The old english baron; or The champion of virtue (El barón inglés)

La novela gótica, al menos tal y como la conocemos, bien hubiera podido nacer y morir con “El castillo de Otranto” (Horace Walpole, 1764), de no ser por la intervención de una lectora, fascinada por sus intenciones pero contraria a lo que identificaba como burdos excesos. Esa lectora fue Clara Reeve, hija de un reverendo de Ipswich, que se propuso, tal y como describe en un informativo prólogo incluido a partir de la segunda edición, volver a contar esa misma historia expurgándola de sus elementos más obviamente fantasiosos.

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Así, en 1777 apareció la obra anónima “The champion of virtue”, presentada al igual que su modelo como la traducción de una obra original de los tiempos góticos (siglo XII). Un año después, sin embargo, tras la favorable acogida, volvió a publicarse una versión corregida bajo el nuevo título de “The old english baron”, atribuyéndola ya a Clara Reeve (aunque mantiene el artificio de traducción, haciendo mención incluso de páginas perdidas en el manuscrito original).

Pese a sus intenciones originales, la aparición de esta nueva obra suscitó el debate de si era preferible una fantasía desbocada, como la del Walpole (con cascos gigantescos que caen del cielo, por ejemplo) u otra más sutil; más proclive, por tanto, de ser creída por lectores con un criterio poco firme al respecto. Sea como fuere, cuando la novela gótica cobró fuerza en la última década del siglo, fue básicamente el modelo de Reeve el que se impuso, llevándolo incluso al extremo de desarrollar el recurso de lo paranormal explicado (acontecimientos aparentemente fantásticos que a la postre se muestran como naturales), abanderado sobre todo por Ann Radcliffe, la gran dama del género gótico.

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Pese a su importancia histórica, la historia en sí reviste de escaso interés. Por un lado tenemos a sir Philip Harclay (el Campeón de la Virtud), quien a su regreso de las Cruzadas acude a visitar a un viejo amigo, descubriendo para su consternación su fallecimiento muchos años atrás. Así, el castillo de Lord Lovel se encuentra ahora ocupado por el baron Fitz-Owen (el viejo baron inglés), cuñado del heredero de Lovel (quien acabó trasladándose a sus posesiones en Escocia).

En el castillo de Lovel, sir Philip conocé a la familia y sirvientes del barón, entre quienes destaca Edmund, un muchacho de origen humilde pero con grandes virtudes. La lealtad del joven hacia su señor impide que entre allí mismo al servicio del caballero, pero con el correr de los años los sobrinos del viejo Fitz-Owen, envidiosos de sus cualidades, traman contra él, predisponiendo en su contra incluso al heredero del barón y forzando su marcha. No antes, sin embargo, de descubrir un terrible secreto, durmiente por años en un ala abandonada, por encontrarse supuestamente encantada, del castillo.

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No voy a contar mucho más por no reventar las pocas sorpresas que depara la historia (si acaso hay alguna). La autora se empeña una y otra vez en destruir cualquier anticipación que pudiera estar gestándose, marcando claramente cada paso y telegrafiando con suficiente antelación cualquier giro futuro de la historia. Su interés, desde luego, no radica en transmitir emoción, sino más bien en instruir, como buena hija de reverendo, sobre el alcance de la Providencia divina, la importancia de la virtud, el castigo último de la maldad y la vía de escape del arrepentimiento sincero.

Por cumplir esa agenda, Clara Reeve es capaz de manipular la historia del modo más burdo, encajando las piezas para que todo cuadre, los personajes honorables reciban su recompensa y a los malvados les llegue su castigo (sin pasarse)… algo en verdad difícil cuando por el planteamiento del conflicto no es posible satisfacer las aspiraciones honorables de todos los personajes. Sí, al final fuerza una solución, pero es tan rocambolesca e implausible que tira por tierra cualquier pretensión de credibilidad. El mensaje importa más que la trama.

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Otro grave defecto reside en la insoportable santurronería de muchos de los personajes, en particular de Edmund, el supuesto protagonista más soso de la historia de la literatura (basta con ver cómo ninguno de los dos títulos que llegó a ostentar la obra hacen referencia a él). Si a todo ello le añadimos que pierde el atractivo del exceso que sí tenía “El castillo de Otranto”, es fácil entender que a ojos modernos “The old english baron” resulte una lectura muy poco estimulante (y para nada terrorífica; hasta el punto de que voy a clasificarla como de fantasía).

A su modo, sin embargo, resultó también innovadora. Novedoso fue, por ejemplo, el situar la acción no en un país lejano, sino en la misma Inglaterra (una característica que aún tardaría décadas en popularizarse). También consolidó muchas de las características del gótico (apariciones fantasmales, romance, secretos antiguos, personajes que no son lo que parecen…) y, sobre todo, apuntaló el que podríamos llamar “modelo Otranto” (durante muchos años se publicaron ambas novelas de forma conjunta), lo que posiblemente resultó crucial para que el goticismo se impusiera sobre el orientalismo de la un poco posterior “Vathek“.

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“The old english baron” fue también la primera novela del que podría llamarse “gótico femenino”, una tendencia que cobró fuerza entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, abarcando autoras como Ann Radcliffe, Eliza Parsons, Eleanor Sleath o la propia Mary Shelley, y que a su vez enlazaría con la obra de autoras un poco posteriores como Jane Austen o las hermanas Brontë (diluyendo cada vez más la faceta sobrenatural, hasta hacerla prácticamente desaparecer, al mismo tiempo que el gótico inspirado en “El monje” de Matthew Lewis se iban haciendo más y más explícito).

Conozco al menos un par de ediciones en español, traducidas ambas como “El barón inglé (aunque la más antigua añade “El campeón de la virtud”, al considerarlo, con acierto, un título más atractivo). La primera es de 1854 y no sé de otra hasta una muy limitada y reciente (2006) de la Universidad de Málaga. En versión original, puede descargarse gratuitamente a través del Proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

~ por Sergio en octubre 16, 2016.

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