El índice del miedo

Cada vez es más frecuente encontrar temas y escenarios propios de la ciencia ficción en la literatura generalmente considerada mainstream. En muchos casos tan sólo les falta la etiqueta (de la que muchos autores “serios” huyen como de la peste), y entonces nos encontramos con libros alabados por propios y extraños… aunque personalmente casi siempre se me antojan bastante derivativos en cuanto a que se limitan a reciclar ideas que llevan circulando décadas, sin que la crítica general se hubiera molestado nunca en prestarles atención. Eso sí, como se trata de escritores de prestigio, hay que alabar su osadía y el que hayan sabido extraer petróleo de un género menor (supongo que se nota que no suelen hacerme mucha gracia unas incursiones que aportan muy poco y que más que normalizar, resaltan la línea divisoria entre la literatura friqui y la “de verdad”).

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Aparte, sin embargo, hay otros casos en los que la incursión es casi involuntaria. Simplemente, la trama se desvía por terrenos en los que sólo la literatura fantástica se encuentra cómoda, y así “obliga” al escritor a reconvertirse para salir con bien del brete. Lo más normal es que tampoco reinventen la rueda, ni nada parecido, pero es una exploración mucho más sincera… y permite comprobar qué conceptos anticipativos empiezan a introducirse en el pool cultural general.

Durante los últimos años, tal y como anticipó en su momento Vernor Vinge, uno de esos conceptos es el de la Singularidad Tecnológica.

Retrocedamos un poco para hablar de Robert Harris. Se trata de un autor que ya en su primera obra de ficción se acercó, probablemente sin saberlo, a la ciencia ficción. Esa obra de debut fue la ucronía “Patria” (1992), con un escenario clásico, el qué hubiera pasado si los nazis hubieran salido triunfadores de la Segunda Guerra Mundial (porque Estados Unidos no llegó a involucrarse nunca). Tras un par de novelas relacionadas también con este mismo conflicto, Harris se pasó a la novela histórica, con “Pompeya” e “Imperium”, el inicio de su trilogía en torno a Cicerón. En 2007 viró de nuevo hacia el thriller político (con “El poder en la sombra”), y en esa misma línea contemporánea podría decirse que se inscribe la novela que nos ocupa, “El índice del miedo” (“The fear index”, 2011).

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En vez del poder político, el objetivo de la novela se dirige hacia el económico, y se centra específicamente en los fondos de cobertura (hedge funds), como excusa para analizar la paradoja de que a ciertos inversores les pueda interesar un mercado con una tendencia general a la baja y, por tanto, la desestabilización de todo el entramado económico (algo que saltó a primera plana con el estallido de la crisis de 2008 y los ataques al euro y a la deuda pública de ciertos países comprometidos, como Grecia y España). Adicionalmente, examina la influencia de los algoritmos de gestión de activos, que tuvieron su papel en el conocido como Flash Crash de 2010 (una caída del Dow Jones de un 9% que duró apenas unos minutos).

Con todo ello, Harris imagina un hedge fund suizo dirigido por el físico americano Alex Hoffmann, creador del VIXAL, un sistema de inteligencia artificial, programado para integrar una ingente cantidad de información y aprender de la experiencia para obtener beneficios “apostando” en contra de la volatilidad prevista (el tan esgrimido miedo en los mercados). La idea básica original consiste en adelantarse, gracias a una superior capacidad de análisis y la automatización de las operaciones, a las caídas de las bolsas… aunque el resultado obtenido supera estas “modestas” aspiraciones.

Es éste el punto en el que entra en la historia la ciencia ficción, con la puesta en marcha de la versión cuatro del software de gestión, que se lanza de cabeza a una serie de operaciones aparentemente de altísimo riesgo, que sin embargo no dejan de procurar beneficios cada vez mayores (justo el día en que se están planteando una ampliación del capital invertido). Simultáneamente, Hoffmann es víctima de un inexplicable ataque en su propia casa, que no es sino el preludio de una serie de incidentes extraños que le impiden atender correctamente al preocupante desarrollo de los acontecimientos en su empresa.

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Vaya por delante que Harris es mucho mejor escritor de novela histórica que de tecno thrillers. Cada una de las escenas, desde la inicial, parece estar gritando al lector lo importante que es recurriendo a los trucos más burdos del estilo bestseller. Al parecer, no existe suficiente confianza en lo que se narra, y toca potenciar la atención a base de sensacionalismo (incluso cuando lo narrado no tiene nada de sensacional). También se nota que lo de la inteligencia artificial es un desarrollo no premeditado. El autor quería escribir sobre la desregulación del sistema financiero, la avaricia estúpida que mueve a los grandes inversores y el miedo como herramienta de generación de riqueza (a costa de generar pobreza en muchos otros). Posiblemente, durante la documentación de la obra se tropezó con los algoritmos de inversión, sujetos como tantos otros procesos a la ley de Moore de incremento exponencial del desempeño, y unas cosas llevaron a otras, hasta que se encontró describiendo no sólo una crisis económica, sino una crisis singularista de manual.

Sí, es cierto que no sabe mucho lo que hacer con todo ello. Al final cae en los vicios típicos de subgénero (trillados hasta la saciedad por Michael Crichton), aunque al menos lo hace con cierto nivel de autoconsciencia (aprovecha la ambientación ginebrina para dejar caer numerosas referencias al “Frankenstein” de Mary Shelley). Ello no evita que durante al menos dos tercios de la novela, y prescindiendo de las tribulaciones exageradas del doctor Hoffmann, el desarrollo de los acontecimientos resulte estremecedoramente plausible. Luego a Robert Harris le entró vértigo. Posiblemente el llevar la trama a su conclusión lógica hubiera supuesto alienar a la mayor parte de sus lectores, así que se saca de la manga un muy poco convincente “contraataque” humano (coronado por una aún menos encomiable vuelta de tuerca final), para dejar las cosas más o menos como estaban.

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Una lástima. Echa a perder una novela más que recomendable, aunque por fortuna es lo bastante corta y ágil como para que esta “cobardía” final no moleste demasiado. Estamos acostumbrados a percibir la Singularidad como algo tremendo, apocalíptico (en plan Skynet arrasando el planeta con bombas atómicas), pero libros como “El índice del miedo” nos muestran que el auténtico peligro radica en que perderíamos el control de los acontecimientos frente a una inteligencia más rápida y potente (y si además está entrenada a considerar que el miedo en los mercados es algo bueno y deseable, pues apaga y vámonos).

La novela no llega a profundizar en casi nada, pero sí apunta en las direcciones correctas, y sólo por ello ya sería recomendable. También ocurre a menudo que a los escritores de ciencia ficción les pierde el ansia por buscar siempre el escenario más impactante posible, y ello puede hacer que ideas como la de la Singularidad parezcan lejanas y altamente especulativas. No está de más prestar de vez en cuando atención a escenarios más simples, que si luego el autor no se atreve a sacarles todo el jugo posible, para eso está la imaginación de cada cual… o no, que pensar demasiado en según qué cosas puede resultar muy, muy perturbador.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 8, 2016.

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