Remolcando a Jehová

En 1995, James K. Morrow conquistó uno de los mayores logros de su carrera al alzarse con el World Fantasy Award por su novela “Remolcando a Jehová” (“Towing Jehovah”, 1994), que también fue finalista de los premios Hugo y Nebula y quedó segunda en la votación del Locus de Fantasía. Cuatro años antes ya había conquistado el WFA con “Only begotten daughter”, adentrándose con ella en la temática que dominaría su producción desde entonces: la apología atea (a través de la sátira).

“Remolcando a Jehová” supone la primera parte de la trilogía Godhead (por estos lares la editorial la bautizó como la Altísima Trilogía, aunque las ventas de la colección acabaron con el experimento antes de la publicación en español de “Blameless in abaddon” y “The eternal footman”), caracterizada por su intrigante premisa: Dios ha muerto, y su cuerpo, de tres kilómetros de longitud, flota descomponiéndose en medio del Atlántico.

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Los ángeles, desconsolados y moribundos a su vez, se ponen en contacto con el Vaticano para organizar el transporte del Corpus Dei a una tumba en el Ártico. Para ello cuentan con el capitán Van Horne, un patrón de superpetroleros caído en desgracia, y con el buque Carpco Valparaíso (precisamente el mismo que se siniestró originalmente durante su guardia, aunque no bajo su responsabildiad). Su misión consistirá en localizar el cadáver, engancharlo y conducirlo con la mayor presteza posible a su tumba de hielo, idealmente antes de que muera la última de sus neuronas.

Por el camino, sin embargo, recogen a una náufrago Cassie Fowler, que resulta ser atea no sólo convencida, sino militante. Ante la prueba física irrefutable de la existencia del dios que instauró el Patriarcado, y en defensa de los arduamente ganados derechos de la mujer, se propone hundirlo, para lo que se comunica en secreto con su novio multimillonario y su grupo de “ateos practicantes”, para que organicen la operación. Lo que no puede prever es que el único medio que encontrarán para cumplir sus objetivos es contactar con un grupo de chalados recreacionistas de la Segunda Guerra Mundial, que organizarán una segunda Batalla de Midway con el cuerpo de Dios (un presunto gólem japonés) como objetivo.

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Filosóficamente, “Remolcando a Jehová” se apoya de forma directa en la Teotanatología o Teología de la Muerte de Dios, especialmente en su reelaboración moderna a partir de los años 60 (con raíces que se extienden hasta Nietzsche, Hegel y William Blake). Eso sí, también cabe mencionar que, por mucho que el autor se empeñe y las críticas positivias traten de resaltar, a nivel filosófico la novela se queda en la superficie más superficial imaginable para un tema de tanto calado, limitándose a examinar tímidamente (y de forma bastante forzada) el problema de la moral en un mundo sin un Dios vigilante.

No es algo totalmente novedoso. Ya en 1896 H. G. Wells (otro autor que no ocultaba su militancia atea) había abordado la misma cuestión (con mucho mayor sutileza y profundidad) en “La isla del doctor Moreau“, y ese mismo 1995, Philip Pullman iniciaría su trilogía de la Materia Oscura con la publicación de “Luces del norte” (que le da la vuelta a los temas de “El Paraíso Perdido” de Milton a través de la filosofía de William Blake). Destaca, eso sí, por lo directo de su planteamiento, aunque a la postre todo quede en una reflexión final un tanto forzada y algo de humor facilón (del tipo que surge de la provocación, adentrándose en ocasiones en el terreno de la blasfemia y con tintes lógicamente escatológicos) por el camino.

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Algo que le resta casi toda su relevancia es el hecho de que absolutamente ninguno de los personajes, ya sean ateos, indiferentes o fervorosos creyentes, ve su postura sacudida en lo más mínimo por la presencia palpable del cuerpo muerto de Dios, que se erige más bien en una excusa para que unos y otros den rienda suelta a sus ideas preconcebidas (lo cual también podría ser un enfoque válido; lo que no vale es apuntar en todas direcciones a ver qué cae, porque en tal caso lo más probable es que no se atine a nada). En ese sentido, el autor no realiza el menor esfuerzo por ahondar en las razones de las autoridades religiosas (que son mayoritariamente católicas, aunque luego la idea de Dios que emplea parece sacada más bien directamente del Viejo Testamento… o de alguna de esas sectas fundamentalistas americanas), ¡o siquiera en las razones de aquellos con quienes parecen ir sus simpatías, los ateos! (quizás le puede aquí la vena satírica, ya que sí hay un personaje, y sólo uno, muy secundario, que razona y reacciona como cabría esperar).

Otro de los intereses confesos de Morrow es la escritura de una gran epopeya marinera, empeño en el que tampoco alcanza buen puerto, pues un superpetrolero no es quizás el navío más apropiado para evocar la aventura del mar. Lo cierto es que los sucesivos episodios van desgranándose sin demasiada emoción o convicción (caso de la locura pagana que se abate sobre buena parte de los tripulantes del Valparaíso al encallar en una isla recién emergida del mar), siendo el momento más logrado la confluencia de las distintas tramas en la tragicomedia que supone la falsa batalla de Midway, entre fuerzas que no saben muy bien dónde se están metiendo.

En definitiva, sin embargo, creo que la valoración de una novela como “Remolcando a Jehová” se tendría que fundamentar sobre todo en la fuerza de sus argumentos teotanatológicos, y como ya he comentado hay ahí poco, muy poco a lo que agarrarse. Quizás es que no termino de pillar su enfoque satírico, aunque no considero que el humor deba ser excusa para la superficialidad.

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En cuanto a los premios que mencionaba al principio y que no conquistó, el Hugo fue para “Danza de espejos”, de Lois McMaster Bujold (una de las mejores entregas de la saga de Miles Vorkosigan), mientras que el Nebula fue para Greg Bear con “Marte se mueve” (la novela más satisfactoria que le he leído al autor). En cuanto al Locus de fantasía, recayó en “Jugadas decisivas” del buen amigo de James Morrow, Michael Bishop (una secuela de “Frankenstein”, que encuentra a la criatura, en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, viva y jugando al béisbol en las ligas menores americanas).

Oh, y ésta es una de esas ocasiones en que me veo obligado a mencionarlo: la edición de que disponemos (colección Brainstorming de Norma Editorial) hace “gala” de una traducción terrible, de ésas que te distraen hasta el punto de sacarte de la lectura (que si ya para empezar no es muy absorbente…).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en noviembre 9, 2015.

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