La naranja mecánica

En 1962, acuciado por la necesidad de publicar, el escritor británico Anthony Burgess lanzó al mercado una novela, escrita con ciertas prisas, que se alejaba por completo de todo lo que solía producir. Una distopía de futuro cercano (cuando el futuro cercano no estaba ni mucho menos de moda), que era también una sátira en torno a la violencia, la manipulación política, la psicología conductista y el libre albedrío.

En su momento pasó un poco desapercibida entre los aficionados a la ciencia ficción (unos años más tarde, con J. G. Ballard orientando su carrera en esa misma dirección tras sentar las bases de la New Wave británica, el resultado hubiera sido con toda seguridad distinto). Por suerte (o por desgracia, según el propio autor), el cineasta Stanley Kubrick se fijó en ella para dirigir una muy fidedigna adaptación que se estrenó en 1971, rodeada de alabanzas y una polémica que ha perdurado hasta nuestros días. La película cosechó, entre otros muchos reconocimientos, el premio Hugo, y la novela pasó a convertirse en un clásico dentro de las colecciones de ciencia ficción (eclipsando, de paso, para su desesperación, el resto de la producción de Burgess),

Lo más curioso es que, leyendo las declaraciones del autor a lo largo de los años, da casi la impresión de las piezas encajaron a la perfección casi por azar. “La naranja mecánica” (“A clockwork orange”) parece un monstruo que escapó al control de su creador, cobrando vida propia y componiendo un discurso confuso, contradictorio y fascinante, con unas resonancias que no eran exactamente las que Burgess tenía en mente cuando la componía.

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Para ilustrar este punto cabe hablar del episodio siete de la tercera parte de la obra (compuesta por tres actos de siete capítulos cada uno). Cuando Burgess quiso publicar la novela en los EE.UU. su editor se empeñó en eliminarlo, por considerar que la obra perdía fuerza. Aquella versión truncada (la única disponible en Norteamérica hasta 1986, y la base también de las primeras ediciones en español), fue la que tomó como molde Kubrick para su guión, y aunque posteriormente supo de la mutilación, nunca se planteó seriamente incluir esa coda redentora en la película, al considerar que la evolución del personaje resultaba incongruente (en otras palabras, que el autor, insatisfecho con el lugar al que le había conducido la historia de Alex, había forzado la narración para reconducirla hacia donde había planeado a priori).

Cualquiera que haya visto la película tiene una idea muy aproximada de la trama de la novela, pues aquélla sigue con sorprendente fidelidad a ésta. Los cambios se limitan en general a pequeños ajustes en las escenas y, sobre todo, a un pequeño aumento en la edad de los personajes (que en la versión literaria rondan los quince años, con algunas de sus víctimas femeninas de una edad significativamente inferior). Alex es un joven nadsat, es decir, entregado a una opción estético-filosófica (nihilista) que unos años después se hubiera etiquetado como “tribu urbana”. Su grupo se caracteriza por unos patrones específicos de vestimenta, una jerga salpicada de términos de raíz eslava (una mezcla entre inglés y ruso, sobre todo, muy bien “traducida” al español, con la colaboración del propio autor) y, sobre todo, por un ejercicio desmedido de la violencia.

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Junto con su cuadrilla de drugos, asistimos en la primera parte de la novela a una sucesión de desmanes, a cual más excesivo y desagradable, incluyendo palizas, robos, violaciones, luchas territoriales, maltratos familiares, rencillas internas e incluso asesinatos. Atrapado finalmente por los militsos, Alex ingresa en un sistema penitenciario saturado, incapaz de proporcionar una auténtica oportunidad de reeducación. Ahí entra en juego el Método Ludovico, una terapia conductista por aversión llevada al extremo, que le hace incapaz no sólo de ejercer, sino incluso de concebir una actitud violenta. De acuerdo con la filosofía de la novela, Alex ha dejado de ser humano para convertirse en la naranja mecánica del título, privado del libre albedrío para decidir voluntariamente entre el bien y el mal.

