Don Rodriguez: Chronicles of the Shadow Valley (Don Rodrigo)

Tras dedicar los tres primeros lustros de su carrera literaria a los cuentos breves, Lord Dunsany imprimió en torno a 1920 un giro a su carrera, concentrándose en la poesía y el teatro y empezando a experimentar con formatos más extensos para su ficción. Fruto de ello llegó su primera novela en 1922, “Don Rodriguez”, que para su lanzamiento simultáneo en los Estados Unidos adoptó el subtítulo de “Chronicles of the Shadow Valley”.

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“Don Rodriguez” es una novela inmadura, cuyo tono e intenciones van variando a medida que se va desarrollando la trama. Así pues, empieza como un homenaje bastante directo a “Don Quijote de la Mancha”, sólo que recuperando la magia que está ausente (y es despreciada) en la obra de Cervantes.

Así pues, se ambienta en la Edad de Oro española, pero no en lo que nosotros conocemos como el Siglo de Oro, sino en esa Edad de Oro mítica con la que sueña Don Alonso Quijano, al que ha tocado en (mala) suerte vivir en la de Hierro, cuando ya los caballeros andantes, los encantamientos y las gestas son leyenda de antaño. En su lecho de muerte, el padre de don Rodriguez (Dunsany lo toma por nombre) desheredera a su hijo mayor, pues siendo diestro en el manejo de la espada y la mandolina no tendrá problemas en ganarse su propio castillo.

Don Rodrigo

Así parte nuestro héroe, con unas pocas monedas en la bolsa y un objetivo claro: buscar las guerras, donde un caballero puede hacer fortuna. En su primera aventura, en la que evita caer en la trampa de un posadero asesino, se hace con los servicios de su propio Sancho Panza, un hombre sencillo de nombre Morano, que a partir de ese momento lo acompaña, proporcionando el asidero del sentido común al idealismo de Rodriguez (y friendo tocino, mucho tocino).

Las siguientes aventuras muestran también claros paralelismos con el Quijote. Primero tropieza con la residencia montañosa de un hechicero (catedrático de magia en la universidad de Zaragoza, posiblemente por influencia del “Manuscrito encontrado en Zaragoza”, de Jan Potocki), que le muestra en un espejo las guerras del pasado y del futuro, y luego envía los espíritus de Rodriguez y Morano en un viaje astral a las inmediaciones del Sol. A continuación, tras escapar de tan inquietante anfitrión, liberan sin mucho motivo a un hombre al que la “Garda Civil” está a punto de ahorcar, quien en agradecimiento talla para nuestro héroe una moneda de oro con el blasón del Valle de las Sombras (un bosque de ambigua reputación, que deberán cruzar con tal de llegar a los Pirineos y a las guerras).

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Hasta aquí la influencia quijotesca. Como se puede apreciar, don Rodriguez es un reflejo positivo de don Alonso Quijano (y no por casualidad es un joven idealista, en vez de un anciano trastornado). Así, el planteamiento y desarrollo de sus aventuras son similares (las equivalentes del Quijote serían la batalla con los pellejos de vino en la posada, la broma de Clavileño y el encuentro con los galeotes), aunque el resultado sea muy diferente. Incluso prosigue un poco más, con el encuentro entre don Rodriguez  y la que será su gran amor, doña Serafina, en la aldea de Lowlight (¿Rescoldo?).

Sin embargo, ya están ahí plantadas las semillas del cambio, porque el episodio de las guerras futuras ha hecho que sobre la narración se cierna la sombra insoslayable de la muy reciente Primera Guerra Mundial, el fin de la inocencia para muchos y en la novela el giro hacia el tono crepuscular que anticipa el fin de la Edad de Oro. La novela debe lidiar con la realidad de que la guerra ya no es algo honorable, ni un oficio exclusivo de caballeros (sino de villanos armados con un fusil… o con una sartén).

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La historia deja atrás la fantasía y deviene en fábula, mientras don Rodriguez se encuentra con los arqueros del Valle de las Sombras (un grupo de hombres libres, salidos directamente de las leyendas de Robin Hood), viaja por el Ebro y el Segre, atraviesa los Pirineos y participa en una batalla del lado de aquellos que escogieron la música (la última batalla honorable, en el bando de los soñadores).

Las recompensas de su hazaña, sin embargo, se prueban tan insustanciales como el humo. No hay auténtica victoria, ni castillos que ganar por la espada. Claro que un espíritu soñador como el de Lord Dunsany no puede consentir que todo acabe en derrota (moral), así que el género vuelve a mutar, adentrándose en los terrenos del cuento de hadas por intercesión del rey del Valle de las Sombras, que promete a Don Rodríguez que tendrá su castillo, y propiciando así sus esponsales con doña Serafina (por no hablar de que se pueda recompensar también la fidelidad de Morano).

“Don Rodriguez” no es una lectura sencilla. Para disfrutarla hay que aceptar los cambios de intención y tono. Tan pronto se encuentra en terrenos cercanos a la parodia como revierte en el lenguaje poético y recargado de sus primeras obras (logrando en ocasiones párrafos perfectos y pasándose de frenada en otros hasta entrar en la ñoñería más vergonzosa). Se nota que Lord Dundsany está aprendiendo las reglas sobre la marcha.

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Por supuesto, no transita territorios vírgenes por completo. Aparte de la ya mencionada influencia de Potocki, es muy evidente que sigue las huellas de los dos grandes precursores decimonónicos de la novela fantástica: George MacDonald (“Phantastes“) y, especialmente, William Morris (“El bosque del fin del mundo“). De igual modo, su propia influencia parece extenderse hacia los que lo siguieron, y en particular resulta imposible leer “Don Rodriguez” y no pensar en determinados segmentos de “El hobbit” (la travesía del Bosque Oscuro, cuyo nombre bien puede provenir de la ficción de Morris, pero cuya esencia parece extraída del Valle de las Sombras) o en la relación entre Frodo y Sam (otro cocinero con los pies bien asentados en el suelo).

En 1926 (después de publicar su obra maestra, “La hija del rey del País de los Elfos“), Lord Dunsany regresó al Valle de las Sombras para escribir, “The charwoman’s shadow” (publicada en España como “El crepúsculo de la magia”), la narración del fin de la Edad de Oro (el fin de la era de los prodigios) en esa España legendaria que sólo existió en su imaginación.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 29, 2016.

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