A journey in other worlds

La víctima más acaudalada del hundimiento del Titanic fue John Jacob Astor IV, con una fortuna personal de 85 millones de dólares (equivalente a unos 1.700 millones de hoy en día). Heredero de una fortuna familiar que se remontaba a su bisabuelo, tuvo toda su vida una fama de diletante, alimentada por unos intereses cambiantes que le llevaron a presentar varias patentes, invertir en hoteles (suya fue la parte “Astoria” del Waldorf-Astoria, perteneciendo la otra mitad de la propiedad a su primo), desarrollar una breve carrera militar como voluntario durante la Guerra Hispano-Estadounidense… y a publicar en 1894 una novela de ciencia ficción: “A journey in other worlds: A romance of the future”.

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En el límite mismo de la ciencia ficción moderna, la novela de Astor recoge varias de las tendencias propias de finales del siglo XIX, e incluso apunta a muchas de las características que exhibirá la ciencia ficción popular temprana, aunque eso sí, sin abandonar por completo el encorsamiento propio de la ficción decimonónica. Un problema añadido (o todo lo contrario) es la carencia de un enfoque claro y unívoco, con la historia alternando entre tres propósitos muy diferentes para cada una de sus partes.

En esencia, “A journey in other worlds” cuenta la historia de tres exploradores, Ayrault, Bearwarden y Cortlandt (encarnando todos ellos posiblemente aspectos idealizados del propio Astor), embarcados en el primer viaje interplanetario en el año 2000, propiciado por el descubrimiento de una nueva fuente de energía antigravitatoria, la apergía (inventada en 1880 por Percy Greg para “Across the Zodiac“). Su exploración les lleva primero a Júpiter y luego a Saturno (ambos planetas rocosos y habitables), viviendo en cada una de las etapas experiencias muy diferentes.

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Así pues, la primera parte del libro, tres un capítulo introductorio joviano, nos lleva a la Tierra, en las postrimerías del año 2000, durante la junta general de accionistas de la Compañía Para el Enderezamiento del Eje Terrestre, una megaempresa de ingeniería que busca eso mismo, reducir a cero el ángulo entre el plano ecuatorial del planeta y su plano orbital, eliminando así las diferencias estacionales (y promoviendo, según sus optimistas expectativas, una primavera eterna en todo el globo).

Dejando de lado el método (que no tiene ni pies ni cabeza), lo cierto es que supone una empresa digna de los más visionarios proyectos de astroingeniería, que el autor pasa a contextualizar a través de una charla que glosa las maravillas de ese año 2000, en la más pura tradición de la literatura utópica. Eso sí, al contrario que en los casos más famosos del subgénero (como “Looking backward“, de Edward Bellamy, 1887), no se trata de una utopía socialista, sino capitalista (imaginando, de hecho, una Europa empobrecida por la implantación del socialismo).

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Astor, además, aplica hasta sus últimas consecuencias el darwinismo social y abraza sin ambages la doctrina del Destino Manifiesto, expandiendo los Estados Unidos a toda América (por un proceso de adhesión voluntaria), con numerosas colonias en África y Asia, todo ello para mayor gloria de la “raza” anglosajona (en un siglo, el inglés es la lengua única, y los elementos “débiles” de la sociedad, es decir, negros e hispanos, se han extinguido por sí solos). Si a ello le añadimos una evolución social inexistente, queda circunscrita la especulación al terreno tecnológico, y ahí curiosamente sí que se muestra el autor bastante acertado en sus predicciones. No, normalmente, en el detalle fino de la tecnología, pero sí en las tendencias (llegando incluso a pronosticar las autopistas, e incluso un sistema de control de velocidad por fotografía).

Como suele ser habitual en el género, lo cierto es que estilísticamente esta sección es muy árida, quedando todo reducido a una enumeración de maravillas y avances, algunos más perspicaces que otros, pero dibujando un mundo no tan diferente del que acabó configurándose (su valor literario es limitado, pero como predicción a un siglo vista, es sin duda uno de los mejores ejemplos que he encontrado). El caso es que, puesto en marcha el proyecto, se impone hacer algo aún más aventurado, y ahí entra en juego  el descubrimiento de la apergía, que abre las puertas del Sistema Solar al hombre (entendiendo por tal a los estadounidenses).

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Se inicia entonces la segunda parte del libro, que detalla el viaje hacia Júpiter a bordo del Callisto, una astronave que en poco se diferencia de la Astronauta de Percy Greg. De camino realiza diversas observaciones (de un cometa, de Marte y de los asteroides del cinturón) y acaba llegando a Júpiter, un planeta en un estadio de evolución anterior al de la Tierra (sobre el carbonífero), habida cuenta de las teorías imperantes sobre planetología (fundamentada en la termodinámica de Lord Kelvin). La excesiva gravedad (de 2,5 g) se compensa a través de trajes apergéticos, aunque tampoco es algo a lo que dé mucha importancia.