Una vez excarcelado, la narración asume la forma de una (falsa) fábula moral, al tropezarse Alex una y otra vez con las antiguas víctimas de sus desmanes, que aprovechan su nueva condición para cobrarse venganza (lo de falsa va porque el dolor ocasionado previamente es muy, muy superior, lo que hace del castigo una mera compensación simbólica), antes de caer en manos de un grupo de izquierdistas radicales que planean utilizarlo como ejemplo de la inhumanidad del gobierno.

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A la postre, Alex es “curado” (es decir, se le devuelven sus instintos violentos) para, según la versión original (el famoso capítulos 3-7) crecer y madurar (en un par de años), hasta abandonar la senda de la violencia (lo cual, sinceramente, posee implicaciones mucho más monstruosas que el reconocimiento de la maldad intrínseca de ciertas personas, pues plantea la violencia extrema como un mero defecto de carácter, fruto de la inmadurez, y ofrece a Alex una redención completa sin que medie ningún tipo de arrepentimiento o expiación voluntaria).

Como puede apreciarse, la postura frente a la violencia es ambigua, o más que ambigua, indiferente. La novela ni la condena ni la defiende (salvo quizás en ese capítulo final). Se limita a exponerla con crudeza, ligeramente matizada por la jerga nadsat, que elimina del vocabulario palabras (slovos) como pechos (grudos), sangre (crobo), golpear (tolcochar) o testículos (yarboclos). Ésa, al menos, era la intención confesa de Burgess (evitar caer en la pornografía, según sus propias palabras), aunque los resultados van mucho más allá.

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Por un lado, el uso reiterado de unas pocas docenas de palabras nadsat confiere al texto un ritmo aliterante, y simplifica el discurso, despojándolo de cualquier aspiración de intelectualidad y volviéndolo más pasional, más básico. Toda la acción se construye en torno a ese puñado de palabras: moloco (leche), ruca (mano), litsa (cara)… que leemos una y otra y otra vez, entre ocasionales apelaciones directas (hermanos) en un discurso coloquial y cercano en primera persona. Todo ello nos convierte en los compinches (drugos) de Alex, nos hace partícipes de sus experiencias, cómplices pasivos de su violencia (la experiencia cinematográfica es quizás más visceral, pero proporciona más espacio para el distanciamiento).

Tomando todo esto en consideración, no es descabellado bautizar el libro como una suerte de “manifiesto nadsat”, y en cierto sentido “La naranja mecánica” fue un título profético por lo que respecta al auge de la violencia juvenil (especialmente en el Reino Unido), y hubo no pocos episodios ligados al binomio novela/película (por no hablar de la influencia que ambas ejercieron en el movimiento punk).

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Tampoco la lectura política es simple. El mundo descrito inicialmente parece fruto de un régimen socialista extremo (casi comunista), hipócrita, que propicia el que medre el fenómeno de la violencia juvenil. Como reacción, se da un cambio hacia planteamientos más bien fascistas, que no eliminan la violencia, sino que se limitan a institucionalizarla (contratando a los antiguos pandilleros como militsos). Mientras, políticos de uno y otro signo utilizan a Alex a su antojo, sin para mientes en ningún momento en lo que de verdad necesita o le conviene.

“La naranja mecánica” fue un título adelantado en muchos sentidos a su tiempo, y abrió quizás la puerta a exploraciones de la violencia posteriores como las del ya mencionado Ballard (“La exhibición de atrocidades”), o mucho después Bret Easton Ellis (“American psycho”) o Chuck Palahniuk (“El club de la lucha”). En cualquier caso, su fama siempre ha viajado a rebufo de la de la película; en este caso, al menos, una representación fiel del original… salvo por ese final.

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Venga, voy a mojarme. La novela es mucho más redonda en su versión truncada. No niego la posibilidad de redención, pero veinte capítulos de depravación no se redimen por decreto en unas pocas páginas.

Otras opiniones:

~ por Sergio en agosto 3, 2016.

Una respuesta to “La naranja mecánica”

  1. Reblogueó esto en Paseos Intersticialesy comentado:
    La naranja mecánica

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