The monk (El monje)

“The monk: A romance” bien podría ser la novela más influyente de la historia de la literatura fantástica, o cuando menos del género de terror. Su publicación en 1796 supuso una pequeña revolución en el precursor del terror moderno, la novela gótica, dominada hasta la fecha por la mera sugerencia inquietante de lo sobrenatural (arte en el que era una maestra Ann Radcliffe).

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En ese panorama irrumpió con descaro (y no pocas dosis de inconsciencia) un joven de diecinueve años llamado Matthew Gregroy Lewis, con una novela que no sólo se regodeaba en la injerencia sobrenatural, sino que tampoco desaprovechaba ocasión para escandalizar, con crímenes horrendos, depravación sexual, magia negra, bandidaje, encantamientos y víctimas inocentes sucumbiendo a los peores destinos imaginables (todo ello, por supuesto, para una sensibilidad de finales del siglo XVIII, que desde entonces nos hemos desensibilizado un tanto).

“El monje” es un novela coral, que sigue las vicisitudes que acontecen a una serie de personajes en un Madrid que el autor jamás había visitado y que pinta como un núcleo de hipocresía y superstición (la visión que del catolicismo tenía un inglés, criado en ambientes diplomáticos). El monje del título es Ambrosio, un hombre joven y virtuoso, recientemente nombrado prior de los capuchinos, cuyo fervor y supuesta santidad es la comidilla de la ciudad. El caso es que, criado por los propios religiosos, su virtud inmaculada se sustenta en la circunstancia de no haber sido puesta nunca a prueba.

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Así, la novela es en parte la historia de la caída en la depravación de Ambrosio (que se inicia cuando uno de los novicios del monasterio se revela como una mujer disfrazada, Matilda, que lo admira sin reservas), pero con la suya se entremezclan otras historias, siendo la principal la de la novicia Agnes, a punto de tomar los hábitos en el adyacente convento de Santa Clara, aunque secretamente enamorada de Don Raymond (y, de hecho, esperando un hijo suyo por un “desliz”). Tras ciertas tensiones iniciales, el enamorado recluta la ayuda de Don Lorenzo de Medina, hermano de Agnes, que se compromete a arrancarla de las garras de la estricta y cruel prioresa. Para complicarlo todo, llega también a Madrid Antonia, una joven inocente y sin apenas recursos (de origen noble, aunque desheredada) pero de gran hermosura, que pronto conquista el corazón de Don Lorenzo… y despierta también la lujuria de Ambrosio.

Con estos personajes (y alguno más menor), Lewis entreteje un lienzo en el que no se priva de nada, desde el asesinato a la violación, e incluso el incesto. Agnes y Antonia son juguetes en manos de auténticos depredadores, ya sean movidos por pasiones lúbricas o la ambición y la arrogancia, mientras que los supuestos héroes de la historia no pasan de ser unos mozalbetes atontados que no se enteran de la misa la mitad.

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Dividida en tres volúmenes, el primero resulta bastante anodino, limitándose a plantear unos conflictos claramente escandalosos, aunque contenidos, como si el autor se hubiera estado conteniendo conscientemente para no apartarse de una senda más o menos realista. En el segundo volumen la cosa cambia, sobre todo a partir de la introducción de lo sobrenatural en la historia. Pasado un episodio de bandidaje (muy apropiado para provocar estremecimientos entre los viajeros de la época), se nos presenta el primer intento de Raymond (bajo el nombre supuesto de Alfonso de Alvarada) por rescatar a Agnes de su destino. Así nos encontramos con el episodio de la monja ensangrentada (un típico cuento de aparecidos), aderezado con una de las primeras manifestaciones literarias de la leyenda del judío errante, que supone desde mi punto de vista el punto fuerte de la novela.

El abrazar lo fantástico parece liberar al autor de inhibiciones, porque a partir de ese punto la novela gana en interés y evoluciona por caminos que con toda probabilidad no estaban previstos cuando comenzó la escritura. La caída de Ambrosio adquiere tintes demoníacos, la crueldad de la prioresa alcanza niveles de sadismo y la naturaleza de Matilda va mutando, tranformándose primero en cultivadora de las artes oscuras y luego… En fin, que Lewis pone toda la carne en el asador, invitando incluso a la Santa Inquisición a la fiesta, y creando así un sustrato del que iría extrayendo inspiranción los diversos movimientos románticos (empezando por el alemán, siguiendo por el inglés y culminando en el americano, que se extendió hasta ya entrado en siglo XX de la mano de Clark Ashton Smith).

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En “El monje”, Lewis integró dos grandes tradiciones: por un lado la más reconocida de literatura gótica, que arrancó con “El castillo de Otranto” (Horace Walpole, 1764) y tuvo como antecedente directo “Los misterios de Udolfo” (Ann Radcliffe, 1794); por el otro, el más sensacionalista schauerroman alemán (novela de estremecimientos), muy popular (aunque mal considerado) entre las clases altas inglesas, centrado en sociedades secretas (un tema que Lewis no trata), nigromancia y pactos satánicos (con los subgéneros del räuberroman, o novela de bandidos, y geisterroman, o novela de fantasmas ). Se puede apuntar directamente, por ejemplo, a “Das Petermännchen”, de Christian Heinrich Spiess (1793), como inspirador del giro sobrenatural que toma la historia.

En Inglaterra la publicación de “El monje” supuso todo un escándalo y un éxito inmediato de ventas, que animó a Lewis a dar a conocer su autoría (lo que lo expuso a la crítica y lo marcó entre ciertos círculos de por vida, aunque también lo convirtió en amigo y referente para la generación de poetas románticos que se organizó en torno a Lord Byron). Aquello influyó hasta tal punto a la novela gótica que Ann Radcliffe se vio en la obligación de contestar con su propia versión de ese tipo de emociones, respetando su filosofía estética (que daba preeminencia al estremecimiento anticipativo frente a la reacción horrorizada) a través de “El italiano” (1797), que en prueba de lo mucho que había cambiado su género fue la última novela que publicó (en vida, pues póstumamente apareció en 1826 “Gaston de Blondeville”).

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Entre las influencias directas pueden también mencionarse “Los elixires del diablo” (E.T.A. Hoffman, 1815) y “Melmoth, el errabundo” (Charles Maturin, 1920), aunque en general, como apuntaba en los primeros párrafos, la sombra de “El monje” se extiende sobre todo el romanticismo, y es muy perceptible, por ejemplo en títulos fundacionales del horror moderno como “Frankenstein” (1818) o “El vampiro” (1819). De igual modo, el estilo escandaloso y los continuos golpes de efecto constituyeron un anticipo del que sería el género más popular del siglo XIX, el folletín.

Otra muestra de la influencia de “El monje” en la literatura posterior la encontramos en la creación del prototipo del religioso dominado por sus bajas pasiones, que se perpetuaría en obras como “Nuestra Señora de París” (Victor Hugo, 1830), y ha seguido inspirando títulos hasta nuestros días (“The priest: a gothic romance”, de Thomas Disch, 1994).

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Podéis descargar una edición electrónica de “El monje” (en inglés) a través del Proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en julio 14, 2016.

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