El libro del cementerio

El año 2009 Neil Gaiman se alzó con su segundo premio Hugo por “El libro del cementerio” (“The graveyard book”). Ocho años antes, J. K. Rowling ya había roto moldes con su premio por “Harry Potter y el cáliz de fuego“, aunque en este caso la polémica decisión de otorgar el galardón a un libro juvenil (casi infantil) alteró menos los ánimos. Después de todo, Gaiman ya había sido distinguido por “American gods“, una novela adulta (y, todo sea dicho, la producción de 2008 no fue de las más fuertes que se recuerdan).

Libro_Cementerio

Más que por su cualidad juvenil, yo pondría reparos a la elección por las características de la obra (que es extraordinariamente derivativa). Claro que ya he comprobado que por lo que respecta a Gaiman suelo estar en una onda completamente diferente del resto del mundo.

“El libro del cementerio” narra la infancia de Nadie “Nad” Owens, un niño que, siendo un bebé de un año, escapó del asesino que acabó son su familia, encontrando refugio en un cementerio, donde fue adoptado por los Owens, una pareja de fantasmas (fallecidos a finales del siglo XIX). Asistimos pues a sus aventuras cada dos años o así, a medida que va creciendo como habitante honorario del cementerio, con la facultad de ver a los muertos (y alguna que otra habilidad fantasmagórica adicional), mientras en el mundo exterior su frustrado asesino, el hombre Jack, no ha cejado en su empeño por concluir el trabajo.

GraveyardBook

Especial importancia en su educación tiene reservada el señor Silas, su tutor, una criatura entre la vida y la muerte (que queda descrito como vampiro, aunque nunca se utilice explícitamente ese término), que ocasionalmente deja al niño al cargo de la señora Lupescu (una mujer lobo). Así, entre lección y lección, Nad traba contacto con los habitantes más peculiares del cementerio y, a su debido tiempo, comienza a relacionarse con el temible (para él) mundo exterior, donde aquellos que aún respiran llevan adelante sus vidas, algo que les está vedado a los muertos, atrapados para siempre en un presente inmutable.

La novela juega con el atractivo de lo macabro, algo ya explorado en la literatura infantil, desde las novelas de “El pequeño vampiro” de Angela Sommer-Brodenburg hasta la serie de “Escalofríos” de R. L. Stine, y más recientemente en la imaginería neogótica de las películas de Tim Burton, aunque lo hace desde una perspectiva más cercana a la fantasía que al terror. De igual modo, mira de refilón al misterio de la muerte, que ya había sido el tema central de la novela “El árbol de las brujas” de Ray Bradbury (1972).

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Pasando a una valoración más personal, mi principal motivo de frustración reside en la falta de originalidad del conjunto. El propio autor reconoce sin tapujos la inspiración extraída de “El libro de la selva”, recopilado en dos volúmenes en 1894-95 por Rudyard Kipling. Claro que una cosa es inspirarse y otra muy distinta reescribir las mismos cuentos, cambiando la ambientación selvática por otra fúnebre.

Así, podemos establecer paralelismos directos, ya no sólo entre Nad y Mowgli, sino entre Silas y Baloo, Lupescu y Bagheera o el hombre Jack y Shere Khan, así como identificar claramente varios de los episodios con cuentos de Kipling (en particular, se pueden distinguir sin gran esfuerzo las variantes de “Los hermanos de Mowgli”, “La caza de Kaa”, “¡Al tigre!¡Al tigre!” y “El ankus del rey”). En otras palabras, más o menos la mitad de “El libro del cementerio” no es sino “El libro de la selva” disfrazado de Halloween (gules por orangutanes, el Sanguinario por la cobra del mausoleo, mausoleos por fronda y así). Es una circunstancia que me ha incomodado mucho (“El libro de la selva” es uno de mis títulos de referencia de la infancia) y me ha sacado por completo de la lectura.

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Pero lo peor de todo es que son esos fragmentos los más sólidos, porque cuando Gaiman se aparta de la guía de Kipling, entremezclando referencias mitológicas y populares sin mucho orden ni concierto (aún me estoy preguntando a qué viene apellidar al hombre Jack como Frost, salvo por hacer la gracieta), el interés del libro decae considerablemente (con la posible excepción del episodio de la danza macabra, que no deja de resultar un pegote en medio de la novela, porque a la postre Gaiman no termina de desarrollar ningún comentario, más allá de apuntes superficiales y en ocasiones contradictorios, sobre la mortalidad). Al concluir, además, deja con la impresión de que el autor no tenía muy claro lo que quería contar, o cuando menos que no ha sabido o no ha querido hacer suyo el arquetipo del niño-lobo (niño-fantasma en este caso), dejando a su personaje bastante vacío de significado.

