La caída del dragón

Entre la reciente hornada de escritores británicos de space opera (de veintinco años a esta parte), Peter F. Hamilton destaca quizás por sus inclinaciones políticas más conservadoras. Ello lo aleja, por tanto, de la órbita de influencia de Iain Banks (hasta el punto en que la space opera moderna, y más si es británica, puede sustraerse de esa influencia), acercándolo a  unos parámetros más propios a la ciencia ficción estadounidense, todo lo cual se refleja claramente en “La caída del dragón” (“Fallen dragon”, 2001).

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Antes, Hamilton había irrumpido en el género con una trilogía de futuro cercano, la del detective Greg Mandel (1993-1995), antes de abrazar el género por el que es famoso, la space opera, con la trilogía de “The Night’s Dawn” (1996-1999, con un para de volúmenes complementarios en 1998 y 2000). Todo ello sigue inédito hasta la fecha en España, aunque en estos libros mostraba ya su característica más distintiva: una querencia por la multiplicidad de los puntos de vista y los tomos kilométricos (incluso con la típica letra microscópica de La Factoría).

“La caída del dragón” está considerada como una condensación de temas, e incluso personajes, de dicha trilogía precedente, imaginando un futuro (principios del siglo XXV), en el que tras un decidido impulso inicial la colonización interestelar se ha estancado, dejando una serie de mundos aislados, sujetos a la visita recurrente de misiones recaudadoras (básicamente, piratería sancionada legalmente) por parte de las grandes corporaciones que de facto gobiernan la Tierra.

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El principal protagonista de la historia es Lawrence Newton, un hombre nacido en una de las pocas colonias prósperas e independientes que por rebeldía juvenil (y a raíz de un desengaño amoroso) acaba recalando como sargento en uno de los ejércitos corporativos; lo más cerca que llega de cumplir su sueño de convertirse en explorador espacial. La narración va saltando adelante y atrás, empezando una línea argumental con la segunda invasión del planeta Thallspring y detallando allí las acciones tanto de los hombres de la corporación Zantiu-Braun como de la resistencia, y dejando la segunda a ir explorando los acontecimientos más significativos en la juventud de Lawrence y su proguesivo ascenso a través de la jerarquía (capitalista) de la compañía, así como examinando algunas de las campañas precedentes.

Entre la tecnología descrita, destacan quizás los cueros, una evolución de la ya clásica armadura de batalla imaginada por Heinlein para “Tropas del espacio” (ligeramente actualizada a los tiempos modernos como un elemento orgánico) y toda la parafernalia acompañante a la ciencia ficción militarista (aunque la novela no sigue exactamente ese modelo). También resulta crucial para la trama la capacidad informática, con programas especializados semisentientes y en particular uno, llamado Principal, en poder tanto de Lawrence como de los rebeldes de Thallspring.

Todo ello suena muy excitante. El problema surgen cuando el autor parece sentir la necesidad imperiosa de contarlo todo… de pe a pa… con pelos y señales.

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Hamilton padece una grave incapacidad de síntesis y serias dificultades para estructurar y enfocar el relato. Los acontecimientos inanes en la vida de Lawrence se suceden a un ritmo tan cansino que no se alude al mismísimo elemento que da título a la historia (salvo de un modo vago y genérico en el capítulo inicial) hasta que no llevamos dos tercios de novela, y en realidad no pasa a ser el núcelo central de la narración hasta el último cuarto y las conexiones entre las líneas pasada y futura son tan forzadas que da la impresión de ir montándolo todo sobre la marcha. El caso alcanza el punto de llegar a narrar varias veces la misma escena, exactamente la misma, desde dos perspectivas diferentes (sin que ello aporte absolutamente nada a la historia).

La pena es que, una vez centrado (hacia el último cuarto del libro, como decía), se desvela que bajo todas esas capas de narración superflua hay una historia sugerente e ideas dignas de una ejecución más contenida. El género fantástico, sobre todo durante los últimos años, parece a veces empeñado en forzar los límites, estirando en demasía historias que en realidad no dan para tanto. Algo como “La caída del dragón” hubiera podido contarse perfectamente en la mitad de páginas, sin que la información proporcionada se hubiera resentido en exceso (de hecho, incluso sobraría espacio para mejorar el clímax, donde súbitamente parece que a Hamilton le entran prisas). Como tampoco es que deslumbre desde una perspectiva literaria (lenguaje claro y funcional… perjudicado un poco en su edición española por una traducción que precisa de una buena corrección de estilo), la justificación para la hipertrofia supongo que habrá que buscarla en unas tendencias de mercado que a mí se me escapan.

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Antes de concluir con la crítica, me gustaría centrarme un poco en el contenido ideológico de la novela, que sin ser tan patente y notorio como en el caso del ya mencionado Heinlein, sí que merece una atención especial. Como ya adelantaba, Hamilton parece decantarse por unas inclinaciones más bien conservadoras, lo que queda de manifiesto, por ejemplo, en la gran verdad que descubre a la postre Lawrence Newton, que no es otra que como en casa en ningún sitio (con el corolario de que la rebelión juvenil está bien… para descubrir los propios errores y volver mansamente al redil).

La verdad es que con ello no tengo ningún problema en absoluto. Más difícil de tragar me resultan algunas de las tesis sociales sobre las que se fundamenta la novela. “La caída del dragón” superficialmente parece elaborar un discurso anticapitalista y anticolonial, aunque como al final reconoce uno de los protagonistas, la realidad rara vez puede ser tan claramente definida en blancos y negros. A lo largo del libro, Hamilton se esfuerza realmente por ofrecer una postura más o menos equidistante entre los rebeldes de Thallspring y los altos ejecutivos de Z-B. Ninguno está libre de cometer actos poco éticos por la causa que defiende, pero tampoco se puede afirma que exista un auténtico villano (salvo hacia el final, pero incluso ese giro se defiende como causado en parte por factores externo). La imparcialidad, sin embargo, se rompe en los compases finales, cuando afloran ideas… cuestionables como poco.

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La más discutible de ellas es la noción de que la pobreza (y todo el ciclo de degradación que conlleva) es producto de la baja inteligencia, subsanable, por tanto, mediante un programa eugenésico (aplicado a la población en general, es decir, sin que implique selección preferencial, sino potenciación de las capacidades intelectuales por medio de ingeniería genética). Tal reduccionismo autojustificante (los pobres lo son porque se lo merecen), revestido además con los ropajes de una especie de capitalismo ilustrado (todo para las masas, pero sin las masas), presenta un tufillo para nada agradable, que echa a perder en parte la conclusión.

No hay nada malo en defender una postura conservadora a través de la ciencia ficción (aunque haya ahí al fondo una contradicción evidente de términos), y de hecho es una fenómeno relativamente frecuente en la ciencia ficción estadounidense (no tanto en la británica… diría que los porcentajes a ambos lados del charco se hayan invertidos) pero hay argumentos que invalidan de partida cualquier tesis, y el determinismo biológico (que implica necesariamente conceptos acientíficos de darwinismo social) es uno de ellos.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en marzo 9, 2016.

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