The man in the Moone (El hombre en la Luna)

La invención del telescopio, en torno a 1608, transformó radicalmente una de las más antiguas ciencias de la humanidad, la astronomía. La revolución, que se dio en llamar la Nueva Astronomía, sacudió los mismos cimientos de la filosofía (y la teología) occidental, despertando el interés popular en los cuerpos siderales y propiciando la aparición de las que bien podrían ser las primeras muestras de auténtica ciencia ficción, centradas en arcaicos viajes a la Luna.

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No era algo totalmente nuevo. Ya en el siglo II Luciano de Samosata había hecho que los hombres visitaran nuestro satélite, en la sátira “Historia verdadera” y el diálogo moralista Ícaro-Menipo. Cien años antes, también encontramos sendos viajes: en el poema épico “Orlando Furioso”, de Ludovico Ariosto (1516), o la utopía humanista de Juan Maldonado “Somnium” (el primer texto español de tal temática, publicado en Burgos en 1540). Las obras del siglo XVII, sin embargo, presentan unas características especiales. Lo que las alumbra es una idea novedosa, el pensamiento científico, y bajo tales circunstancias, más allá de la simple coincidencia temática, pueden ya considerarse muestras tempranas de un género que no empezaría a desarrollarse de verdad hasta comienzos del siglo XIX.

El primer ejemplo, que ya he tratado en el blog, fue el “Somniun sive opus posthumum de astronomia lunaris“, de Johannes Kepler, publicado en 1634 (aunque posiblemente escrito, e incluso limitadamente distribuido, en fecha tan temprana como 1612). Poco después, en 1638, se publicó, también póstumamente, “The man in the Moone“, del obispo anglicano Francis Godwin. La fecha de redacción es incierta, aunque los últimos estudios la sitúan en torno a 1627.

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A primera vista, la novela corta no parece muy científica. El medio por el que Domingo Gonsales [sic], un aventurero español, alcanza el satélite terrestre es… digamos que poco verosímil: un ingenio al que se ata una bandada de una especie extraña de cisnes salvajes (que el autor denomina “gansa”). Sin embargo, la lectura atenta del texto revela la influencia de las más modernas teorías astronómicas del momento, en un texto que apunta también a contraponer la utopía lunar frente a la realidad mundana. Pero más vale retroceder un poco antes de proseguir con el análisis, ofreciendo una breve sinopsis de la obra.

Domingo Gonsales es un hombre de fortuna de finales del siglo XVI, quien se ve obligado a huir a las Indias Orientales tras matar a un hombre en un duelo. De regreso a España, una enfermedad le obliga a desembarcar en la isla de Santa Elena (descrita como la más alejada de cualquier otra tierra firme del mundo), y allí la necesidad le lleva a adiestrar una especie nueva de aves como mensajeras, y dado su inusitado tamaño y fuerza le hace concebir la idea de utilizarlas como animales de tiro de un ingenio aéreo.

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Probada exitosamente la teoría, logra pasaje en una flota de Indias que recala en Santa Elena camino de España, con tan mala fortuna que un ataque de piratas ingleses le obliga a huir del barco a bordo de su ingenio, en las proximidades de las islas Canarias; y apenas puesto el pie en Tenerife, el ataque de los guanches le lleva primero a la cima del Teide (o monte “Pico”, como lo llama), y de ahí, inesperadamente, hacia arriba, cada vez más y más alto, entrando en la región inexplorada que media entre la Tierra y la Luna.

Al contrario que el fugaz viaje onírico de Duracotus en “Somnium“, a Domingo Gonsales le lleva doce largos días realizar la travesía, con la peculiaridad de que a mitad camino alcanza el punto de equilibrio entre los tirones gravitatorios de ambos cuerpos y experimenta la ingravidez (aquí toca recalcar que la novela se publicó medio siglo antes que el “Principia” de Newton, aunque ya antes se especulaba, sin formulación matemática, sobre la atracción ejercida entre distintas masas, incluyendo los celebres experimentos de Galileo que demostraron que todos los cuerpos caían a la misma velocidad con independencia de su masa), y entre visitas y tentaciones de demonios le da tiempo a reflexionar sobre los movimientos celestes, descartando el heliocentrismo copernicano, pero aceptando la rotación de la Tierra (haciendo uso de argumentos esgrimidos por William Gilbert en el sexto libro de “De magnete“, un tratado sobre electromagnetismo publicado en 1600).

