Hartmann, the anarchist

Hacia finales del siglo XIX varias ideas confluyeron en Inglaterra para dar lugar a un subgénero dentro de la ciencia ficción temprana que combinaba la fiebre por conquistar el aire con vehículos más pesados que éste con una sensación de crisis económica, política y social, lo que se ha venido a denominar espíritu de fin de siècle. Inspirados en “Robur el conquistador” (Jules Verne, 1886), aparecieron varias obras que plasmaban esta inestabilidad en tecnológicas amenazas aéreas, bien en manos de una de las peores manifestaciones de la misma, el por entonces muy activo terrorismo anarquista, bien como sombra anticipatoria de las grandes guerras del siglo XX (subgénero éste de la guerra futura que, obviamente, dejó de resultar atractivo con el estallido de la Primera Guerra Mundial).

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Una de sus primeras manifestaciones llegó de la mano de Edward Douglas Fawcett en 1893, con “Hartmann, the anarchist, or, the doom of the great city”, aparecida en The English Illustrated Magazine (entre junio y septiembre, por lo que empezó a publicarse después, pero terminó antes, que “The angel of revolution”, de George Griffith, publicada en Pearson’s Weekly entre enero y octubre).

Fawcett fue un escritor, poeta y articulista, asociado a la Teosofía, que a lo largo de su vida publicó tres novelas de ciencia ficción, siendo la que nos ocupa la primera. A ella siguieron en rápida sucesión “Swallowed by an earthquake” (una ficción de Tierra Hueca, en la que los protagonistas se ven arrojados un mundo subterráneo prehistórico, claramente deudora de “Viaje al centro de la Tierra”) en 1894 y “The secret of the desert or how we crossed Arabia in the Antelope” (un viaje extraordinario por los desiertos de Oriente Medio a bordo de un tanque anfibio, con descubrimiento de imperio perdido incluido) en 1895. A partir de entonces, quizás por no haber obtenido la repercusión esperada (o por haber quedado eclipsado bajo la alargada sombra de H.G. Wells y en menor medida de George Griffith) su obra parece centrarse en la “no ficción” (y entrecomillo lo de “no ficción” por su orientación teosófica).

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El que su obra no estaba suficientemente equipada para competir con sus contemporáneos queda claramente de manifiesto en “Hartmann, the anarchist”, un relato sin la complejidad filosófica de Wells ni el talento para el espectáculo de Griffith (quien en 1895 corregiría y ampliaría enormemente los temas abordados por Fawcett con “Los forajidos del aire“). Sin embargo, la breve novela no está exenta de méritos, y aunque permaneció en el olvido durante décadas, vale la pena recuperarla por su enfoque descarnado sobre un tema tan peliagudo (sea hace ciento veinte años como hoy) como es el terrorismo (y el odio y la sinrazón que lo engendran).

El protagonista y narrador de la historia es Arthur Stanley, un joven político que unos veinticinco años en el futuro (es decir, en torno a 1920, una vez concluida un gran guerra europea), se alinea con el socialismo moderado, que busca la reforma gradual de la sociedad a través de los cauces democráticos. Pese a estos ideales, por afinidad ideológica se encuentra cercano a elementos más radicales, que asociados al terrorismo anarquista buscan incitar la revolución violenta y la destrucción de la sociedad.

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El más prominente de entre los agitadores es Rudolph Hartmann, un terrorista presuntamente muerto una década atrás, tras atentar contra el rey provocando una matanza. Por su asociación con estos elementos (y con la madre de Hartmann, una pobre mujer que intenta todavía asimilar la naturaleza brutal de su hijo), Stanley acaba sabiendo de la reaparición del anarquista, lo que no hubiera podido anticipar es que regresa de la tumba al mando de un vehículo terrible, una aeronave, a la que llama el Atila, capaz de llevar la destrucción, impunemente, al corazón mismo de la ciudad que odia.

Por una serie de circunstancias, Stanley acaba como huésped involuntario del Atila, y a bordo suyo asiste impotente al bombardeo al que somete Londres (complementado con el vertido de petróleo en llamas y con la acción de unos pocos miles de agentes provocadores en el suelo, coordinados para contribuir y propagar el terrible incendio). A la postre, el joven logra que lo dejen ir, con la promesa de ocuparse de comprobar el estado de la madre de Hartmann (quien debería haber abandonado Londres tras las insinuaciones de su hijo, mas engañada por sus propias expectativas, ha permanecido en su casa).

