The purple cloud (La nube púrpura)

Matthew Phipps Shiell, que firmó sus obras como M. P. Shiel, fue un importante escritor británico de principios del siglo XX, muy influido en sus primeros años por la obra de Poe y alabado por Lovecraft por su tratamiento de la lo grotesco y su ciencia ficción, orientada en parte hacia la temática de la guerra futura (sería destacable, por ejemplo, “El peligro amarillo”, de 1898, una influyente novela sobre la presunta amenaza china, que dio nombre a todo un subgénero y creó al personaje del supervillano asiático Dr. Yen How, posible antecesor directo del Fu Manchu de Sax Rohmer).

Pese al éxito contemporáneo de “El peligro amarillo” (espoleado por la rebelión de los boxers), su obra más recordada en la actulidad es “The purple cloud” (traducida alternativamente como “La nube púrpura” o “La nube purpúrea”), parte de una historia futura de la humanidad, que desarrolló en tres novelas, supuestamente a partir de las anotaciones tomadas de las revelaciones de una medium (de un modo análogo a como Madame Blavatsky sostenía haber recibido las revelaciones teosóficas, filosofía que permea esta historia).

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Las tres novelas, sucesivamente más alejadas en el tiempo (aunque la última se inicia a sólo treinta años en el futuro), fueron “The last miracle” (que no vio la luz hasta 1906), “Lord of the sea” y “The purple cloud” (ambas de 1901, serializada esta última entre enero y junio en The Royal Magazine y compilada en forma de libro ese mismo septiembre). El caso que nos ocupa es quizás la muestra más destacada de la temática de último hombre vivo, que puede rastrearse al menos hasta 1805 con el poema en prosa “Le dernier homme” de Jean-Baptiste Cousin de Grainville (publicada en inglés en 1806 como “Omegarus and Syderia, a romance in futurity”), que posiblemente inspiró la novela de Mary Shelley “El último hombre” (1826), siendo ambos títulos, aunque poco conocidos, posibles fuentes de inspiración para Shiel.

“La nube púrpura” es una ficción escatológica, muy en consonancia con el espíritu fin-de-siècle de la época, en la que el protagonista, Adam Jeffson, se encuentra como último hombre vivo sobre la Tierra, tras participar en una trágica expedición que busca alcanzar por primera vez el Polo Norte (reminiscente de “La narración de Arthur Gordon Pym” de Poe, o “Una invernada entre los hielos” de Verne).

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Al parecer, mientras se encontraba en el Polo (un entorno tan brutal y alienígena como fascinante), una megaerupción volcánica liberó sobre el mundo una nube (púrpura, claro) de gases tóxicos (principalmente cianógeno), que mató (y embalsamó) a todos los animales que respiran aire (sobreviven algunos anfibios, algunas criaturas marinas polares y algunos insectos, que se encontraban en fase de pupa durante el acontecimiento).

El regreso de Adam a Europa es sólo el inicio de un periplo solitario, en el que por doquier tropieza con la muerte y con escenas que sugieren una huida desesperada de la humanidad hacia el noroeste, huyendo de la muerte implacable. Primero en Inglaterra se lanza a la búsqueda de supervivientes, centrando su atención en las minas más profundas, pero allá donde va se encuentra la misma escena: refugios herméticos asaltados por hordas desesperadas, cadáveres y desolación. Regresa por último a Londres, y allí, autocoronado rey del mundo, se entrega a una locura pirómana, destruyendo mediante el fuego y la dinamita la ciudad, en lo que es el primero de sus muchos actos de violencia irracional contra los vestigios de la desaparecida humanidad.

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Así, durante años, Adam oscila entre arrebatos de furor destructivo, y otros irracionales por igual en los que se entrega obsesivamente a la construcción de un gran templo-hogar, para Dios y sí mismo, degenerando (según sus propias palabras) hacia una sensibilidad oriental y autoproclamándose pachá del mundo. Así transcurren los años, hasta que veinte después de la catástrofe visita Constantinopla, y allí, la orgía destructora le provee de algo que no había soñado siquiera que pudiera darse ya, la compañía de una joven semisalvaje, que ha pasado toda su existencia encerrada en un subterráneo.

