La torre encantada

En 1968 L. Sprague de Camp se hallaba embarcado en su mayor proyecto, la recopilación, sistematización y ampliación de la saga de Conan, de Robert E. Howard, para Lancer. Ello implicaba, a su entender, cierto grado de reescritura (tanto para cuentos incompletos como adaptando otros que originalmente nada tenían que ver con el bárbaro cimmerio), tarea que compartió con su colega Lin Carter.

El caso es que el estilo ultraserio de Howard no terminaba de encajar con la evolución de la espada y brujería posterior a él, ejemplificada por las aventuras de Fafhrd y el Ratonero Gris de Fritz Leiber. Pese a que el Conan de Carter y de Camp es, tanto en tono como en sustrato, mucho menos sombrío, en aras de conservar cierta coherencia necesitaba replicar en lo posible el enfoque primitivista… lo que no terminaba de cuadrar con las inclinaciones ni la filosofía de de Camp (algo que afectó en diverso grado a sus “colaboraciones” póstumas con Howard). Quizás por lo antedicho, Sprague de Camp publicó durante este mismo período una trilogía de fantasía heroica mucho más ligera, la del Rey Reluctante a la que dio inicio en 1968 con “La torre encantada” (“The goblin tower”).

En muchos sentidos, la historia de Jorian de Kortoli es una parodia de la de Conan. En vez de ser un aventurero que, al cabo de incontables peripecias, acaba conquistando un trono, en “La torre encantada” tenemos un rey que escapa de sus deberes (estos deberes incluyen el ser decapitado a los cinco años de mandato para ser sustituido por otro monarca) para lanzarse a una vida errante. Es más en contraposición con la aversión bárbara hacia la magia, Jorian se ve involucrado de buenas a primeras en una misión esotérica, forzado a robar unos antiguos pergaminos místicos para pagar la ayuda recibida en su fuga.

Así pues, en compañía del despistado doctor Karadur (un mago al que prácticamente no le sale bien un solo hechizo en toda la novela), se embarca en una gesta (fuertemente episódica) que le lleva a visitar distintos estados, cada uno con una forma de gobierno (desde repúblicas democráticas a teocracias, pasando por soluciones más creativas, como la de Xylar de la que huye Jorian). Entre aventura y aventura, además, se nos narran numerosos cuentos más o menos cómicos sobre el pasado de las doce ciudades-estado de Novaria, que ayudan a conferir cierta consistencia interna a un mundo desesperadamente necesitado de ella.

Esto es así porque lo último que le preocupa a de Camp es esforzarse en crear una ambientación coherente. Es más, se recrea en los anacronismos, recurriendo tan pronto a imitar la antigüedad tardía como avanzando hasta tan lejos como el Renacimiento a la búsqueda de referentes para sus sociedades. Lo que predomina es el entretenimiento. El problema surge cuando ello implica una ligereza tan, tan grande que por momentos la aventura de Jorian deviene en insustancial. Si a ello le sumamos cierto grado de seudoerotismo ya no juvenil, sino casi, casi infantil, queda claro a quién iba dirigida la novela (da hasta un poco de vergüenza ajena imaginar a un de Camp ya sesentón escribiendo sus historias para un grupo de marginados a los que, evidentemente, no les había acabado de llegar la onda contracultural hippie).

El caso es que en la propia novela el autor parodia esas mismas inclinaciones de las que se está aprovechando tan descaradamente, mostrando en los capítulos finales una convención de magos que más bien parece una Worldcon en toda regla (sin faltar conferencias soporíferas, concursos de disfrazes e incluso “guerras fandomitas”).

Pese a ocasionales destellos de originalidad (como su tratamiento de los dioses o su recurrente sátira política), “La torre encantada” no termina de encontrar un registro interesante. Se toma demasiado a broma para que la acción sea interesante, y demasiado en serio para que la sátira llegue a ser realmente punzante. Si a eso le añadimos que de Camp no era precisamente un gran estilista… En fin, resulta complicado recomendar algo así hoy en día, y su único interés (limitado) es histórico.

Una década más tarde, Piers Anthony acertaría mucho más con su planteamiento de la fantasía cómica en la serie de Xanth (que se inició con “Un hechizo para Camaleón“). La intencionalidad es exactamente la misma (al igual que el público objetivo y los trucos escogidos para atraerlo), pero el resultado final es mucho más interesante. Todo ello acabó evolucionando, por supuesto, hasta la serie de Mundodisco de Terry Pratchett, que como baremo de comparación hace resaltar aún más las deficiencias y la falta de enfoque de la novela de Sprague de Camp.

Como comentaba, “La torre encantada” se convirtió en la primera novela de la trilogía del Rey Reluctante, que prosiguió con las aventuras de Jorian en las novelas “Los relojes de Iraz” (1971) y “El rey que perdió su cabeza” (1983). Todo ello se inscribió además en una serie mayor, la de Novaria, que incluyó también dos novelas independientes, “The fallible fiend” (1973) y “The honorable barbarian” (1989), así como un relato largo, “”The emperor’s fan” (1973). Existe también al parecer una sexta novela, que llevaría por título “The sedulous sprite” y que nunca llegó a publicarse (aparentemente, debido a su baja calidad… lo cual, habida cuenta de su predecesora, plantea niveles realmente abisales).

Como curiosidad, quisiera señalar cómo al menos una de las escenas menores de la novela acabó siendo reciclada tres años después para la muy superior “Conan el bucanero” (firmada por Sprague de Camp y Lin Carter), lo cual demuestra que ni el propio autor se tomaba muy en serio las aventuras de Jorian de Kortoli (anteriormente, rey de Xylar).