Si a esto se le añade la típica carencia descriptiva de Gaiman (que siempre confía en sus ilustradores para complementar ese aspecto de su ficción, en el caso que nos ocupa Dave McKean y Chris Riddell, según ediciones) y la naturaleza tremendamente episódica y desestructurada del conjunto, el resultado se me antoja poco satisfactorio, y desde luego muy escaso en méritos propios para tanto premio.

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Porque el caso es que aparte del Hugo, “El libro del cementerio” se ha alzado con premios a diestro y siniestro (como ya pasó con “American gods”). Fue distinguido con la Newbery Medal y la Carnegie Medal (los dos galardones más prestigiosos en el campo de la literatura infantil en Estados Unidos y el Reino Unido, respectivamente) y el premio Locus a Mejor Novela Juvenil (la respuesta de los Locus a la victoría en 2000 de “Harry Potter y la orden del fénix” en su categoría de novela de fantasía), con nominación para el World Fantasy Award. Gaiman es sin duda un autor popular.

Volviendo al tema de los Hugo, el resto de nominados de aquel año fueron “Anatema”, de Neal Stephenson (la más ambiciosa de largo del lote), “Pequeño hermano”, de Cory Doctorow (también juvenil, aunque menos, y bastante más gamberra), “Saturn’s Children”, de Charles Stross (un homenaje gamberro… ahí hay un tema, al “Viernes” de Heinlein) y “La historia de Zöe“, de John Scalzi (su intento por arreglar el cierre en falso de la trilogía de la Vieja Guardia).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 8, 2015.

6 comentarios to “El libro del cementerio”

  1. Gaiman tiene esas cosas.
    He leído american god y los hijos de asassin (esta podemos decir que menor al ser una especie de spin off) y ambos te dejan con el sabor de que falta algo, de un planteamiento que promete acaba en algo desdibujado incoherente en algunos aspectos con l trama anterior.
    Incluso stardust (la película es una de mis favoritas) nada mas empieZas a leer ta parece perdida.
    Para acabar, decir que una novela en la que se homenajea sin tapujos a gaiman como es el rey rata de meville, me resulto mucho mas coherente y envolvente que todas las mencionadas anteriormente.

    • Tengo pendiente “El rey rata”. A ver si un día de estos…

      Respecto a la opinión sobre “American gods” y “Stardust” (a mí también me encantó la película), coincido contigo en esa sensación de falta de dirección, de un plan global para la novela que dé consistencia a la trama.

  2. Y Anatema sin Hugo. Joer cómo está el premio

    • También la tengo pendiente (con ganas, pero es que son 720 páginas).

      De todas formas, cuando salió la crítica se mostró bastante polarizada: u obra maestra o tostón pretencioso (o incluso ambas valoraciones al unísono). Al menos se llevó el Locus (el único premio que tuvo el buen tino de separar fantasía y ciencia ficción… y ahora también “joven adulto”, aunque los ganadores de esta categoría tienden a ser viejos conocidos de las listas adultas que incursionan más o menos puntualmente en el panorama juvenil).

  3. A mí me gustó a medias y a ratos… faltaba una unidad que diera coherencia al libro. Buenas ideas, buenos momentos, destellos originales, pero que en su plasmación literaria acabaron sabiendo a poco siendo meros apuntes. La novela da la sensación de estar escrita sin plan ni objetivo claro. Ya lo comentas, falta de estructura. Novela episódica en el peor sentido del término.

    Me gusta Gaiman como guionista (y a arcos argumentales), pero cada vez menos en su faceta como novelista. “American Gods” no la pude acabar porque no entendía a dónde conducía lo que me estaba explicando ni qué demonios me estaba explicando. “Los hijos de Anansi” me hizo gracia, pero sigo con la idea de que algo faltaba.

    Por casa tengo uno de sus libros de cuentos… veremos un día de estos en esta faceta.

    • Mi opinión sobre Gaiman en general (no he leído “Los hijos de Anansi”, pero sí “Neverwhere” y “Stardust”) es similar. Creo que presenta importantes carencias como novelista. Es capaz de crear grandes ambientes, personajes sugestivos y situaciones intrigantes, pero luego, a nivel narrativo, algo falla.

      Por algún lado tengo también “Buenos presagios”, la antología que publicó con Terry Pratchett, aunque a saber cuándo podré abordar la lectura.

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