinato y una rebelión abierta (que se apoya en el descontento de los ducados terrales y la desorganización de los marítimos) es suicida. La cosa llega a tales extremos que sorprende que las entendederas les alcancen para seguir respirando, y la cosa no mejora cuando Veraz parte en una misión imposible a la búsqueda de la ayuda de los míticos vetulus.

La soberana simplicidad de este montaje (no es que Regio sea un genio maquiavélico, es que Veraz, Traspié y el resto con unos papanatas) quedó retratado con la publicación ese mismo año de la novela que consolidó la nueva era de la fantasía épica, “Juego de tronos”, de George R. R. Martin (quizás os suene de algo). No dejaba de presentar características tópicas (ese retorno de la magia…), pero manejaba mucho, muchísimo mejor la intriga y perfilaba unos personajes que no necesitaban ser estúpidos para verse en aprietos.

Y no termina ahí la cosa. A la autora, además, se le ocurre vincular con la maña a Traspié con un lobo, Ojos de Noche, aunque lo hace atentando contra sus propias reglas internas, porque aunque supuestamente es un animal común, en realidad su capacidad de razonamiento es superior a la del propio protagonista (que no es difícil, pero…). Ojos de Noche es un pegote, que emparenta directamente con el animal compañero de la Mary Sue de turno (o, por hacer una referencia literaria, con Grimya, la loba compañera de Índigo en la serie homónima de Louise Cooper; aunque en su caso está justificada la inteligencia cuasi humana). La idea de emparentar la maña con la licantropía (o, en general, con el fenómeno de los cambiapieles) es buena, aunque la ejecución deja mucho que desear.

Llegamos pues, con interés sensiblemente reducido, a “La misión del asesino”, cuyo arranque no ofrece muchas esperanzas de mejora. Traspié sigue siendo un llorón, sigue siendo más simple que un botijo y, para colmo, demuestra una y otra vez ser el asesino más inepto que jamás haya existido (por sí solo creo que en toda la trilogía sólo consigue matar de forma eficaz a unos locos… y con alimento envenenado). A Robin Hobb se le va la mano en su anhelo por humanizar el personaje con debilidades. Es un propósito loable, pero requiere compensarlo de algún modo, ofrecerle una característica redentora (aparte de la ausencia de ambición personal y la lealtad inquebrantable… que bien podrían ser consecuencia de su simpleza).

Por fortuna, tras un intento torpe de venganza contra Regio, la narración toma un camino diferente cuando Traspié se ve impulsado a acudir junto a Veraz (que, recordémoslo, ha estado todo este tipo fuera del tablero, buscando a los vetulus en el lejano norte). Ahí, por fin, Robin Hobb retoma la senda de la innovación, ofreciendo una descripción sugerente del reino de los vetulus y de la magia implicada. Eso sí, se nota que va improvisando sobre la marcha, porque poco de lo que presenta ha sido claramente fundamentado en los libros precedentes. Es interesante, sí, pero plantea más dudas de las que resuelve.

A la postre, el disparador de la trilogía, la invasión de las Velas Rojas (y su proceso de forjado), queda como poco menos que un macguffin, mientras que la rebelión de Regio se resuelve mediante un deus ex-machina (o ex-petra, para ser exactos).

¿Quiere esto decir que sea una mala serie? No, en absoluto. Ya he comentado lo fácil que se lee, y aunque no hubiera sido pionera, presenta suficientes elementos singulares como para hacerla recomendable. Su influencia posterior es, además, innegable (desde elementos coincidentes en “Canción de Hielo y Fuego” a una influencia reconocida en “El nombre del viento“, de Patrick Rothfuss). Eso sí, ojalá el volumen central no fuera tan rematadamente flojo y ojalá la autora hubiera encontrado una forma de humanizar a su protagonista que no hubiera implicado el hacerlo idiota perdido (porque en el tercer volumen llega a momentos de estulticia realmente anonadantes).

Tras su publicación, la autora mantuvo el pseudónimo de Robin Hobb para la trilogía de las Leyes del Mar (sin otra relación que tener lugar en el mismo mundo, unos años después, aunque con una ambientación totalmente náutica), regresando a los mismos personajes de la Trilogía del Vatídico en 2001 con el inicio de la Trilogía del Profeta Blanco (que justo está terminando de editarse en español por primera vez) y de nuevo con la reciente trilogía de Traspié y el Bufón (que acaba de concluir en inglés).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en junio 9, 2017.

6 comentarios to “Trilogía del Vatídico”

  1. Pues en la siguiente en que participa traspié la verdad sigue igual de llorón que siempre y son bastante lentas, aunque es superado por el príncipe Dedicado, que aunque tratan de meterle contenido la verdad termina por ser una molestia. Eso como notarás no ha impedido que siga leyendo la serie, pero es más en busca del “algo mayor” que guía las trilogías y porque como bien dices, si aportaba algo diferente.
    En fin, yo la recomiendo para pasar el rato, aunque si pudiera suprimir el segundo libro sería mejor.

    • No suena bien (tampoco es que estuviera tremendamente interesado en seguir a Traspié en nuevas aventuras, pero hubiera sido de agradecer algo de evolución). De todas formas, para un segundo round con Robin Hobb creo que a priori me interesa más la trilogía de Las Leyes del Mar.

      Y sí, ojalá pudiera prescindirse por completo del segundo libro. Los otros dos tienen suficientes elementos novedosos para sostener la lectura, pero ¡Uf! “Asesino real” supone todo un escollo.

      • De hecho la trilogía de las naves del mar tiene bastantes aspectos interesantes. Personajes menos “introspectivos” que Traspié, una historia que desde un comienzo pareciera estar más delineada en lugar de irse construyendo mientras se escribe, no tiene esos “dramas de la corte” que me parece no son el fuerte de la autora o más bien están en mucha menor medida, va más rápido al estar en continuo movimiento… Creo que de las 3 es la que más he disfrutado, aunque no la leí de un golpe como suelo hacer con esta clase de libros. Ahora, ahí está la trampa, ya que si bien es cierto en principio no dice relación con la historia de los 3 ducados, al punto de que uno como lector comienza a plantearse “¡pero como! ¡hubo hasta criaturas mitológicas en una parte del mundo y aquí nadie se enteró! ¿como que estos son los originales?” lo cierto es que seguramente con el fin de darle un sustento mayor a su historia la autora si introduce elementos que hacen que uno pueda encontrar una cierta historia que continúa (bien alejada) en las trilogías de los ducados, y es ese algo mayor que me llevó a querer seguir la historia no obstante los vicios que e identifican. Además y esto hay que destacarlo, son libros que se leen rápido y ante eso en un momento de no querer entrar en algo más complejo (the obelisk gate llevo ahora por ejemplo) son una distracción interesante.

        • Se leen rápido, sí, y eso es algo que de vez en cuando es de agradecer, pero Jemisin está a un nivel totalmente diferente.

  2. Sin lugar a dudas, de ahí que terminase leyendo te obelisk gate en inglés, pese a que la traducción de la quinta estación está bastante bien y que no me cabe dudas nova no dejará la historia al final como hizo otra editorial con los 100000 reinos (historia que de paso me gustó pero no me volvió tan loco como para llevarme a tomar el tercer libro en inglés aunque está en la pila). Por esta autora en cambio los libros pueden estar durante años en la pila de lectura e ir al idioma original ni pensarlo.

  3. […] Trilogía del Vatídico […]

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