Otras opiniones (de la trilogía completa del Rey Reluctante):

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~ por Sergio en marzo 30, 2017.

6 comentarios to “La torre encantada”

  1. Desde luego, un problema que tuvo Sprague de Camp a la hora de abordar el subgénero de Espada y Brujería es que nunca se lo tomó muy en serio. Y no me estoy refiriendo al uso de la ironía que pudiera hacer.

    Esto se ve muy claramente no sólo en los relatos de Conan que escribió -como se indica en la reseña-, sino muy especialmente en los prólogos que hizo para los libros del bárbaro. En ellos repetía, casi invariablemente, que todo aquello era mero entretenimiento sin mayores lecturas. Y que el personaje no era más una simple fantasía masculina que expresaba el deseo de vivir sin ataduras y seducir a cuanta hermosa mujer se le cruzase por el camino (y algo de eso hay, es cierto; pero también creo que hay más).

    Según tengo entendido, le interesaban más la ciencia-ficción y el ensayo.

    • No creo que fuera ésa la explicación. Sprague de Camp estaba muy interesado en la fantasía. De hecho, fue miembro fundador de SAGA (Swordsmen and Sorcerers’ Guild of America). Creo más bien que se trata de un efecto de la época en que se inscribe su producción.

      La espada y brujería de Howard es producto de la Gran Depresión. Aparte de la vertiente escapista, presenta un importante sustrato existencialista, una mezcla de fatalismo (para soportar los reveses) y desafío (para seguir combatiendo más allá de toda esperanza). En cierta forma, era una plasmación del inquebrantable espíritu humano frente a las fuerzas ignotas (llamémoslas brujería, llamémoslas economía) que tratan de derrotarlo.

      Todo aquello empezó a cambiar hacia 1938 con Leiber, que fue introduciendo una visión más ligera, casi picaresca, que a su vez fue evolucionando hasta rondar casi la parodia. En la época en que de Camp escribió su fantasía heroica, ésta ciertamente había cedido toda la “responsabilidad” de reflejar los miedos y esperanzas de la población a la ciencia ficción (que se encontraba a caballo entre la Edad de Plata y la New Wave), quedándose en un mero pasarratos (o en fantasía proyectiva, como se prefiera definir).

      Lo curioso es que el trabajo compilatorio de Sprague de Camp (y Lin Carter), aun mostrando tal grado de incomprensión con respecto al trasfondo de lo que estaban sistematizando, ayudó a sentar las bases de una reinvención de la espada y brujería, devolviéndole en parte su fuerza de la mano de autores como Karl Edward Wagner o, algo más tarde, David Gemmell.

  2. Bueno, no quiero mantener un debate prolongado, sólo pretendo desarrollar un poco más mi postura con este comentario.

    Puede que la concepción de Sprague de Camp sobre la Espada y Bujería fuese un resultado de las ideas de su época sobre los géneros. Admito que no estoy tan versado en la Historía de la Fantasía y la ci-fi como para hablar al respecto con autoridad.

    Pero también se ha dicho más de una vez que no era la persona más adecuada para continuar las narraciones de Howard, a tenor de sus antecedentes literarios. Creo recordar que se ha apuntado a otros escritores coetáneos como más adecuados para tratar a esos héroes de carácter recio y aventuras trepidantes. De hecho, Roy Thomas mencionó -si no me falla la memoria- a Leigh Brackett como una mejor opción para ese cometido, pese a que era una escritora de la misma generación que de Camp.

    También veo que he cometido un error en el primer comentario. Es cierto que Sprague desarrolló un gusto temprano por la fantasía (colaboraciones con Fletcher Pratt incluidas); pero, a riesgo de parecer terco, tengo la sensación de que su visión de Conan (y del propio Howard) ha generado una serie de rémoras que el personaje aún sufre.

    Un saludo y mis felicitaciones por este excelente blog.

    • No, por favor, comenta tanto como desees. No hay nada mejor que compartir ideas.

      Sí, Leigh Brackett hubiera realizado un gran trabajo, y casi mejor C. L. Moore, que también pertenecía al círculo de Lovecraft y fue quien desarrolló el primer gran personaje de espada y brujería después de Howard, Jirel de Joiry… Pero fue a Sprague de Camp, quizás por sus intereses históricos, a quien se le ocurrió sistematizarlo y quien trabajó por su recuperación editorial.

      No era quizás el más adecuado, y su trabajo ha dejado huella (a menudo negativa) en el personaje, pero sin él hoy no disfrutaría de tanto reconocimiento (y tampoco es que Roy Thomas esté libre de toda culpa, que él mismo remodeló a Conan de acuerdo con los gustos de los años 70 al convertirlo en un personaje de cómic).

      Una ambivalencia similar está presente en la valoración del trabajo de August Derleth y su huella en el legado de Lovecraft.

  3. No he leído a Piers Anthony, pero según entiendo su trabajo sí va más de frente hacia la comedia, quizá esa sea su ventaja.

    • En realidad, el tono es extraordinariamente parecido (tanto, que no me extrañaría que Piers Anthony se hubiera inspirado directamente en la fantasía cómica de Sprague de Camp). La diferencia radica sobre todo en la profundidad del worldbuilding. En la serie de Xanth, Anthony se toma más en serio lo de construir un escenario propio, con unas reglas y un enfoque bien definidos. “El rey reluctante” se contenta con utilizar una amalgama de ideas prestadas, sin preocuparse siquiera por la coherencia interna.

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