El exorcista

Curiosamente, algunos de los grandes hitos de la literatura de terror no surgieron de autores especializados en el género, sino de otros que, de hecho, no podían encontrarse a priori más en las antípodas: expertos en comedia. Tal fue el caso de William Peter Blatty, escritor recientemente fallecido a los 89 años de edad, y su obra cumbre, “El exorcista” (“The exorcist”, 1971).

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De orígenes extremadamente humildes (sus padres era inmigrantes libaneses, y a los seis años el padre abandonó la familia, de la que él era el quinto hijo, haciendo descansar el peso económica en una madre que apenas sabía hablar inglés), gracias a sucesivas becas y a la intercesión de los jesuitas pudo disfrutar de una brillante carrera académica, que le llevó a graduarse en lengua inglesa en la universidad de Georgetown. Con posterioridad, y tras una larga serie de trabajos, consiguió la estabilidad económica suficiente para dedicarse a la escritura, produciendo primero un puñado de novelas cómicas que lo pusieron en la órbita de Hollywood como guionista, trabajando en los sesenta en ocho películas, destacando su colaboración con Blake Edwards.

Durante todo ese tiempo, hubo un proyecto rondado su mente. En 1950, mientras atendía a sus clases en Georgetown, circuló la noticia de un presunto caso de posesión demoníaca y exorcismo del joven “Robbie Mannheim” (pseudónimo), llevado a cabo por curas jesuitas en varias sesiones a lo largo de 1949. Este suceso impresionó vivamente al joven Blatty, quien estuvo documentándolo durante años, con la vista puesta en escribir algún día una obra de no ficción sobre él (análogo quizás al ensayo de Aldous Huxley sobre las Endemoniadas de Loudun, publicado en 1952).

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Su trabajo en el cine, posiblemente, acabó influyendo para que acabara transformándose en su quinta novela, con una historia completamente ficticia, inspirada en el caso de Robbie (y otros testimonios sobre exorcismos), a través de la cual se permitió explorar las ramificaciones filosóficas del hecho de la posesión demoníaca, confrontándola también con explicaciones racionalistas fundamentadas (más o menos) en la medicina y la psicología.

No voy a extenderme mucho en la sinopsis. La película de 1973 de William Friedkin sigue la trama con bastante fidelidad (después de todo, el guión fue del propio Blatty, que recibió un Oscar por su trabajo). Regan, la hija de doce años de una estrella de cine, empieza a mostrar un comportamiento extraño. Pese a la intervención de los médicos su estado va degradándose con rapidez, hasta que sólo queda como posible explicación de todo ello una posesión demoníaca. Por suerte para la niña, la familia vive cerca de Georgetown, y un psiquiatra jesuita, el padre Karras, se involucra en la curación de Regan. Finalmente, auxiliado por un exorcista veterano, el padre Merrin, confrontan al demonio que ha poseído a Regan.

He ahí a grandes rasgos, en cuatro frases, los cuatro actos en que se divide la novela.

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Incluso antes del éxito de la película, el libro ya había batido multitud de récords (a priori fuera del alcance de una novela de terror). Fue la primera vez en que una posesión demoníaca cobró protagonismo, y delineó con ello el modelo de todas las que siguieron (sobre todo en el cine), extendiendo además su influcencia sobre todo el subgénero del horror paranormal (con trucos más efectivos quizás a través del lenguaje audiovisual, aunque no por ello ajenos por completo a la literatura, en particular por lo que se refiere a la creación de prototipos para protagonizarlo).

Lo curioso es que no creo que la novela busque tanto el horror (la película es mucho más directa en ese sentido), como se valga de él para una exploración filosófica (que el autor completaría años más tarde, en 1983, con “Legión”, la secuela directa de “El exorcista”, que él mismo dirigiría como “El exorcista III” en 1990). La idea germinal de la historia consiste en contemplar la manifestación inequívoca del poder del demonio como prueba irrefutable de la existencia de Dios, en un contexto en el que la fe se esfuerza por mantenerse viva frente a las exigencias lógicas de la razón (con el problema teológico de la existencia del mal, la teodicea, como telón de fondo).

