Vathek

La presente reseña inaugura en el blog un nuevo campo de estudio, pues, por un tiempo al menos, examinaré de tanto en tanto obras clásicas de terror, una vertiente del género fantástico que he tenido un poco descuidada hasta la fecha.

El libro que tendrá el ¿honor? de abrir fuego en este campo es “Vathek: Cuento árabe” de William Beckford (“Vathek, an arabian tale” o “History of the caliph Vathek”), escrito en francés en 1782 y publicado primero en inglés en 1786 (con traducción no oficial, aunque avalada con posterioridad por el autor, del reverendo Samuel Henley) y al año siguiente en francés.

Beckford era un joven adinerado, en quien sus padres no reparon en gastos para ofrecerle una educación artística amplia (por un breve período, por ejemplo, estudió música con Mozart). Esto (y la considerable herencia que recibió de su progenitor) le llevó a convertirse, con el tiempo, en uno de los principales coleccionistas de arte de Europa, en una vida muy cercana al ideal romántico, con viajes (por Francia, Italia, España, Portugal…) que describió en diversos escritos, algún que otro delirio arquitectónico (Fonthill Abbey y Lansdown Tower, reflejando su gusto por las torres y el neogoticismo) y hasta tres legislaturas no correlativas como parlamentario (en la cámara de los comunes, entre quienes llegó a ser en un momento dado el más rico de todo el Reino Unido).

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La escritura de “Vathek” constituye pues un hecho puntual en su vida, que no se vería prolongado (aunque existan unos “Episodios” adicionales que no llegaron a verse publicados hasta mucho después de su muerte). Lo cual no es óbice para que se mostrara orgulloso de la obra y se ocupara de mantenerla en imprenta y sometida a diversas revisiones a lo largo de los años, así como para que acabara conformándose como uno de los grandes hitos tempranos de la literatura gótica.

Esta moda la había iniciado en 1764 Horace Walpole, con la publicación de “El castillo de Otranto”, y constituye el nacimiento del género de terror, al considerar esta emoción como una sensación estéticamente deseable. Al inscribirse en el movimiento romántico, como reacción contra la razón estricta alentada por la ilustración, es un terror con tintes sobrenaturales, ilógico, que apela a los sentimientos exacerbados, a la excepcionalidad del entorno (los viejos castillos y abadías góticos, en un principio) y a unos sustos bastante primarios.

La aportación de Becford a esta corriente es singular por su ambientación, que se aleja de los castillos, conventos y ruinas de la vieja Europa para abrazar el orientalismo, de moda en Francia gracias a las traducciones de los cuentos de “Las mil y una noches” por Antoine Galland, así como diversas obras teatrales de Voltaire.

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Vathek, el protagonista, se inspira en Al-Wathiq, el noveno califa del Imperio Abasida, que gobernó entre el 842 y el 847 desde la ciudad de Samarra. El autor, sin embargo, no está muy interesado en la rigurosidad histórica (más allá de detalles, como el origen griego de su madre), sino que lo utiliza para ilustrar una fábula en contra del ansia desmedida de conocimiento, que bien podría estar inspirada en el mito del doctor Fausto, introducido en las letras inglesas por Christopher Marlowe en torno a 1592 (basándose en leyendas alemanas anteriores).

Así, la caída de Vathek da comienzo con la llegada a su capital del Giaour (“infiel” en turco), un hombre feo que le ofrece objetos maravillosos al califa (unos sables con inscripciones mutables e indescifrables), y que también lo ofende, provocando su encarcelamiento. El Gaiour se escapa y, desde ese momento Vathek ya no puede descansar sin saber el origen de su nueva adquisición.

Pronto entran en escena efectos sobrenaturales, que para cualquier hombre cuerdo bastarían para hacerlo desistir de su empeño, pero que a Vathek tan sólo lo impulsan a seguir por el camino de renegar a su fe y confiar en las promesas del Giaour de concederle la fortuna del propio Salomón (Suleiman ben Daoud). Entre lo que se requiere de él se cuenta el sacrificio de cincuenta de los más espléndidos hijos de sus emires y hombres de confianza y otras impiedades, que ponen a su pueblo al borde de la rebelión.