La exploración de Júpiter se transforma en una aventura colonial (de hecho, la intención es precisamente buscar nuevos territorios habida cuenta de que en la Tierra ya no hay hacia dónde expansionarse), con una filosofía científica que se puede resumir en la máxima “dispara primero y estudia después”. Así, nos encontramos con algunas descripciones ingeniosas de fauna y flora, aunque la estrella de la función son los dinosaurios, muy de moda en la época gracias a los esfuerzos de los paleontólogos rivales Othniel Charles Marsh y Edward Drinker Cope (en una enconada rivalidad que pasó a la historia como la Guerra de los Huesos).

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Así, los expedicionarios encuentran estegosaurios, mastodontes, hormigas gigantes, una especie de medusas aéreas eléctricas, aves… todo ello entremezclado sin mucho orden, con el fin último de configurar una batida fantástica, capaz de colmar los sueños del más exigente de los cazadores.

Es de destacar en este (y el previo) bloque la necesidad de reajustar la valoración de las especulaciones de los protagonistas al conocimiento científico de la época. Rara vez aciertan, pero ello no es extraño dados los grandes avances que la física estaba a punto de experimentar. De igual modo, resulta chocante su descarado imperialismo… que ya era anacrónico en su año.

“A journey in other worlds” es la obra de un ricachón del siglo XIX, perteneciente a una de las familias que impulsaron la Edad Dorada de acelerado crecimiento económico y desarrollo industrial de los Estados Unidos… justo cuando esa etapa estaba quemando sus últimos cartuchos. Se oteaban cambios en el horizonte, y en ese contexto la novela puede entenderse como una negativa a aceptarlos, una prolongación forzada del statu quo.

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En marcado contraste con todo ello, la tercera parte de la novela relata el viaje del Callisto a Saturno, un planeta donde los exploradores encuentran… los espíritus de los justos (en especial el de un antiguo obispo episcopaliano), en una especie de Purgatorio que educa sus almas para una posible reencarnación o para proseguir su ascenso hacia Dios, quizás a través de las profundidades del cosmos. Allí, aunque no se abandonan por completo las aventuras cinegética (sobre todos con unos “dragones” insectoides), prima la exploración espiritual.

Sí, el espiritismo estaba de moda en aquella época, y no se consideraba algo opuesto a la ciencia. Lo curioso es que la perspectiva que asume el autor no es la del espiritismo anglosajón (spiritualism), sino la del espiritismo francés (spiritism), en particular por lo que se refiere a la ubicación de los mundos de los espíritus en otros planetas (algo en lo que quizás influyeran obras como “La pluralidad de los mundos habitados” y “Lumen“, de Camille Flammarion) y el proceso de purificación ética que debe seguir toda alma que aspire al Paraíso (estado ubicado el infierno en Cassandra, un desconocido noveno planeta del Sistema Solar).

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Esta sección, la más sugerente de todo el libro, incluye elementos propios de un romanticismo tardío, también de clara influencia europea (como la contemplación en una visión del propio entierro), y se convierte en un alegato a favor del arrepentimiento, la ética y la rectitud (lo que no deja de resultar irónico, habida cuenta de las opiniones expresadas en los dos primeros bloques del libro). También cobra aquí importancia el anhelo amoroso de Ayrault hacia su joven prometida, que ha quedado en la Tierra, y a la que visita por medio de un angustioso viaje extracorpóreo.

Gracias a su patrimonio, John Jacob Astor pudo hacerse con los servicios de Dan Beard, famoso por las ilustraciones de las obras de Mark Twain (y uno de los fundadores del movimiento Scout en los Estados Unidos), aunque dado que “A journey in other worlds” es su única novela es muy probable que la recepción de la misma no fuera tan entusiasta como habría deseado. El caso es que, pese a sus carencias literarias, no deja de representar un ejemplo notable tanto por lo que se refiere a la literatura utópica como entre los romances planetarios, aunque sus bruscos vaivenes hacen difícil conciliar sus distintas partes. En ella se avanzan muchos arquetipos que luego serían lugar común, y es más que probable que la space opera le deba mucho, habida cuenta de las importantes similitudes que presenta con uno de los título seminales del género: “The skylark of space”, de E. E. Doc Smith.

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La novela, que nunca ha sido traducica al español, se encuentra en dominio público, y puede descargarse a través del Proyecto Gutenberg.

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~ por Sergio en enero 27, 2016.

Una respuesta to “A journey in other worlds”

  1. Muy interesante, no sabía nada de esta novela.

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