Pero en las décadas precedentes, Adam se ha convencido de la bondad del destino del hombre, que por sus pecados y su descadencia merecía la destrucción, así que combate con todas sus fuerzas la atracción que despierta en él la chica.

“La nube púrpura” es una novela barroca, con un estilo recargado, descrito como decadente (dentro de un movimiento tardorromántico más amplio) por la crítica de la época. También es denso desde una perspectiva filosófica, mostrando en Adam el epicentro de un conflicto metafísico entre el blanco y el negro, dos fuerzas opuestas que buscan la una salva y extraer del hombre lo mejor de sí, y la otra degradarlo y acabar con él.

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Aun con un trasfondo religioso, difícilmente cuadra toda la imaginería con una visión judeocristiana tradicional, sino que más bien presenta un dualismo maniqueo, en el que la fuerza destructora tiene tanta relevancia como la creadora. La teosofía también asoma en la caracterización de las razas, y en particular en la concepción de una cultura oriental decadente, en contraposición con el ideal occidental del que se aleja Adam, presa de sus tendencias destructivas internas.

Si bien la visión apocalíptica cuadra con el sentimiento de retroceso moral y cultural de la época, el conflicto desatado en Adam entre el blanco y el negro podría tener también una lectura más personal, y para exponerla tengo que sacar a la luz la faceta más oscura de Shiel, pues no sólo fue famoso en su época por su desvergonzada promiscuidad, sino que se le conoció una clara preferencia por las mujeres muy jóvenes, e incluso fue convicto en 1914 por un caso de pedofilia (con al “trabar conocimiento carnal”, según la sentencia, con la hija de doce años de una mujer con la que salía).

Al parecer, en su ficción encuentran lugar a menudo heroínas de extrema juventud, y quizás por un ansia inconsciente de castigo, aquellos personajes masculinos que las cortejan suelen acabar mal.

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Bajo este prisma, “La nube púrpura” presenta posibles lecturas complejas y contradictorias. Por un lado, está la angustia existencial de Adam Jeffson, que se reconoce como presa del negro, tan indigno de salvación como la raza de la que es el último representante, incapaz de resistirse al impulso incendiario al que lo empuja su naturaleza más salvaje. Su relación con la superviviente de Constantinopla (de veinte años, aunque inocente y pura como cualquier niña), es una lucha constante por rehuir la tentación, que supone por otro lado una nueva esperanza en una segunda humanidad, tan inocente, pura y sabia como su progenitora.

Shiel aborda el tema de la destrucción (¿justa?) de la humanidad, con una tremenda intensidad, que se transmite a través de la narración apasionada de su protagonista. Su concesión final a la esperanza, no termina de ocultar una preferencia morbosa por la idea de la aniquilación. También resulta curioso cómo, en vez de ceder el foco a la naturaleza, reclamando su lugar preponderante (como haría casi medio siglo después George Stewart en “La Tierra permanece“), centra su atención en los vestigios de la ciencia humana, la artificialidad tecnológica que es explotada por Adam para sus propios fines. Una aproximación cientifista que aúpan a “La nube púrpura”, pese a su carácter poco especulativo (lo justo para pintar un mundo a treinta años vista), a la cúspide de la ciencia ficción de la época (junto a la obra de H. G. Wells).

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Resulta bastante evidente la influencia que debió ejercer sobre obras posteriores como “El cielo envenenado” de Arthur Conan Doyle y quizás “La plaga escarlata” de Jack London (ambas de 1912). En 1959, sirvió como uno de los pilares centrales de la película “El mundo, el demonio y la carne”. Más recientemente, Stephen King reconoció su influencia en la concepción de “La danza de la muerte” (también conocida como “Apocalipsis”).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en agosto 4, 2015.

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