Hardwired

Entre las novelas fundacionales del cyberpunk tenemos aquéllas publicadas por sus impulsores, como “Neuromante” (William Gibson, 1984), “Cismátrix” (Bruce Sterling, 1985) o “Eclipse” (John Shirley, 1985), y aquéllas surgidas directamente a su estela, como por ejemplo “Hardwired” (Walter Jon Williams, 1986). Esta expansión más allá de lo que podríamos llamar el núcleo duro del cyberpunk fue una prueba evidente de que la fiebre estaba extendiéndose y de que la revolución iba a tener un efecto más profundo y duradero de lo que incluso sus propios ideólogos hubieran podido imaginar. Había en todo ello algo más que una mera pataleta estética. Las líneas maestras del subgénero naciente conectaban de algún modo con inquietudes que la explosión de las tecnologías de la información y la comunicación estaban poniendo de manifiesto y que debían ser abordadas por la ciencia ficción.

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“Hardwired” es una historia de perdedores, de marginados, de críticos con el mundo que les ha tocado en suerte. Es también una historia de tecnología y de la libertad que puede comprar esa tecnología. Ambas facetas, reunidas, conforman la esencia del cyberpunk y moldean a dos personajes con estrategias de confontación divergentes. Por un lado está el Cowboy, un ex piloto, ahora reconvertido en tanquista, entregado al transporte de contrabando entre las costas de una Norteamérica vencida y balcanizada, sus reflejos recableados con el mejor cristal y zócales de conexión para hacerse uno con su panzer. Por otro está Sarah, una superviviente nata. De prostituta a guardaespaldas (y ocasionalmente asesina), su único objetivo es conquistar, para ella y su hermano menor Daud, un pasaje a los orbitales que los rescaté a ambos de la miseria y la desesperanza… aunque tal vez su hermano se encuentre ya más allá de toda posibilidad de redención.

Sus destinos se entrecruzan en medio de la economía supuestamente clandestina de la Tierra, un planeta soguzgado desde hace años a las imposiciones de las grandes compañías que operan desde el espacio, vencedoras de la Guerra de las Rocas. El idealismo romántico del Cowboy y el pragmatismo cínico de Sarah condenados a encontrarse en ese terreno intermedio que, de tan inestable, apenas ofrece sustrato más que para una relación entrecortada, atípica, subordinada a los intereses no siempre coincidentes de ambos.

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Como se puede apreciar, son elementos y temas bastante típicos del subgénero. Incluso los personajes parecen sacados de cualquier otra novela. Los parecidos, sin embargo, son más superficiales de lo que aparentan. Sarah, por ejemplo, no es Molly, la mercernaria/guardaespaldas de “Neuromante”. Se trata de un personaje mucho más machacado, más frágil, con profundas cicatrices emocionales que la marcan a mayor profundidad que las físicas. Su principal objetivo es la supervivencia, y a ese fin es capaz de sacrificarlo todo, desde su sueños hasta a su propio hermano. Ello no implica que los remordimientos no la carcoman a posteriori, y la necesidad de compensar sus flaquezas es el otro rasgo dominante de su personalidad (con respecto a Daud, sobre todo, el sentimiento de estar en deuda con él por pasadas traiciones, incluso inevitables, la vuelve manipulable).

El Cowboy es un personaje mucho más simple. Una figura casi arquetípica. Algo así como un Robin Hood cibernético, un rebelde, un perdedor que se niega a sentirse derrotado, predestinado a golpear una y otra vez los muros de su prisión, hasta abrir un hueco para escapar o quedar aplastado (una mitología más cercana sería la de los bandoleros veteranos del ejército confederado tras la Guerra Civil americana, entremezclada con otro importante mito estadounidense, el del Pony Express; en ambos casos estas referencias quedan explícitamente señaladas en el texto).

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En el fondo, “Harwired” es otra reedición de la lucha de David (los transportistas libres) contra Goliat (las grandes compañías orbitales), con elementos tecnológicos lanzados para dar sabor al conjunto. En ese sentido, los reflejos electrónicos integrados (y otros ciberimplantes, como la “comadreja” de Sarah) terminan de conferirle a la obra ese sabor cyberpunk que tan reconocible se ha hecho. Otros desarrollos, como la personalidad electrónica independiente de uno de los personajes, Reno, cargada en el red tras su muerte, no termina de despegar, quedando infraexplotado y muy por debajo de esfuerzos similares tanto contemporáneos como posteriores (aunque más adelante tendría una nueva oportunidad de brillar).

También es propio del género la constante mención a drogas (tanto químicas como electrónicas) como elemento recurrente (y legal). Es algo que marca casi tanto la época de su redacción como la dependencia de líneas telefónicas terrestres (aunque sí que se insinúa al menos una posibilidad de telefonía móvil, a bordo de un vehículo). Dentro de la lógica de la novela, que casi puede entenderse a estas alturas como ucrónica, no desentona, y ayuda de hecho a darle el tono correcto, ya no tanto futurista como casi, casi retrofuturista.

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El punto fuerte de la novela, sin embargo, lo encontramos en las salidas del Cowboy, primero a bordo de su panzer y luego también en aviones de ataque (Deltas). La inspiración directa de Walter Jon Williams (totalmente reconocida) se encuentra en una novela de Roger Zelazny de 1969, “Damnation alley”, y también tiene algo de la estética Mad Max, aunque con la integración hombre-máquina propia del cyberpunk. Son capítulos emocionantes y efectivos, los únicos en los que el Cowboy se muestra realmente vivo.

En su año, dentro del cyberpunk, destacó sobre todo “Conde Cero“, la segunda entrega de la trilogía del Sprawl de William Gibson (estilísticamente, muy superior a Walter Jon Williams), mientras que también se situó mejor en los premios la primera entrega de la serie de Marîd Audran (o del Buyadén) de George Alec Effinger, “Cuando falla la gravedad”. Por supuesto, 1986 fue también el año en que se publicó “Mirrorshades”, antología en la que no participaba Walter Jon Williams. Como apuntaba, él no formaba parte del núcleo fundacional del movimiento, sino que fue uno de los primeros “contagiados” (junto, por ejemplo, Michael Swanwick, que publicó aquel año “Vacuum flowers”).

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En 1987, Walter Jon Williams publicó una secuela, “Voice of the whirlwind”, ambientada varios años después, en un escenario muy alterado. Con posterioridad, en 1989, sacó “Solip:System”, novela que arranca justo al acabar “Hardwired” y que conecta con su secuela, estando protagonizada por la copia electrónica de la personalidad de Reno. Las tres juntas conforman la serie de Hardwired.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en febrero 28, 2017.

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