La mujer que caía

Uno de los premios Nebula más desconcertantes es el concedido en la edición de 1987 a Pat Murphy por “La mujer que caía” (“The falling woman”, 1986, su segunda novela). Para hacernos una idea de lo peculiar que fue su galardón, hay que bajar hasta el puesto 16 de la lista del Locus para encontrarla.

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Se trata de una fantasía contemporánea, etiquetada como “psicológica” y con no pocos puntos de contacto con el realismo mágico. El protagonismo se divide equitativamente entre dos mujeres, madre e hija, que llevan separadas quince años. Tras la muerte del padre, Diane, una mujer de unos treinta años, lo abandona todo (trabajo, relación fallida…) para acudir a la excavación arqueológica de Dzibilchaltún, en el Yucatán, donde su madre Elizabeth dirige a un grupo de estudiantes en el estudio de la antigua civilización maya.

Entre ambas media un importante abismo. Elizabeth abandonó a la niña y a su marido tras una crisis existencial que le llevó incluso a un intento de suicidio. A resultas de aquella experiencia, fue ingresada en un psiquiátrico y le quedó una curiosa secuela, la capacidad (real o no) de percibir sombras del pasado, de ver a los antiguos habitantes de un lugar, lo cual cuadra además con su anhelo de dedicar su vida a la arqueología. Tras su huída, cuando Diane tenía cinco años, el padre prohíbe todo contacto entre ambas, y así la niña crece viendo apenas a su madre y sin ningún tipo de relación en absoluto a partir de los quince años.

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La llegada de Diane a Dzibilchaltún altera la rutina de Elizabeth. Ninguna de las dos sabe exactamente lo que quieren la una de la otra, así que se limitan a tratarse con extrema precaución, mientras intentan reestablecer algún puente de comunicación entre ambas. Para complicar las cosas, Elizabeth empieza a tener contacto con Zuhuy-kak, una antigua sacerdotisa maya que vivió casi un milenio atrás, y que al contrario de lo que suele pasar con las sombras no sólo la reconoce, sino que incluso le habla… y le insta a realizar un sacrificio, pues un gran ciclo está a punto de llegar a su fin.

Los mimbres son buenos. El problema es que lo descrito es, básicamente, todo lo que acontece durante las 250 páginas del libro: Diane intentando amoldarse a la vida en la excavación (con la ayuda de Barbara, una de las estudiantes de su madre), y Elizabeth intentando amoldarse a la noción de que su hija está allí, mientras el peso añadido de sus visiones va erosionando poco a poco su, admitámoslo, no demasiado firme consciencia de la realidad.

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La novela juega continuamente con la ambigüedad con respecto a la visiones (que en cierto momento Diane también llega a compartir… más o menos). A decir verdad, no hay (casi) nada que no pueda explicarse racionalmente, sin recurrir a capacidades extrasensoriales. No existen grandes revelaciones sobre el imperio maya (que, a decir verdad, tampoco termina de cobrar el protagonismo que hubiera podido ostentar), tan sólo es la historia de dos mujeres rotas (una de ellas desde hace veinticinco años), que intentan juntar y recomponer los fragmentos.

En este sentido, la figura de Diane queda casi por completo eclipsada por la de su madre. Al fin y al cabo, lo suyo es una pequeña crisis de identidad, que soluciona a base de cambiar de aires y dejarse llevar. Elizabeth presenta problemas mucho más serios, derivados de la frustración temprana de sus anhelos (por culpa de un mal matrimonio prematuro, forzado por un embarazo no deseado), con una personalidad autodestructiva que sublima a través de la idealización de la concepción maya del sacrificio.

También cabría destacar, dentro del apartado de las influencias, la evidente conexión con la pseudoantropología mística de Carlos Castaneda (aunque cambiando a los toltecas por los mayas). No es excesivamente evidente, sino que tiene más que ver con la posible concepción ampliada de la realidad y su relación con las religiones precolombinas.

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La novela es fácil de leer. No procura grandes revelaciones ni emociones, pero fluye con tranquilidad de principio a fin. A la postre, tal vez se eche de menos que profundice un poco más en la psicología de sus protagonistas. Invierte mucho esfuerzo en el planteamiento, apresurando la conclusión (que, de hecho, queda un tanto desdibujada, como si no supiera o quisiera definirla mejor). Quizás ya lo anuncie en el título. No le interesa tanto el resultado como el proceso. Tras la falta de control de la caída y el dolor del impacto, lo que sigue es una etapa completamente diferente que ya no nos atañe.

El sexteto de finalistas de los Nebula de aquel año se completó con “La fragua de Dios” de Greg Bear, “Soldado de la niebla” de Gene Wolfe (ganadora del Locus), “La rebelión de los pupilos” de David Brin (ganadora de Hugo y Locus), “Vergil in Averno” de Avram Davidson y “Cuando falla la gravedad” de George Alec Effinger.

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~ por Sergio en enero 17, 2017.

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