Carmilla

El tercer gran hito en la configuración del arquetipo del vampiro, precedente directo de la culminación del proceso en “Drácula” (Bram Stoker, 1897), fue la novela corta “Carmilla” (Joseph Sheridan Le Fanu, 1872).

Si la introducción en la literatura occidental y su caracterización original se había verificado en 1819 con el relato “El vampiro” de John William Polidori, y a la popularización de la criatura había contribuido significativamente el serial de penny dreadfuls “Varney, el vampiro: o el festín de sangre” (James Malcom Rymer, 1845-1847), que también había fijado muchas de sus características distintivas (los colmillos puntiagudos, el mordisco en el cuello, los poderes hipnóticos y la fuerza sobrehumana), fue “Carmilla” la obra que lo catapultó como el monstruo más famoso y reconocible de la literatura gótica, y la que terminó de preparar el camino para la síntesis de Stoker.

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Su publicación original se produjo entre diciembre de 1871 y marzo de 1872, en cuatro números de la revista The Dark Blue, una publicación de Oxford efímera (sólo se editó entre 1871 y 1873), pero muy significativa por el nivel de talento que logró reunir (a base de prometer sustanciosos pagos que llevaron al proyecto a la bancarrota y a su promotor a huir a América). Ese mismo 1872, el autor la publicó conjuntamente con otras cuatro historias en la antología “In a glass darkly”, bajo la premisa de ser casos de estudio del doctor Martin Hesselius, uno de los primeros detectives de lo oculto de la literatura, protagonista de la primera historia, “El té verde”.

Antes de proseguir, quisiera dedicar unas pocas líneas a Joseph Thomas Sheridan Le Fanu, una escritor actualmente poco conocido, aunque fue en su época el principal exponente del relato gótico de fantasmas. Nacido en Dublín en 1814, destacaría sobre todo por sus cuentos de horror y misterio, aunque también se dedicó, sobre todo en sus primeras obras, a la literatura histórica con ambientación irlandesa (siguiendo el modelo de Walter Scott en Escocia). Sus mayores reconocimientos le llegarían por sus historias de horror gótico, tales como “El tío Silas” (1864) o, por supuesto, “Carmilla”.

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La novela corta se ambienta en la montañosa región austriaca de Estiria, donde se ubica el schloss (un cruce entre mansión solariega y castillo) en el que vive la joven Laura, la narradora de la historia, con su padre viudo, dos damas de compañía y un número indeterminado de criados. Es una existencia solitaria, así que la muerte repentina de la sobrina de un vecino (de esos que viven a varias leguas de distancia), a la que aún no conocía pero que iba a quedarse con ellos unos meses por la amistad entre sus progenitores, la afecta profundamente.

Casualmente, el mismo día en que se enteran por carta de la luctuosa noticia, son testigos del accidente de un carruaje, que tiene como consecuencia la oferta a la joven dama herida que lo ocupa de alojarse en el schloss mientras se recupera. La huésped fortuita dice llamarse Carmilla, y pronto establece con Laura una relación de amistad… y quizás algo más. Los problemas surgen cuando la misteriosa enfermedad que está asolando la región parece afectar a Laura, quien empieza a sufrir pesadillas en las que una sombra indefinida se cuela en su cuarto y se tiende sobre ella, justo antes de sentir dos pinchazos helados en el pecho.

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“Carmilla” es una narración pausada, que se toma su tiempo para ir construyendo la ambientación adecuada. A Sheridan Le Fanu no le gustaba recurrir a las escenas chocantes, a los sustos fáciles, sino que prefería insinuar más que mostrar, dejar que la atmósfera fuera impregnando la narración de una sensación inquietante, que por acumulación fuera deviniendo en horror.

Leída hoy, es posible que “Carmilla” resulte por momentos un poco lenta, pero cabe recordar que la figura del vampiro en 1872 distaba de ser tan conocida como hoy en día. En esta novela corta se muestra por primera vez en su vertiente femenina, así como su transformación en animal (un gato negro gigantesco) y se insinúa su posible cualidad neblinosa, así como su rechazo a la simbología cristiana. También, y esto es algo que la hace destacable incluso ahora, exhibe sin tapujos sublecturas eróticas (mucho más evidentes que la posterior “Drácula”), con la particularidad de que la relación prohibida que se sugiere es de carácter lésbico.

