Across the Zodiac

En 1880, el británico Percy Greg publicó en dos volúmenes la precursora directa del género del planet opera (y por tanto la abuela de una de las series más icónicas del género, la de John Carter, iniciada en 1912 con “Una princesa de Marte“), “Across the Zodiac: the story of a wrecked record, translated and edited by Percy Greg”.

La novela es notable por su cualidad de pionera en otros muchos aspectos. En ella, por ejemplo, se encuentra la primera aproximación filológica a un lenguaje artístico, así como puede hacer gala de la primera mención en inglés del término “Astronaut” (nombre con que se bautiza el vehículo espacial que le sirve al protagonista para viajar hasta Marte). Por añadidura, el sistema de propulsión empleado es una suerte de energía antigravitatoria bautizada como “apergy” (o apergía), que se convertiría en el facilitador del viaje interplanetario predilecto por al menos un par de décadas.

También es cierto que presenta una serie de desafíos para el lector moderno. Por un lado, lo temprano (para ser ciencia ficción) de su composición la hace presentar una sensibilidad decimonónica muy acusada, ofreciendo una hibridación extraña entre el enfoque especulativo propio de la ciencia ficción y géneros tan victorianos como el relato de viajes o el romance costumbrista (abordado con una singular falta de sensibilidad). Por otro, ateniéndonos al enfoque, la novela va dando tumbos, reflejando quizás la propia inconsistencia (y conservadurismo) del autor.

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Percy Greg emplea, como ya lo hiciera años antes C. I. Defontenay en “Los libros starianos“, el artificio de la traducción de una crónica llegada a la Tierra desde el espacio a bordo, presumiblemente, de un meteorito estrellado. En ella, registrada en lenguaje telegráfico marciano (o marcial, según terminología de la novela), viene la historia de un viajero innominado, que partió hacia Marte sobre 1830, en torno a las fechas de la más favorable oposición planetaria anterior a la de 1877, cuyos primeros descubrimientos (previos a la publicación del trabajo de Giovanni Schiaparelli y, por supuesto, Percival Lowell, que tanto influirían en la literatura marciana posterior) sirven de fundamento científico para la caracterización del planeta.

Tras describir con todo lujo de detalles (hasta el extremo de llegar a la petulancia) el periplo (aunque omitiendo explícitamente toda descripción de la naturaleza exacta de la apergía gracias a una conveniente pérdida de los capítulos inciales de la crónica, que nos privan también de conocer su motivación), Percy Greg se explaya en las peripecias de su viajero en un mundo en el que la baja gravedad (comparativa) lo convierten en un gigante (el marcial medio apenas alcanza el metro y medio).

Estatura aparte, los habitantes de Marte resultan ser bastante humanos, aunque en un estadio de desarrollo científico superior al terrestre. Esto le permite al autor desarrollar una utopía tecnológica fundamentada en el empleo de la electricidad y en un sistema de gobierno que podría definirse como un absolutismo meritocrático (no hereditario, pues en general las relaciones paterno filiales son irrelevantes en Marte), con una economía capitalista (tras el colapso, miles de años atrás y víctima mayormente de su ineficacia y sus contradicciones intrínsecas, de una revolución comunista). Al mismo tiempo, sin embargo, las peculiaridades sociales de la cultura marcial la transforman también en una distopía moral, caracterizada por la cobardía y el egoísmo.

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Entre todos los temas que baraja, destacan dos ideas que permean de un modo u otro toda la trama. La primera es una reacción contra el cientifismo que niega toda relevancia a una faceta espiritual de la existencia (en aquella época, la confrontación entre ciencia y religión, no sólo a costa de la evolución, era un tema candente en Inglaterra). Percy Greg parece situarse en una ambigua posición intermedia, que no niega los descubrimientos científicos, pero defiende al mismo tiempo un teísmo subyacente. Todo ello se vertebra por medio de una sociedad mística marcial con la que el viajero entra en contacto, análoga a la masonería o a cualquiera otra de las órdenes esotéricas surgidas a lo largo del siglo XIX.

