La novia abominable (y el mito de Holmes)

La crítica llega un poco tarde, lo sé, y tal vez por ello no sea todo lo relevante que podría haber sido de haberse publicado justo después de la emisión del capítulo especial de Navidad de Sherlock. El caso es que he tardado casi dos meses en animarme a verlo. La tercera temporada de la serie me había parecido un desastre en toda regla. Tras la magnífica traslación a tiempos modernos del personaje (y la adaptación de algunas de sus mejores aventuras) en los seis primeros capítulos, el proyecto parecía haber entrado en una fase de mera explotación comercial y forzada prolongación de un proyecto que pedía a gritos una conclusión a la altura.

Quizás a los propios creadores (Mark Gatiss y Steven Moffat) les quedó un regusto parecido, porque se nota el esfuerzo dedicado a “La novia abominable” (título que proviene de una aventura de Sherlock Holmes que es mencionada en el canon, pero que Watson nunca detalló), y sobre todo la intencionalidad introspectiva, el propósito de situar bajo la lupa al propio personaje y analizar su mito. Bajo tales circunstancias, el misterio en sí deviene en secundario, y quizás sea eso algo que ha defraudado a cierto segmento de la audiencia. Por mi parte, no podrían haberse redimido más.

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En la entrada precedente examinaba a Tarzán, uno de los grandes mitos del siglo XX, y si hay un personaje capaz de hacerle sombra, ése es sin duda Sherlock Holmes (y también nacido con el cambio de siglo, Drácula). Una característica que permite identificar a los auténticos mitos es su capacidad de mutar y adaptarse a las necesidades específicas de épocas distintas de aquella que los alumbró (y si el lapso es muy grande, lo que se impone es una reinvención completa del arquetipo). Éste, que suele ser un proceso automático, puede llevarse a efecto con plena autoconsciencia, lo que da origen a un tipo muy particular de mitopoiesis, que a su vez suele aplicarse a personajes antiguos, con el propósito de contar la “historia” tras el mito (el rey Arturo lo ha sufrido a menudo en sus “carnes”, y también un personaje como Beowulf en la dupla “Devoradores de cadáveres”/”El guerrero número 13” o la más reciente adaptación animada de Robert Zemeckis).

Incluso más interesante, sin embargo, es la exploración que podríamos llamar metamítica; la que no sólo es consciente de estar reinterpretando un mito, sino que lo es además del proceso remitificador… y no desea perder la oportunidad de analizarlo a su vez. Recientemente hemos podido disfrutar de ese mismo proceso aplicado a una de nuestras figura míticas fundacionales, el Cid, en el primer episodio de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo. “La novia abominable” abraza por completo este concepto, buceando a fondo en la mitología del detectiva consultor del 221 B de Baker Street.

A partir de aquí entraré en algún que otro spoiler, así que si no deseáis ver mediatizada vuestra experiencia como espectadores, mejor os aseguráis de haber visto el episodio antes de proseguir.

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Tras un recordatorio de los acontecimientos previos, el episodio arranca, tal y como había sido prometido, con una ambientación victoriana, recreando casi escena a escena el propio inicio de la serie. Pronto avanza hasta 1895, momento en que tras un breve pero significativo interludio que tiene por protagonistas a la señorita Hudson y a Mary Watson se nos presenta por parte del inspector Lestrade el caso del capítulo, un misterioso asesinato perpretado por una novia muerta (lo cual hace honor también a la tradición victoriana de los cuentos navideños de fantasmas).

Antes, sin embargo, ya se nos habían empezado a suministrar las claves para interpretar el episodio, con un intercambio entre Watson y un vendedor de periódicos en torno a las narraciones detectivescas publicadas en The Strand (e incluso llega a afirmar que se ha dejado el bigote para así adecuarse a la imagen iconográfica ideada por el ilustrador). Tenemos así el primer nivel metaficticio, ya presente en el original literario: la presencia de los relatos (que fueron reales), como vehículo para hacer llegar al público la imaginada vida de Sherlock Holmes.

