Bosque Mitago

Hasta mediados de los años ochenta la carrera literaria de Robert Holdstock había discurrido sin excesivo lustre. Profesional desde 1975, la mayor parte de sus novelas las había publicado bajo diferentes seudónimos, y ninguna de ellas había cosechado excesiva resonancia. Su máximo logro era la consecución de los premios BSFA de relato y World Fantasy Award de novela corta por “Bosque Mitago” (“Mythago Wood”, 1981).

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A partir de esa semilla, en 1984 publicó la novela de igual título, expandiendo la historia y dando inicio a la serie sobre el Bosque de Rhyope. La obra no sólo provocó un tremendo impacto en su momento, valiéndole la consecución de esos mismos dos premios, ya en la categoría principal (ex-aequo con “Puente de Pájaros“, de Barry Hughart, por lo que respecta al WFA), sino que con el tiempo ha quedado señalada como uno de los grandes hitos de la fantasía de su década y uno de los máximos representantes de lo que ha venido a categorizarse como mythic fiction (fantasía centrada en mitologías más o menos elaboradas, con trasfondo histórico o completamente inventadas).

La acción (poca, al menos al principio) de “Bosque Mitago” arranca al poco de concluir la Segunda Guerra Mundial, con el regreso a su hogar ancestral de Refugio del Roble de Steven Huxley, motivada por la prematura muerte de su padre. Allí encuentra a su hermano mayor, Christian, obsesionado con las mismas ideas que posiblemente consumieron el progenitor de ambos y que tienen que ver con el cercano bosque de Rhyope, un enclave de bosque virgen de unos cinco kilómetros de contorno, en pleno territorio Inglés, en cuyos márgenes se aprecia una actividad inusual y que, al parecer, se “defiende” pasivamente contra los intentos de penetrar en sus secretos.

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Poco a poco (el autor se toma su tiempo para ir estableciendo el ambiente), vamos descubriendo más y más de estas peculiaridades, que tienen que ver con la materialización de los viejos arquetipos míticos (los “mitagos” del título, por mito-imago) de Inglaterra, desde figuras tan conocidas, incluso hoy en día, como Robin Hood o el Rey Arturo, hasta antiquísimos héroes neolíticos, ya olvidados por la tradición, pero aún presentes en las capas más profundas de la memoria racial.

Destacan entre todos estos mitagos dos: el Urscumug, el hombre-jabalí que encarna los mitos más ancestrales, “invocado” por Huxley senior; y Guiwenneth, una heroína celta de la que primero se encapricha Christian, impulsándolo a adentrarse en el bosque de Rhyope en su busca, y que posteriormente, en otra versión, conoce y enamora a Steven, sentando las bases para la epopeya trágica que constituye el último tercio de la novela.

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No conviene revelar mucho más (e incluso esto puede ser demasiado) de la trama. Basta con comentar que “Bosque Mitago” juega con la esencia misma de los mitos, tan fundamentales para el género de la fantasía al menos desde que Tolkien se propusiera crear “una mitología para Inglaterra”, empeño del cual surgió la Tierra Media (cuya primera concreción fue “El hobbit” en 1937). También cabría mencionar aquí la influencia fundamental de la serie de Camelot de T.H. White (escrita originalmente entre 1938 y 1941, aunque famosa sobre todo por su compilación como “The one and future king” en 1951), que asentó firmemente la mitología artúrica en el imaginario fantástico.

Aparte de estos cimientos, la fantasía de corte o inspiración mitológica había experimentado cierto aúge durante los años sesenta y setenta, bien fuera a través de la mitología gaélica de las Crónicas de Prydain de Lloyd Alexander (desde “El Libro de los Tres” en 1966), bien a través de la reinterpretación del ciclo artúrico desde el punto de vista de Merlín en la (inicialmente) trilogía de Mary Stewart (empezando por “La cueva de cristal” en 1970), pero no es descabellado aventurar que fue la influencia de “Bosque Mitago” la que asentó definitivamente ese enfoque (con títulos posteriores como “El tapiz de Fionnavar” de Guy Gavriel Kay, el ciclo Pendragón y la Canción de Albión de Stephen R. Lawhead o la serie de Añoranzas y Pesares de Tad Williams, por mencionar tan sólo unas pocas muestras).

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La cuestión es que, pese a su importancia histórica, personalmente no consigo conectar con “Bosque Mitago”. Ya me ocurrió cuando lo leí por primera vez en 2005 (ojo, no en su primera edición española de 1989, distinción que puede ser muy relevante), y ha vuelto a sucederme con la relectura ogligada para escribir la presente reseña. El arranque me parece moroso y el clímax, cuando por fin llega, no me satisface. La idea es potente, y las descripciones sugerentes, pero de algún modo siento que la exploración de los arquetipos míticos se queda en la superficie, en lo anecdótico, sin apenas profundizar en lo relativo a su significado antropológico o psicológico.

También influye en mi distanciamiento, en un plano intelectual (ya que emotivamente no conecto), la obsesión por justificarlo todo a través de una supuesta y literal “memoria racial”; una idea más que obsoleta ya en 1984, por mucho que pueda intentarse legitimar a través de una poco definida conexión con los arquetipos jungianos (como tampoco acaba de cuajar los más bien freudianos conflictos paterno-filiales y de rivalidad fraterna). No veo en “Bosque Mitago” auténtica especulación protomitológica, sino un ejercicio de mitopoiesis incompleto, que toma como base la cultura celta y pierde (para mí) muchísimo interés a medida que intenta imaginar mitos (siempre exclusivos de las Islas Británicas) más modernos o más antiguos, que quedan desdibujados, faltos de convicción (aunque la idea de intentar reconstruir las primordiales creencias neolíticas es muy potente).

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Como comentaba, es posible que parte del impacto original de la obra quepa achacárselo al momento en que llegó. 1984, precisamente, quedaría señalado como el año en que arrancó el fenómeno de la fantasía franquiciada, con la publicación de “El retorno de los dragones“. Una moda ésta, la de la fantasía sustentada en pobres mitologías de imitación, que dominaría el panorama, al menos desde una perspectiva económica, durante al menos una década. No es de extrañar que “Bosque Mitago”, bebiendo de las fuentes originales y con un discurso que casi podría calificarse de metamítico, destacara en medio de tanta bisutería.

Con el correr de los años y hasta su prematura muerte en 2009, Robert Holdstock escribió varias secuelas y precuelas de “Bosque Mitago”, conformando el ciclo del Bosque de Rhyope (y el de Brocéliande). De todas ellas, sólo la primera, “Lanvondyss” (1988, ganadora del BSFA) ha sido traducida al español, completándose la secuencia con “The bone forest” (1991), “The hollowing” (1993), “Merlin’s wood” (1994), “Gate of Ivory, Gate of Horn” (1997) y “Avilion” (2009).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en noviembre 19, 2015.

Una respuesta to “Bosque Mitago”

  1. La leí no hace mucho y me gustó casi todo (incluyendo el inicio), lo que no me convenció fue la conclusión.

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