Alcantarillado, gas y electricidad

La segunda novela del neoyorquino Matt Ruff fue una farsa surrealista postcyberpunk titulada “Alcantarillado, gas y electricidad” (“Sewer, gas & electric: The public works trilogy”, 1997), una novela dedicada jocosamente a Any Rand, que presenta una visión distorsionada e irónica de la sociedad americana de principios de los años 90, proyectada a un 2023 tan excesivo como inverosímil.

La historia se fragmenta en múltiples puntos de vista interconectados, girando en torno a una crisis cuyo origen se encuentra dieciséis años atrás, cuando una extraña pandemia aniquiló de la noche a la mañana a todos los negros del mundo (salvo los pocos cientos o miles caracterizados por poseer ojos de un inusual color verde). Así, tenemos a Harry Gant, magnate industrial, obsesionado con los rascacielos y con tantas ideas prácticas como incapacidad (o más bien indiferencia) hacia el aspecto financiero de sus negocios. También está su ex mujer, Joan Fine, una entusiasta activista por mil causas que trabaja en la Oficina Zoológica del Departamento de Alcantarillado de Nueva York (controlando las especies invasoras que han hecho del contaminado laberinto inundado su hábitat). Eso por no hablar de la tripulación del Yabba-Dabba-Doo, el submarino pirata capitaneado por Philo Dufresne, uno de los pocos afroamericanos que sobrevivieron a la epidemia, criado en una colonia amish y entregado al ecologismo beligerante (aunque más burlón que violento, dentro de sus posibilidades) o Lexa Thatcher, periodista gonzo, amiga de Joan y mujer de Philo (y de Toshiro Goodhead, un stripper sin demasiado peso en la historia).

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Podría seguir (por ejemplo, con la veterana de la Guerra Civil americana, y por tanto anciana manca de ciento ochenta años, Kite Edmonds, o el esquimal experto en kung-fu Veintinueve-palabras-para-la-nieve), pero creo que os hacéis una idea del tipo de personajes que pululan por la novela. Para completar el resumen de antecedentes tan sólo cabría mencionar a los negros eléctricos, básicamente robots humaniformes, comercializados por industrias Gant, que han ocupado sin estridencias el nicho en el que los auténticos negros se negaban a verse encasillados (servidores complacientes, con suficientes salvaguardas para hacerlos completamente inofensivos).

¿He mencionado ya a Meisterbrau, el tiburón blanco (carcharodon carcharias) mutante de las alcantarillas? ¿O que el Yabba-Dabba-Doo está pintado de verde con grandes topos rosas y sus cañones de inducción electromagnética utilizan como munición salami kosher?

Como se puede apreciar, Matt Ruff no se toma las cosas muy en serio, lo que le permite abordar con humor iconoclasta algunos de los temas más polémicos de su época, como el conflicto palestino-israelí, las revueltas raciales, el SIDA, el ecologismo militante de Greenpeace corregido y aumentado, el capitalismo salvaje o las crisis de refugiados. No es que hayamos mejorado mucho desde entonces, y muchos de los problemas que aborda siguen siendo pertinentes, aunque eso sí, su visión de lo mismos se percibe claramente desfasada. Es el problema del Futuro Cercano, que el mundo acaba por ponerse al día y la perspectiva de la novela no ha cambiado (de todas formas, ya avisa el propio autor que la novela no pretende en modo alguno hablar del futuro, sino que trata sobre todo del 1990 en que comenzó a escribirse, y como mucho del 1994 cuando concluyó la escritura).

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Lo que sí puede achacársele es que, bajo todo su afán irreverente y su buena disposición a la hora de abordar temas comprometidos, a la hora de la verdad no termina de comprometerse en nada. Lo más cerca que está de ello es diseccionando las motivaciones tras la filosofía enaltecedora del egoísmo de Ayn Rand (que es un personaje de la novela, como simulación de personalidad), aunque el que podría considerarse el tema central, el encaje de la población negra en EE.UU., se escapa con un par de apuntes, un somero análisis y ninguna conclusión que yo haya podido entresacar (tras introducir en la ecuación de forma totalmente gratuita y a la postre inconsecuente a J. Edgar Hoover y Walt Disney).

Cuando toca echar toda la carne al asador, Matt Ruff se contenta con jugar con las piezas que ha ido disponiendo, haciendo malabares (y trampas, pues recurre más de lo recomendable al azar puro y duro y a las coincidencias inverosímiles) para ir encajándolo todo en un clímax convenientemente caótico y explosivo, aunque algo más que forzado, lo que paradójicamente le resta impacto a la novela, al desaprovechar en cierto modo el magnífico trabajo de construcción de personajes.

No puedo dejar de mencionar una circunstancia. Ciertos errores recurrentes (false friends sobre todo) me hacen dudar de la idoneidad de la traducción, y precisamente el humor es un género muy delicado, que depende mucho del ritmo y de la elección de la palabra justa, así que no descarto la posibilidad de que parte de la gracia de la novela se haya perdido en el proceso de edición en español (otro grave error sería la horrible portada, medio heredada de la original americana, que junto con su publicación en una editorial no especializada quizás explique el que pasara casi totalmente desapercibida).

Respecto a las fuentes de inspiración, se nota que el autor ha hecho los deberes y bebe claramente del cyberpunk (quizás más de la versión gamberra de Rudy Rucker que de la estética sofisticada de William Gibson), de los robots asimovianos e incluso del Philip K. Dick de obras como “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. También se menciona en numerosas críticas la deuda con la obra de Thomas Pynchon, aunque ése es un extremo que no me encuentro en condiciones de ratificar o desmentir.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en julio 23, 2016.

2 comentarios to “Alcantarillado, gas y electricidad”

  1. Personalmente me pareció una lectura muy curiosa, de la que me llamó especialmente la atención el personaje de Ayn Rand y su obra “La rebelión de Atlas”, que Matt Ruff no deja de criticar.

    Resultaba divertida e interesante a ratos, pero sí, la conclusión quedaba un poco descafeinada si no recuerdo mal.

    • Es que por momentos parece que está apuntando a algo más, pero al final se contenta con un reflejo humorístico de su época, con menos calado del que podría haber alcanzado. Una pena, pero como bien dices, al menos es una lectura curiosa y entretiene, que no es poco.

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