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A la postre, sin embargo, descubrimos que todo lo que vemos es una ficción urdida en el palacio de la mente del Sherlock Holmes, entregado al juego mental de resolver un crimen del pasado, como si hubiera estado presente en aquella época, con el fin de abordar un problema en el presente (la aparente resurección de Moriarty). Los guionistas juegan a transformar lo real en ficticio y lo ficticio en real, derribando las barreras entre ambas manifestaciones, aprovechando para analizar y reinterpretar algunas de las características distintivas del mito. Así pues, por ejemplo, la trama victoriana nos devuelve el Mycroft mórbidamente obeso del original… pero como manifestación de los celos del Sherlock del presente.

Lo más interesante, sin embargo, es el análisis de la razón de ser de Sherlock Holmes, algo que se empieza a fraguar con las diferencias entre el detective de 1895 y su versión literaria (las narraciones de Doyle que conocemos), algo presuntamente orquestado por el Watson doblemente ficticio de forma premeditada, con una intencionalidad mitopoyética tan consciente que incluso obliga a su compañero a calarse el típico gorro de cazador porque ésa es la imagen con la que lo identifican sus fans.

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Para comprender el porqué de todo ello hace falta volver a prestar atención a la trama detectivesca, con el misterio sobrenatural deviniendo en una conjura  feminista. Cobra así sentido la reivindicación de los papeles de la señorita Hudson y Mary Watson (y referencialmente Irene Adler), en una sublectura que se extiende desde los movimientos sufragistas del cambio de siglo hasta una reflexión del papel de las mujeres a lo largo de la propia serie (se reconoce la herencia del extremadamente masculino original literario, aunque no hay exenta cierta autocrítica). En ese contexto, lo que buscan las mujeres es crear un mito protector, un icono que les permita combatir los abusos machistas (reflejo del mito japonés de la Kuchisake-onna, la mujer con la cara cortada), necesario en una época de cambio.

De igual modo, queda implícito que el mito de Sherlock Holmes era y es un mito necesario como defensa contra el oscuro mundo del crimen (encarnando la madurez de un arquetipo iniciado quizás con el Auguste Dupin de Edgar Allan Poe), y como tal, tanto él como su antagonista principal, deben cumplir con una serie de requisitos. Todo ello fructifica en el episodio de la “muerte” de Holmes en “El problema final”, cuidadosamente recreado a partir de la ilustración original de Sidney Paget para The Strand (aparte de otros homenajes como la verbalización del famoso y nada canónico “Elemental, querido Watson”), que ya había sido reimaginado como capítulo final de la segunda temporada de la serie. En ese punto, asistimos a cómo los personajes alcanzan plena consciencia de su naturaleza ficticia, siendo conscientes asimismo de los requerimientos específicos de sus respectivos papeles (que Watson, por ejemplo, se tenga que hacer un poco el tonto, para que destaquen las habilidades deductivas de Holmes).

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Es también el momento en que más equívoca resulta la diferenciación entre realidad y ficción, con unos personajes creados en la mente del Holmes reimaginado en la serie, replicando una escena proveniente del original literario, como eco de la reinterpretación del mismo en clave moderna que motiva en última instancia el juego mental (inspirado posiblemente por una asociación de ideas por el cuadro de Turner sobre las cataratas de Reichenbach). Por si fuera poco, al mismo tiempo analiza las implicaciones que la muerte conjunta de Holmes y Moriartiy tuvo en su momento para el personaje… y quizás reconoce implícitamente el pequeño fracaso de su gestión durante la tercera temporada de la serie.

En resumidas cuentas, quien buscara en “La novia abominable” un caso detectivesco satisfactoriamente enrevesado, con el aliciente de una ambientación victoriana, habrá quedado sin duda decepcionado. La película (porque al fin y al cabo película es, e incluso se queda un poco corta con sólo 90 minutos para desarrollar todos los temas que aborda), se preocupa más por elaborar un metaanálisis mitopoyético en torno a la figura de Sherlock Holmes, haciendo gala con ello de una osadía inusitada, que demuestra una vez más que la limitaciones de cualquier medio se encuentran sólo en las carencias (o no) de quienes lo cultivan (y más a menudo en las de aquellos que toman las decisiones).

“La novia abominable” ha reavivado mi interés. Vuelvo a aguardar con expectación la cuarta temporada de la serie.

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~ por Sergio en febrero 23, 2016.

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