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Finalmente, a instancias de su madre Catharis (que más que Vathek es el personaje auténticamente malvado), parte en una caravana a la búsqueda del destino prometido por el Giaour, cruzando por la tierras del buen emir Fakreddin, cuya hospitalidad traiciona al cortejar a su bella hija Nouronihar, prometida desde la infancia con su primo Goulchenrouz (un niño al que se describe con características afeminadas).

Tras una farsa que tiene como objetivo tratar de engañar a Vathek (y que tiene reminiscencias de la tragedia de Shakespeare “Romeo y Julieta”… aunque con un enfoque decididamente paródico), Nouronihar se une voluntariamente a Vathek en pos de los tesoros de Salomon, y pese a un intento postrero por parte de uno de los genios (djinn) al servicio de Mahoma, ambos acaban penetrando por propia voluntad en Ishtakar, donde les aguarda Eblis (Shaitan), el principal demonio del islam, para concederles el poder y conocimientos absolutos que ansían… por un breve período, antes de someterlos a una agonía eterna.

La novela alterna las descripciones recargadas del lujo oriental de Samarra con pasajes intensos, decididamente terroríficos, punteados por episodios cómicos (relacionados casi siempre con los eunucos como el del califa, Bababalouk, o el del emir, Sutlememe). Es una mezcla extraña, poco convincente desde una perspectiva moderna, pues las escenas presentan un interés variable. Así, el simple orientalismo, tremendamente atractivo en su época, no pasa hoy en día de una mera nota de color, demasiado contaminada por los prejuicios y errores de la época para resultar interesante por sí sola. De igual modo, los intentos de comedia yerran en su mayor parte el blanco, aunque no deja de ser intrigante el leve aroma autoparódico que lo envuelve todo.

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Eso sí, cuando entra en materia y apuesta por lo macabro, alcanza escenas realmente destacables, como el sacrificio de los cincuenta, la descripción de las artes nigrománticas de Catharis o el opresivo ambiente infernal de Ishtakar. De hecho, aparte de constituir una fuente de inspiración para diversos autores románticos (por ejemplo, Lord Byron, en su poema “El Giaour”), “Vathek” constituyó una de las principales fuentes de inspiración para el ciclo onírico de H. P. Lovecraft (le inspiró la novela inconclusa “Azathoth”, sobre un peregrinaje en pos de un sultán demoníaco, y por su mediación quizás influyera en la trama de “La búsqueda onírica de la desconocida Kadath“).

El propio Beckford trabajó en una serie de historias, que en principio les serían contadas a Vathek y Nouronihar por otras almas penantes en Ishtakar, conformando dos historias completas, “Historia de los dos Príncipes amigos, Alasi y Firuz, encerrados en el palacio subterráneo” e “Historia del Príncipe Borkiarokh, encerrado en el palacio subterráneo” y una incompleta: “Historia del Príncipe Kalila y de la Princesa Zulkais, encerrados en el palacio subterráneo”, que sólo vieron la luz en 1912. En 1929 se publicó la primera edición conjunta de “Vathek y sus episodios”, constituyendo una fuente de inspiración muy importante para Clark Ashton Smith, como queda clarísimamente de manifiesto en las historias de Zothique. Clark Ashton Smith publicaría en 1937 el “Tercer episodio de Vathek”, completando la historia del príncipe Kalila y la princesa Zulkais.

Desde una perspectiva más general, “Vathek” bien pudo contribuir a popularizar dentro del fantástico occidental elementos del folclore islámico, como los genios.

Podéis conseguir gratuitamente el libro eléctrónico (en inglés y sin los episodios), a través del proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en enero 14, 2015.

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