The centaur

Algernon Blackwood fue uno de los principales autores de lo que ha venido a llamarse literatura weird (extraña). En su caso es particularmente apropiado, pues aunque podía bordear en ocasiones el terror, su principal objetivo no era despertar aprensión en sus lectores, sino un sentimiento de asombro ante supuestos poderes trascendentes, escondidos en el interior del ser humano, como extensión metafísica de las potencias naturales.

Él mismo fue un ferviente creyente en esta realidad mística, y en ese sentido, tras su retorno a Inglaterra a los treinta y tantos (después de haber desempeñado toda una plétora de trabajos en Canadá y Estados Unidos), empezó a escribir decenas de relatos de ficción sobrenatural (entre los que destacan sus cuentos de fantasmas o los relacionados con el detective de lo oculto John Silence), que compiló en numerosas antologías (más de treinta a lo largo de su vida), así como catorce novelas. Toda esta obra se alimentaba de su experiencia con el ocultismo, bien sea a través de su participación en el Ghost Club (una organización que osciló con los años entre una reunión de escépticos empeñados en investigar supuestos casos de actividad paranormal y tertulias de fervorosos creyentes) y en organizaciones más secretas como logias rosacrucianas o la propia Orden Hermética de la Aurora Dorada.

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Aunque muy afamado en su tiempo, en la actualidad se le recuerda sobre todo como influencia temprana de Lovecraft, que lo ensalzó como uno de sus cuatro maestros contemporáneos del horror sobrenatural (junto con otro autor con el que comparte mucho, Arthur Machen, aunque éste, en títulos como “El gran dios Pan“, tiende más hacia el terror), con dos novelas cortas destacadas: “Los sauces” (1907) y “El wendigo” (1910). Así, muchas de sus mejores obras, como la antología “Incredible adventures” (1914), permanecen inéditas en español, lo que es el caso de “The centaur” (1911), la novela que paso a comentar.

Estructuralmente es extraña. Se trata de la narración de la narración de una experiencia mística, acontecida a un tal Terence O’Malley, un irlandés con una sensibilidad especial, que se siente ajeno a su tiempo, necesitado de reconectar con la auténtica realidad espiritual del mundo, cada vez más alejada del hombre en medio de la vorágine de cambios tecnológicos y sociales que caracterizó la revolución industrial. Esta experiencia se reconstruye para los lectores a partir de los comentarios de su albacea testamentario, que trata de construir una narración coherente a partir de diversas fuentes, principalmente los propios e inconexos diarios de O’Malley, pero también varias conversaciones personales mantenidas con él.

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En un viaje a las montañas del Cáucaso (Blackwood consideraba él mismo la escalada como una experiencia mística, lo que se refleja en gran parte de su ficción), a bordo de un paquebote, O’Malley se tropieza con un par de seres peculiares, un hombretón y su hijo, silenciosos y retraídos, de los que sin embargo parece emanar un aura irresistible para el irlandés, algo que lo retrotrae a épocas pretéritas, en las que los seres humanos no habían perdido el contacto con la Tierra. Allí, a medias contenido, a medias espoleado por el médico del barco (el doctor Stahl, posiblemente una referencia al químico y filósofo alemán Georg Ernst Stahl, que malrepresenta la incredulidad científica, en lucha contra la necesidad de creer), emprende un viaje que le lleva, cómo no, a las montañas, a descubrir el espíritu de la Tierra, proyectado en el mundo antiguamente como dioses y criaturas fantásticas (como los centauros), y del que los propios hombres no son sino facetas (que han perdido la autoconsciencia necesaria para darse cuenta de su verdadera naturaleza).

Una y otra vez Blackwood hace referencia a la obra de Gustav Fechner, aunque no en su faceta científica (se le considera el fundador de la psicología experimental), sino filosófica. Así, desarrolla una concepción animista del universo, que rechaza fervorosamente el progreso y todas sus manifestaciones y abraza en su lugar la convicción de una escala espiritual, una dimensión que lo une todo al nivel más profundo imaginable. Vamos, lo que unas décadas después acabaría conformando el movimiento New Age, aunque con una filosofía menos elaborada, y en muchos sentidos más sincera.

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El problema de todo ello es que hay muy poco más en las más de trecientas páginas del libro. Una y otra vez está O’Malley haciendo gala de su brutal conservadurismo, exponiendo con pequeñas variaciones su pseudofilosofía y apelando, por supuesto, a la emoción, porque a través del intelecto no hay por dónde sostenerlo. El discurso de Blackwood es el de un niño desconcertado, que se niega a aceptar la complejidad del mundo y construye fantasías reconfortantemente simples para justificar su sentimiento de desconexión. No voy a negarle capacidad literaria, pero el exceso, la reiteración, resultan agotadores.

El propio autor parece darse cuenta de su inevitable fracaso, así que pone en boca de su narrador secundario la frustración por su propia incapacidad de caracterizar con palabras todas las facetas de una experiencia mística (al fin y al cabo, el lenguaje se construye a través de la lógica, no del sentimiento).

Supongo, pues, que el disfrute de “The centaur” dependerá mucho de hasta qué punto el lector sea receptivo al misticismo de Blackwood. Personalmente, no mucho (o nada). Lo que extraígo de la novela es la pataleta de un autor profundamente reaccionario (parece mentira cómo abunda esa característica entre los autores de fantasía de la época), que se siente él mismo desconectado de su época (por haber nacido cincuenta años demasiado tarde… o cincuenta demasiado pronto, pues resulta en verdad muy protohippy). Tampoco ayuda que el título suponga un spoiler como una casa, que arruina la poca sorpresa que podría deparar la lectura.

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Las ideas presentes en la novela no dan de sí para un formato tan extenso. Como alguien encantado de charlas sobre lo que le gusta, no calcula bien la capacidad de aguante de cualquiera que no se muestre igual de entusiasmado con lo que cuenta. Supongo que para el lector adecuado, “The centaur” supondrá toda una experiencia fascinante, pero en como no comulgues con sus ideas, se hace muy, muy cuesta arriba terminarla.

Si aún no os he desanimado, podéis encontrar una edición electrónica de la novela en el Proyecto Gutenberg, aunque recomiendo que probéis antes con “Incredible adventures”, que toca temas muy similares, aunque al ser en (relativamente) pequeñas dosis es más digerible.

~ por Sergio en septiembre 13, 2016.

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