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Sin entrar en demasiados detalles que puedan malograr la lectura, las cosas no terminan de ir del todo bien para Hartmann y sus secuaces. Sí, Londres y sus habitantes sufren enormemente bajo su ataque, pero a la larga su plan está condenado al fracaso. La escasez de medios para doblegar a toda una ciudad (pasada la sorpresa inicial), junto con ciertos golpes personales muy previsibles, conducen a la destrucción del Atila y a la muerte de Hartmann, el anarquista, y así un nuevo día amanece sobre el imperio británico, conjurado por el momento el pelibro (aunque Stanley no puede evitar especular sobre las consecuencias de la proliferación de ese tipo de ingenios entre los ejércitos del mundo).

Como se puede apreciar, es básicamente la trama de “Robur el conquistador”… convirtiendo a Robur en un terrorista anarquista (lo cual no es poca novedad). Eso sí, la ficción de Fawcett es mucho más violenta que la de Verne, y las motivaciones de su villano van más allá del desprecio hacia la humanidad, entrando de lleno en el terreno del odio virulento. La ideología de Hartmann resulta aterradoramente familiar. No busca sino destruir una sociedad que detesta, utilizando para ello, irónicamente, un avance tecnológico (lo que busca es un mundo más simple, que corrija el error de la revolución industrial y todos sus males asociados; un borrón y cuenta nueva, aunque ello suponga cercenar el miembro gangrenado y matar a millones de personas).

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Sí, la excusa es distinta, pero en el fondo los terroristas de ayer y de hoy buscan lo mismo, el derrumbe de la sociedad que odian, y sin duda “Hartmann, the anarchist” fue capaz de prever el alcance que esta oposición podría llegar a tener (por no hablar de la amenaza de los posibles quintacolumnistas, camuflados hasta la hora de propinar el golpe en el seno mismo de esa sociedad). Otro aspecto a destacar es cómo la tibieza inicial del protagonista en su rechazo a las proclamas violentas (que, después de todo, buscan un fin similar al suyo propio), va evolucionando hacia una condena sin paliativos cuando por fin es testigo de la barbarie… lo cual no deja de hacerlo culpable, cuando menos, de tolerancia. En ese sentido, la novela puede leerse como un rechazo sin ambages hacia las aspiraciones de implementación de cualquier reforma social, por muy deseable que pueda ser, por medio de la violencia (y todo ello una década antes de la revolución rusa y sus terribles consecuencias). Fawcett se posiciona así muy claramente en una cuestión muy candente en su tiempo (y a lo que se ve y escucha, no totalmente superada).

Por último, cabe hacer mención de la singularidad del Atila, que al contrario que buena parte de los vehículos aéreos imaginados en su época no obtiene la sustentación a través de rotores como un helicóptero, sino que se emparenta más bien con los dirigibles, al estar constituido por un enorme casco hueco (de un nuevo metal, ultraligero pero muy resistente) que almacena hidrógeno. Un aeroplano, dispuesto no transversal, sino longitudinalmente sobre el casco, proporciona sustentación adicional una vez en movimiento, gracias a tres propulsores de hélice posteriores (alimentados por motores eléctricos). No es que tengo mucho sentido (y por supuesto, nada como eso llegó a volar nunca), pero es un diseño que ofreció grandes posibilidades al ilustrador Fred T. Jane (como puede apreciarse en las imágenes que acompañan a esta entrada). Es una pena que la prosa de Fawcett fuera incapaz de transmitir el dramatismo que esas imágenes evocan.

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Como decía al principio, prácticamente todo cuanto ofrece “Hartmann, the anarchist” lo mejoró un par de años después George Griffith con “Los forajidos del aire” (que sin duda guarda una deduda inmensa con su predecesora), pero precisamente por ser una obra más “seria” (menos dada a dejarse llevar por el sensacionalismo), sus villanos resultan más creíbles, menos folletinescos y, por tanto, más aterradores.

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~ por Sergio en abril 13, 2016.

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