La segunda idea nuclear supone un rechazo frontal a los movimientos por la igualdad de los sexos, alcanzada legalmente en Marte, donde ha dado como resultado, a través de una lógica un tanto retorcida (apoyada en la teórica contradicción de ofrecer una igualdad artificial a un sexo evidentemente más débil), a un sistema terriblemente opresor para la mujer, soguzgada en la práctica a la voluntad del marido. Ello, unido a la poligamia, la obligación de llevar velo en público y el derecho (casi deber) del jefe de la casa de disciplinar físicamente (haciendo buen uso de la sandalia, algo a lo que por supuesto nuestro protagonista se opone por completo) a sus mujeres, transforma el objetivo confeso del feminismo de primera ola en un infierno (de lo que supuestamente debía inducirse que lo mejor que podían hacer las mujeres era quedarse como estaban).

A ojos modernos, la narración se arrastra, con una grave carencia de méritos literarios que confieran vida a las descripciones interminables de las peculiaridades de la sociedad marcial (que apenas difiere de la terrestre de la época, vista desde una distancia de más de siglo y cuarto), sus logros tecnológicos (describe algo similar al fax como sistema de comunicación, así como armas de rayos y asfixiadoras y diversos vehículos eléctricos, terrestres, acuático-submarinos y aéreos) o sus pequeños melodramos domésticos (resulta muy, muy difícil hacer apasionante un enredo amoroso a múltiples bandas, observado a través del puritanismo sexual victoriano). Respecto a la acción, queda relegada por completo a los capítulos finales, aunque de nuevo se ve lastrada por un estilo pomposo más que épico.

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Muchos de los temas que hemos aprendido a esperar en una aventura de capa y espada planetaria están ahí esbozados, pero la falta de concreción (va dando tumbos entre la narración de un viaje exótica a lo Marco Polo, un ensayo sociológico, una distopía utópica, una aventura tardocolonial, un drama romántico o incluso una novela iniciática) y sobre todo de pulso narrativo, la hacen apta sólo para interesados en la historia del género de ciencia ficción que sepan dónde se están metiendo (existen ediciones modernas abreviadas, aunque a efectos de esta crítica me he basado en la edición electrónica completa que es posible descargar del Proyecto Gutenberg).

Pese a todas estas pegas, la notoriedad inmediata de la novela fue importante (si bien es verdad que se difuminó con bastante rapidez). Ya he comentado cómo la apergía (y otros sistemas antigravitatorios) se convirtió en un elemento recurrente de la ciencia ficción decimonónica (presente, por ejemplo, con ese mismo nombre en “Journey into other worlds”, de John Jacob Astor IV, en 1894), pero además es posible detectar una influencia importante en obras inmediatamente posteriores como la neozelandesa “The great romance” (1881). Por añadidura, en 1896, Edwin Pallander publicó un libro titulado “Across the Zodiac: a story of adventure”, que no sólo copia el título sino también algunos de los elementos de la novela de Percy Greg (incluyendo una antigravedad, lograda en su caso mediante giroscopios). Por supuesto, también la relación con la serie de Barsoom de Edgar Rice Burroughs es evidente, aunque en este caso, entre medias, cabría mencionar “Lieut. Gullivar Jones: His vacation” (Edwin Lester Arnold, 1905), su antecesora directa, como la más relevante de las (muchas) novelas puente entre ambas.

La novela prometía, si el interés (es decir, las ventas) acompañaban, una continuación (que por índicios dejados caer aquí y allá, posiblemente se hubiera ambientado en Venus) de las aventuras del viajero del Astronauta, aunque Percy Greg murió en 1889 sin llegar a materializarla.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en julio 29, 2015.

2 comentarios to “Across the Zodiac”

  1. ¿Esta es la novela que Carl Sagan regaló a Neil deGrasse Tyson cuando éste era un niño?

    • Por lo que he podido investigar, el libro autografiado que le regaló Sagan a Tyson (a los diecisiete años) era uno de los suyos (aunque no he podido determinar el título). Por entonces, “Across the Zodiac” era una novela semiolvidada, escrita un siglo atrás y defendiendo una postura filosófica opuesta a la postura materialista por la que ambos son conocidos.

      No me atrevería a afirmar que Sagan no la conocía (aunque me parece probable), pero en cualquier caso me extrañaría que la pudiera haber considerado la opción más adecuada para estimular la curiosidad astronómica de un joven (incluso con una postura similar, vería mucho más atractiva desde una perspectiva especulativa y filosófica “Hacedor de estrellas” de Olaf Stepledon, aunque de nuevo su deísmo no encajaría con las sensibilidades de ambos).

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