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El protagonismo no recaé realmente en Regan y su familia, sino en el padre Karras (el exorcista), un sacerdote que se encuentra sumido en una profunda crisis de fe, y que trata por todos los medios de encontrar una explicación racional para los síntomas que presenta Regan (ansiando y temiendo al mismo tiempo alcanzar un resultado negativo que lo obligue a aceptar la existencia del demonio… y por extensión la de Dios).

Blatty, como exalumno de Georgetown, no se queda en la superficie, sino que afronta con valentía una travesía que sabe cuajada de bajíos y remolinos donde podría encallar su teología. Al mismo tiempo, reconoce posiblemente sus limitaciones, y frena antes de adentrarse en ramificaciones demasiado controvertidas (las ideas que presenta rozan el maniqueísmo y  el gnosticismo, o incluso la visión evolutiva del jesuita, desautorizado por las autoridades eclesiásticas, Teilhard de Chardin). A la postre, no es la satisfacción de la razón lo que reconduce al padre Karras a la fe, sino la compasión (poniendo así quizás de manifiesto la imposibilidad del empeño de llegar a Dios por el camino puro de la razón).

Toda esta lectura de razón frente a fe queda, me temo, desdibujada por culpa de lo que en la época se entendía todavía por ciencia psicológica (a finales de los sesenta y principios de los setenta aún había varias universidades embarcadas en estudios serios sobre fenómenos parapsicológicos). Así, acontecimientos que alimentan la duda del padre Karras (como presuntos fenómenos telepáticos y telequinéticos), hoy los clasificamos sin ambages en el terreno de la “manifestación sobrenatural”). No sé si la edición del cuarenta aniversario que el autor sacó en 2011 con pequeños cambios aborda esta cuestión (por lo que tengo entendido, sigue inédita en España; y lo que es peor, todas las ediciones hasta la fecha respetan la anticuada traducción de 1972).

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De todas fromas, supongo que la mayor parte de los lectores no reparan en estas cuestiones (o les importan un pimiento). Lo que sí resulta evidente es la gran habilidad demostrada por Blatty para plasmar la historia, por medio de un estilo que prima ante todo la agilidad. Los capítulos se suceden impulsados principalmente por diálogos muy vivos, que transmiten más información que las limitadas descripciones. Se nota ahí la experiencia del autor como guionista, al conseguir caracterizar a los personajes y definir su estado de ánimo gracias casi exclusivamente a los diálogos.

Supone una lectura tan, tan ágil, que para cuando te quieres dar cuenta los acontecimientos han mutado de raritos a inquietantes, y de ahí, en un abrir y cerrar de ojos, a horripilantes (limitando al mínimo el abuso del efectismo… muy al contrario que la película, que en ese sentido es bastante más explícita). Ello explica en parte la enorme popularidad de que disfruto casi desde el principio.

Es difícil precisar hasta qué punto influyó “El exorcista” en la popularización del género del horror (aunque sospecho que el despegue de la carrera de Stephen King le debe bastante a encontrarse el terreno abonadado por el bestseller de Blatty). Así, aunque después de ella no produjo nada realmente rompedor (se limitó a reincidir sin demasiada insistencia en los mismos temas, ampliando el enfoque tras la muerte de su hijo hacia la existencia ultraterrena, en novelas como “Elsewhere” o “Dimiter”), resulta de justicia reconocer la deuda del terror con ese hombre que, procedente de la comedia y bordeando la filosofía, revolucionó el género e introdujo entre sus elementos maestros uno nuevo: la posesión demoníaca.

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William Peter Blatty (7 de enero de 1928 – 12 de enero de 2017)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

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~ por Sergio en enero 20, 2017.

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