The poison belt

Arthur Conan Doyle es conocido principalmente por sus cuentos (56) y novelas (4) dedicados a Sherlock Holmes, aunque su producción es mucho más amplia, abarcando más de un centenar de relatos, en torno a una veintena de novelas, poesía, obras de teatro y libros de ensayo.

Aunque la crítica especializada (en consonancia con el propio autor) suele destacar sus siete novelas históricas (publicadas entre 1888 y 1906) como su obra cumbre desde una perspectiva estrictamente literaria, su ciclo más famoso tras el del detective del 221B de Baker Street es el que concierne al profesor Challenger, con una novela (“El mundo perdido”, 1912), dos novelas cortas (“The poison belt” y “El país de la bruma”, de 1913 y 1926) y dos relatos de 1928 y 1929, que se inscribe en su mayor parte (dejando de lado “El país de la bruma”, un alegato pro espiritismo) dentro de los límites de lo que hoy entendemos como ciencia ficción (género al que también pertenecerían otras de sus novelas y relatos, como “The doings of Raffles Haw” y “El abismo de Maracot”).

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“The poison belt” (traducida en múltiples ocasiones con diversos títulos: “El cielo envenenado”, “La atmósfera envenenada”, “La muerte del mundo”, “La zona ponzoñosa” y “La zona envenenada”) fue serializada en The Strand entre marzo y julio de 1913, apenas cuatro meses después de que concluyera la primera aventura del profesor Challenger y sus compañeros, en una meseta prehistórica amazónica, y un año antes del estallido de la Primera Guerra Mundial.

En la ficción, han transcurrido tres años desde los eventos narrados en “El Mundo Perdido”, y el profesor Challenger (un personaje inspirado en el fisiólogo William Rutherford, profesor de Doyle en la Universidad de Edinburgo, “una mente privilegiada en el cuerpo de un pitecántropo”, en palabras del autor) ha invitado a su casa a los supervivientes de la expedición original, el periodista Edwar Malone (que actúa de narrador), Lord John Roxton y el profesor Summerlee (colega y rival de Challenger). Da la casualidad de que justo en ese momento se está dando un fenómeno inquietante, el emborronamiento de los recién descubiertos espectros de absorción, que Challenger propugna como evidencia de una alteración en el éter por el que viaja la Tierra (el fluido propuesto como sustrato del espacio, en contraposición con la noción de “vacío”; una sustancia hipotética cuya validez cientínfica ya se encontraba por aquel entonces seriamente cuestionada).

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Preparándose para lo peor, Challenger instruye a sus invitados para que se presenten con botellas de oxígeno, y una vez reunidos les comunica que ha acondicionado junto con su esposa una habitación donde mantener un ambiente hiperoxigenado, que debería protegerlos de los efectos nocivos del nuevo éter (cuyos primeros síntomas se revelan como cierto grado de excitabilidad eufórica, aunque de otros puntos del planeta llegan informes de fallecimientos en masa). Encerrados en su refugio, contemplan acongojados cómo el éter ponzoñoso afecta a toda vida animal, dejándolos a los cinco, presumiblemente, como los cinco últimos seres humanos sobre la Tierra.

Pese a su contención en cuanto a escenarios (casi toda la historia se ambienta en la casa de Challenger, con una breve visita a un Londres convertido en una inmensa tumba), “The poison belt” es a todos los efectos una narración apocalíptica, interesada quizás más en lo que supone filosófica y psicológicamente asistir al fin del mundo que en recrearse en las escenas macabras (que las hay) o catastróficas (también, aunque en mucha menor medida).

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En particular, se percibe sobre toda la narración la sombra profética de la Primera Guerra Mundial, con sus incontables muertes y calamidades. En cierto momento se alude incluso a la nimiedad del conflicto entre Alemania e Inglaterra, ante la incontestable certeza de la muerte universal, pudiendo entenderse toda la historia como un llamamiento a no dar por sentados los pequeños placeres de la vida y a relativizar la importancia de los conflictos.

En cuanto a influencias, difícilmente se puede considerar que en su planteamiento se trate de una obra original. Ya en 1906 H. G. Wells había propuesto un escenario similar con su novela “Los días del cometa” (en la que un cometa se estrella contra la Tierra, liberando una nube gaseosa que deja a todo el mundo inconsciente durante seis horas, habiendo desaparecido al despertar todas las tensiones psicológicas, lo que inaugura una era utópica). De igual modo, los avances científicos habían planteado la posibilidad de un escenario similar al hipotetizado por el profesor Challenger, durante la visita de 1909-10 del cometa Halley.

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Gracias al estudio de los espectros de absorción, los científicos habían determinado la existencia de cianógeno, un gas venenoso, en el halo del Halley, y de igual modo los cálculos indicaban que la Tierra atravesaría la cola del cometa en 1910. Así, algunos astrónomos, con el popular Camille Flammarion a la cabeza, alertaron contra esta circunstancia, desencadenando una ola de terror que llevó a la adquisición de un gran número de máscaras antigás (sin que los llamamientos a la tranquilidad por parte de expertos tras obtener las estimaciones de densidad de la sustancia nociva sirvieran de mucho).

También cabe mencionar la coincidencia (o no) de que J. H. Rosny aîné había comenzado a publicar en enero de ese mismo año en la revista francesa Je sais tout? “La fuerza misteriosa”, un relato que guarda grandes similitudes con “The poison belt”.

En cualquier caso, todos estos elementos sirvieron sin duda a Doyle para plantear un escenario que destaca por la intensidad de las imágenes que evoca y que logra transmitir una auténtica angustia existencial, no tanto personal como racial (y por racial me refiero al conjunto de la especie humana). El fin del mundo supone el fin de la ciencia, de las artes, de la cultura, y aunque se apunta a la posibilidad de una segunda oportunidad para la vida terrestre (que podría, según apunta Challenger, recorrer de nuevo todo el camino hasta el ser supremo de la creación que es el hombre… una noción contestada, por cierto, por Summerlee), ello no libra a la historia de constituir la crónica desgarrada de una muerte, la muerte del ser humano y de todos sus logros (el que esta defunción acabe no siendo permanente no mitiga en modo alguno su impacto).

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En el apartado de las deficiencias, que sin duda han pesado un tanto en la falta de una mayor consideración para esta obra, excepcional en muchos aspectos, apuntaría a dos cuestiones. Por un lado está la incosistencia científica de todo cuanto sostiene (con enorme vehemencia) el profesor Challenger. Se trata de un personaje tan extremo que difícilmente logra superar la obsolescencia de las ideas que defiende (con respecto a la existencia del éter o su concepción de la evolución, que ya resultaban poco rigurosas en su época), pues su infalibilidad es la característica que permite aceptar el resto de controvertida (y decididamente cargante) personalidad. Por otro, la novela hace gala sin pudor de un racismo y un clasismo difícilmente aceptables para sensibilidades modernas.

Cuestiones históricas aparte, “The poison belt”, pese a un inicio un tanto lento, queda como un extraordinario ejemplo de escenario apocalíptico temprano, narrado con intensidad, cuidado por los detalles e intencionalidad filosófica.

Podéis descargaros el texto original de la novela corta desde la página web del Proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

 

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~ por Sergio en marzo 6, 2015.

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