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Una vez en la Luna, Domingo Gonsales se encuentra con una sociedad utópica, con raíces evidentemente cristianas. En ella, a mayor dignidad (perfección), corresponde un mayor tamaño y una mayor longevidad. En contraposición con los reinos terrestres, el lunar se encuentra más cerca del ideal edénico, y a sus habitantes les adornan múltiples virtudes.

Godwin “inventa” incluso un idioma para ellos (algo habitual en las narraciones utópicas), en el que a imitación del chino mandarín (los primeros misioneros jesuitas habían regresado recientemente a Europa llevando noticias del lejano oriente) la entonación cambia el significado de las palabras. Tras cierto tiempo entre ellos como invitado, Gonsales siente el ansia de regresar junto a su familia, así que lo dispone todo para la partida, llevándose consigo de regalo unas joyas “mágicas” (aunque su magia se describe con lenguaje científico, mostrando así, por ejemplo, el que posiblemente sea el primer dispositivo antigravitatorio de la historia).

De vuelta en la Tierra, el aventurero aterriza en aquella China exótica, donde tras ciertas peripecias, y con ayuda de sus joyas, consigue finalmente congraciarse con el mandarín de la región y, se intuye, regresar a su casa, una vez completado su viaje de exploración y descubrimiento.

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A grandes rasgos, supone un periplo no demasiado alejado de lo habitual en la literatura utópica, una moda lanzada por la publicación de “Utopía”, de Tomás Moro, en 1516, y en ese sentido no creo que se trate de una aportación particularmente relevante. Lo que distingue a “The man in the Moone” es ese interés por la ciencia astronómica, que hace de lo que solía ser un mero trámite, el viaje en sí, algo especial y novedoso. Sus cimientos no se apoyan sólo en la imaginación de Godwin, sino en las contribuciones científicas de Copérnico, Galileo (en especial su tratado de 1610 “Sidereus nuncius“), Kepler (los paralelismos hacen bastante probable que el autor tuviera acceso a una de aquellas copias pre impresión de “Somnium“) y William Gilbert.

El paso del tiempo no ha tratado bien a “The man in the Moone“. Quizás por lo descabellado del medio de transporte, pronto empezó a ser objetivo de bromas y modelo de sátiras, como “La historia cómica de los estados e imperios de la Luna”, de Cyrano de Bergerac (1657), o la obra teatral “The emperor of the Moon“, de Aphra Behn (1687), y así con diversos textos a lo largo de los siglos siguientes (incluso su obsesión por los tamaños pudo ser satirizada por Voltaire en otra de las muestras tempranas de ciencia ficción, “Micromegas“, en 1752). Hoy en día, su posición como precursora del género se encuentra, en mi opinión, muy minusvalorada, cuando resulta en su conjunto una muestra bastante más compleja y literariamente satisfactoria que el mejor considerado “Somnium“.

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En español ha sido publicada completa tres veces. Dos de forma individual (bajo los títulos “Aventuras de Domingo González en su extraño viaje al mundo lunar” y “El hombre en la Luna”), y otra más en la antología “Viajes a la Luna. De la fantasía a la ciencia ficción”, en compañía de Luciano de Samósata, Cyrano de Bergerac, Voltaire y John Wilkins (autor del ensayo “El descubrimiento de un nuevo mundo en la Luna”, publicado originalmente unos pocos meses después de la novela de Godwin).

Desde el Proyecto Gutenberg podéis descargaros un ebook con la tercera edición, de 1768 (que es la que me he basado para la elaboración de esta entrada). El texto, al parecer, se encuentra ligeramente abreviado, y el editor añadió una descripción pormenorizada de la isla de Santa Elena.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en marzo 22, 2016.

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