Carmilla

Carmilla es un monstruo, pero en su monstruosidad antinatural hay una sombra de patetismo. Está condenada a alimentarse de la sangre de los vivos, pero busca una y otra vez una conexión especial con algunas de sus víctimas, jóvenes de su misma edad aparente (y de alta condición social), a las que se entrega con una pasión que las atrae y repele por igual, aunque a la postre todo tenga que concluir en tragedia.

Para concluir con las innovaciones que aportó, cabría mencionar la figura, apenas delineada, del barón Vordenburg, la plantilla de la que surgió el profesor Van Helsing (al igual que la propia Carmilla se transformaría en Lucy). Descendiente del cazador de vampiros que se propuso originalmente librar de su maldición a la región, el barón tiene un papel limitado aunque crucial en la resolución de la trama (por el método tradicional de la estaca, el cuchillo y el fuego).

La única razón razón que se me ocurre por la que “Carmilla” no es hoy una historia más conocida y apreciada reside en que ha sido tal su influencia (ya no sólo en “Drácula”, que en un principio incluso iba a utilizar Estiria como patria del vampiro, sino de forma reconocida en muchas obras posteriores, incluyendo, por ejemplo, las crónicas vampíricas de Anne Rice) que sus grandes innovaciones se antojan a primera vista poco meritorias. La interacción, cargada de sublecturas eróticas, entre Carmilla y Laura, sin embargo, sigue manteniendo todo su poder de fascinación, como crónica de una resistencia fundamentada en valores morales tradicionales que, poco a poco, va erosionándose ante el insistente acoso de una pasión que tiene no poco de trágica (quizás como un intento, condenado al fracaso, de recuperar la inocencia perdida).

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Mucho se ha especulado sobre las fuentes de inspiración de Le Fanu. Aparte de los textos ya mencionados (así como los relatos folclóricos en que se basan), se ha propuesto por ejemplo la historia de Elizabeth Báthory, la condesa sangrienta, tal y como apareció en el tratado folclórico “El libro de los hombres lobo” (Reverendo Sabine Baring-Gould, 1865) o el poema inconcluso de Samuel Coleridge “Christabel” (1797-1800), una de las primeras muestras literarias del vampirismo.

“Carmilla”, como buena parte de la ficción de Sheridan Le Fanu, está disponible en versión original (con un estilo anticuado, un tanto peculiar) para su descarga a través del Proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en mayo 11, 2015.

2 comentarios to “Carmilla”

  1. Buena presentación de Sheridan Le Fanu, autor que supo ganarse el aprecio de lectores tan exigentes como Henry James. Sólo lamenté, en relación con “Carmilla”, que no hayas mencionado las muchas adaptaciones que tuvo para el cine (empezando, creo, por el “Vampyr” de Deyer).

    En cuanto a “Varney”, permíteme una rectificación: Rymer no fue su único autor, del mismo modo que Dumas no lo fue del ciclo de los Mosqueteros, compartió la faena con Thomas Peckett Prest y probablemente el editor de ambos: Edward Lloyd.

    Como siempre, gracias, Sergio, por mantener Rescepto vivo. Un saludo desde Indias.

    • Ya era una entrada larga, y al final lo de las adaptacines (no sólo al cine) no encajaba. En cuanto a Varney, la atribución “oficial” es a Rymer, quien posiblemente escribió el grueso del serial. Claro que con el ritmo de publicación que se gastaban (y el bajo grado de exigencia de su público objetivo), no es de extrañar que ahí acabará metiendo mano mucha más gente (en especial Prest).

      Supongo que tocaría dilucidarlo con más precisión en una entrada específica, pero con cerca de 700.000 palabras, no lo veo en un futuro previsible.

      Gracias, Vivaldo.

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