Micromegas

Rastreando los orígenes de la ciencia ficción, muchos caminos conducen a la ficción filosófica, obras escritas de acuerdo con las normas habituales de la literatura de ficción, pero con el propósito último de examinar una cuestión filosófica. Tal es el caso, por ejemplo, de “Frankenstein o el moderno Prometeo” (Mary Shelley, 1818), la considerada por muchos la primera novela del género, y esa tendencia ha seguido presente, con mayor o menor enfásis, según tendencias, hasta nuestros días.

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Si queremos buscar aún más atrás las simientes de la ciencia ficción, es lógico buscar entre la ficción filosófica, y uno de los principales cultivadores tempranos de este tipo de literatura (que cobró auge en el siglo XIX) fue el francés Voltaire (François-Marie Arouet), entre cuya obra destacan dos relatos generalmente considerados como una excepcional muestra de protociencia ficción: “El sueño de Platón” (1756) y “Micromegas” (“Micromégas”, 1752).

Este comentario se centrará en “Micromegas”, que podéis encontrar en la Biblioteca Digital Ciudad Seva (y que, por supuesto, os recomiendo leer en vez de dedicarle tiempo a esta entrada), un cuento sobre la relatividad de la grandeza y en elogio del empirismo (junto con la habitual crítica al fundamentalismo religioso), que tiene como protagonista a Micromegas, un habitante del sistema estelar de Sirio, de ciento veinte mil pies de altura, que momentaneamente desterrado por una desavenencia científica (al sostener la existencia en su planeta de insectos de unos meros cien pies de grosor) se propone viajar por el universo en una expedición filosófica (es decir, científica).

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Micromegas acaba arribando a un pequeño planeta llamado Saturno, donde entabla amistad con un saturnino enano, de apenas seis mil pies, con quien departe sobre lo relativo del tamaño y los conocimientos, que lo que a unos les puede parecer muchísimo, para otros no es sino una minucia, y que por tanto no ha lugar a sacar pecho por cualquier logro, que de seguro será ínfimo para algún otro superior. Tras comparar y comentar sus mutuas experiencias, ambos deciden emprender un corto viaje filosófico por el sistema solar, y tras desdeñar Marte, no sin antes contemplar sus dos lunas… más de un siglo antes de que fueran avistadas desde la Tierra.

Un inciso explicatorio. A Marte le correspondían dos satélites de acuerdo con su distancia al Sol, resumiendo burdamente, porque la Tierra tenía uno, Júpiter cuatro y Saturno cinco (descubiertos hasta la fecha). Esto ya había sido originalmente expuesto por Jonathan Swift en “Los viajes de Gulliver” (1726), de donde probablemente Voltaire, que admiraba a Swift (y que lo homenajea explícitamente un poco más adelante con una de esas bromas escatológicas tan del gusto del autor inglés), sacó la idea. Sea como fuere, la afortunada coincidencia de que Marte tenga en efecto dos satélites, propició que los dos principales cráteres del mayor, Deimos, se denominen Swift y Voltaire.

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Arribados pues Micromegas y el enano de Saturno a la Tierra, dudan de la posibilidad de que exista vida, y mucho menos vida inteligente en ella. Con ayuda de instrumentos ópticos, sin embargo, distinguen a una infinitesimal ballena, a la que suponen la forma de vida dominante, y fijándose más, tras ella, un barco fletado por filósofos (reitero, en este época equivaldría a hablar de científicos).

Superados los problemas de comunicación iniciales, Micromegas y el saturnino se sorprenden no poco de los conocimientos sobre el mundo físico que parecen poseer los filósofos pese a su ridículo tamaño (lo cual supone todo un elogio al método científico), así como en la unanimidad de su criterio. Cuando la conversación vira hacia cuestiones metafísicas, sin embargo, la discrepancia es la norma, con Micromegas apreciando la postura del seguidor de Locke, el padre del empirismo, y riéndose a carcajada batiente del antropocentrismo recalcitrante del seguidor de Tomás de Aquino.

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Todo el cuento presenta un tono jocoso, satírico (con numerosas personalidades del mundo científico/filosófico de la época mencionadas explícitamente), aunque no por ello agrio, sino que en el fondo apuesta por la tolerancia y la apertura de miras. Quizás más que la visita de los dos extraterrestres (que en el fondo no constituyen sino el visitante foráneo superlativo, que mira con ojos nuevos lo que para otros es cotidiano), lo que convierte a “Micromegas” en ciencia ficción es su reflexión acerca tanto del ingente potencial del pensamiento empírico para describir el mundo físico, como de sus limitaciones por lo que respecta a la esfera espiritual, así como sobre la necesidad de liberarse de los prejuicios para que la observación arroje resultados valiosos. Sería pues a ese respecto un cuento metacientífico, y por tanto pocos habría que merecieran con más razones la etiqueta de ciencia ficción (prescindiendo incluso del prefijo, un tanto minusvalorativo de “proto”).

En “Micromegas” lo pequeño y lo grande se encuentran, se entremezclan y se confunden. Todo acaba siendo una cuestión de proporción y de librarse de los prejuicios para observar el mundo con un espíritu verdaderamente científico. De ahí que no resulte extraño que un relato breve acabe resultando ser una de las grandes obras de la ciencia ficción.

 

 

 

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~ por Sergio en febrero 17, 2015.

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