La última partida

La carrera de Tim Powers tomó un nuevo sesgo en los años noventa, con la publicación de una trilogía vagamente interconectada de novelas de fantasía semicontemporánea, llamadas en su conjunto la Serie de las Líneas de Falla (Fault Lines Series). Tras su debut por encargo en 1976 (con dos novelas de ciencia ficción muy, muy mediatizadas por el editor), a la mayor parte de su obra podía aplicársele la etiqueta de fantasía histórica (siendo la única excepción “Cena en el Palacio de la Discordia”).

Su enfoque consistía en tomar un hecho histórico real y, respetando escrupulosamente los datos establecidos, crear una explicación mágica alternativa para los mismos. Ello implicaba desarrollar una historia mágica oculta, que influyó, por ejemplo, en el intento de los turcos por tomar Viena en el siglo XVI o en las andanzas del Capitán Barbanegra, todo ello apoyado en un sustrato mítico o folclórico de lo más variado (leyendas, vudú, mitología, literatura fantástica clásica…). Esta aproximación a la historia hizo que, junto con James P. Blaylock y K. W. Jeter, asumiera medio en broma la etiqueta de steampunk (que, posteriormente, derivaría hacia otras interpretaciones).

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En 1992 abandonó (temporalmente) este enfoque para escribir “La última partida” (“Last call”), una novela que si bien da comienzo en el pasado (todavía en el siglo XX, eso sí), pronto avanza hasta una fecha casi contemporánea para desarrollar allí el grueso de la historia. Eso sí, lo que no cambia es la concepción del mundo como un lugar donde conviven entrelazadas dos narraciones. Por un lado la cotidianidad prosaica, que queda reflejada en los documentos históricos y bajo la cual el común de los mortales no llega jamás a atisvar, y por otro la realidad mágica subyacente, tanto inferior por hallarse oculta como de un orden jerárquico superior, pues constituye el auténtico motor de la historia.

Otra novedad significativa de la novela cabría encontrarla en la importancia que cobra el entorno, la ciudad (Las Vegas) donde tiene lugar la mayor parte de la acción, que se erige en una entidad casi coprotagonista, enlazando con la fantasía urbana, subgénero que estaba conformándose por esas mismas fechas (aunque la obra de Powers sigue siendo demasiado personal para poder adscribirse por completo a tendencias ajenas).

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Como gran parte sus novelas, el conflicto central podría sintetizarse en una lucha a varias bandas por el poder, inspirada principalmente en este caso por la leyenda del Rey Pescador (como ya pasó en “Esencia oscura”). Así pues, nada más comenzar a leer nos enteramos de que el rey (místico) de occidente fue el mafioso Bugsy Siegel, quien construyó el Flamingo, el primer casino del Strip de Las Vegas, como fortaleza. Descubrimos también que no le sirvió de mucho, pues fue asesinado en 1947 por un aspirante al trono, Georges León, que pasó a ocupar su puesto.

Cuando años después Georges intenta apoderarse del cuerpo de su segundo hijo, Scott para afianzar su poder (ya había dispuesto de igual modo del cuerpo del primero), la madre se enfrenta a él, le vuela los genitales de un disparo y huye con el pequeño (que pese a todo queda tuerto al clavársele en el ojo una carta de tarot… la obsesión de Powers por mutilar a sus personajes en plena acción). Ella no logra huir, pero el niño, de cinco años, sí, al ser rescatado por Ozzie Crane, un jugador profesional de póker (con algunos conocimientos mágicos), que lo adopta.

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Pasan los años y a mediados de los ochenta Scott, que ahora se apellida Crane, es un viudo cuarentón, medio alcohólico, que lleva veintiún años sin jugar al póker, desde que en una partida en el lago Mead vendió algo más que una mano prometedora en una partida de asunción (un juego extraño, para el que se emplearon cartas de tarot). Entonces, justo cuando por necesidad vuelve a jugar una partida, se encuentra en medio de un complot, con asesinos que intentan matarle y un gordo devorador de arbustos que intenta capturarlo.

Lo peor es que esos mismos hombres podrían ir detrás de Diana, su hermana adoptiva (rescatada igualmente por Ozzie Crane en circunstancias similares, e hija natural de la antigua reina), así que Scott debe ponerse en marcha para tratar de salvarle la vida… aunque pronto descubre que su propia existencia podría tener fecha de caducidad, pues en Pascua, cuando se cumplan los veintiún años exactos de la partida del lago, su padre natural, que era quien la había organizado poseyendo un cuerpo nuevo, asumiría todos los adquiridos en dicha ocasión. Al grupo se les une Arquímedes Mavranos, un hombre a la búsqueda de una singularidad aleatoria que le cure de un cáncer, y en su contra se alinean toda una serie de aspirantes (jacks) al trono e incluso candidatas al papel de reina.

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Huelga decir que “La última partida” es una novela compleja, pues con lo expuesto no he hecho sino plantear someramente el conflicto. Tim Powers hace uso de múltiples referentes para conformar su realidad mágica. Por un lado están los literarios, con todas las fuentes referentes a la leyenda del Rey Pescador, integrada en el ciclo artúrico y fuente de inspiración, por ejemplo, para el poema “La tierra baldía”, de T. S. Elliot, citado a menudo por los personajes de la novela. También es de enorme importancia el simbolismo de las cartas del tarot (no sólo los arcanos mayores), con numerosos personajes directamente relacionados con naipes concretos (Scott, por ejemplo, viene representado por el jack de copas). Sobre todo esto, además, Powers realiza un ejercicio de sincretismo mitológico, que toma prestadas figuras de múltiples panteones, como el egipcio, el griego o el nórdico, escarbando a menudo hasta el sustrato arquetípico de cada mito en concreto.

Otra singularidad de la obra es que, pese a sustentarse en elementos recurrentes y hasta cierto punto predecibles (en esencia, es la historia del heredero repudiado que regresa del exilio para arrebatarle el trono a su padre), Tim Powers se las arregla para sorprender al lector, bien sea a base de acumular capa tras capa de referentes (recurre incluso a las matemáticas fractales), bien resolviendo escenas de forma atípica, desafiando al desarrollo “lógico” esperable. Sí, es cierto que a veces se le escapa un poco la mano y nos adentramos en el terreno de los non sequitur, pero es un precio menor para disfrutar de su inventiva desatada.

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La crítica reconoció este esfuerzo con los primeros premios World Fantasy y Locus de Fantasía para Powers (siendo respectivamente su tercera y cuarta nominación). En 1995 publicó “Expiration date”, la segunda entrega de la serie de las Líneas de Falla, y en 1997 “Earthquake weather”, como secuela tanto de “Expiration date” como de “La última partida”. Ambas novelas se encuentran por el momento inéditas en castellano.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 25, 2015.

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